sábado, 7 de diciembre de 2024

Vendimia


Vendimia

Camino descalza entre las viñas, sintiendo la tierra húmeda bajo mis pies. El olor a tierra mojada se mezcla con el aroma dulce de las uvas. El sol poniente tiñe el cielo de naranjas y rojos intensos, mientras que una luna inmensa comienza a asomar por el horizonte, bañando de plata todo lo que acaricia.

Espero... Espero que el amor llegue como la vendimia, cuando las uvas alcanzan su punto perfecto de madurez. El amor, como el buen vino, necesita tiempo para fermentar.

Me detengo frente a cada parra, acariciando sus hojas ásperas y sintiendo la energía vital que fluye por sus venas. Imagino que cada racimo es un deseo, una promesa de que mi corazón vuelva a anidar.

Cierro los ojos y suspiro. Me siento en paz, sabiendo que el amor llegará en el momento preciso. Entretanto, crecen las parras que cultivo en mí corazón, esperando que mis raíces se entrelacen con las de otra alma.

Me siento sobre una roca. Mientras mis pies absorben la calidez de la arena, me baño de estrellas. Y sonrío, pensando que tal vez, esta noche, bajo esta luna llena, estas como yo, contemplándola, y anhelando la vendimia.

Maria Fernanda Rossi
Este texto forma parte de la Antología Devino en letras

lunes, 25 de noviembre de 2024

No demores Amor, te espero

La noche es un manto salpicado de estrellas. Desde la terraza, observo la luna, un disco plateado que me recuerda tu rostro. Sin pensarlo, mis labios dicen "te extraño",  palabras que resuenan en el silencio nocturno con una intensidad que me sorprende.

Cierro los ojos y me sumerjo en un mar de recuerdos. Imágenes de una vida pasada flotan a mi alrededor. Tengo la certeza de haberte conocido en un lugar más allá del tiempo y del espacio, dos almas unidas por un vínculo eterno. Creamos un universo juntos.

Pero la vida, en su infinita sabiduría, nos separó, reencarnando en cuerpos humanos, olvidando nuestras vidas pasadas pero conservando la esencia de nuestro amor. Y ahora, aquí estoy, anhelando tu presencia, buscando en cada amanecer y en cada atardecer una señal de que también me recordas.

 La luna, esta noche, parece más cercana que nunca. Su luz se dibuja como un puente entre mi mundo y el tuyo, un portal para sentir tu presencia. Cierro los ojos y te imagino aquí, a mi lado. Bailando bajo este cielo estrellado, tu risa cristalina, tus ojos infinitos y el roce de nuestros cuerpos. Intuyendo que nuestro amor trasciende cualquier límite. Con cada latido de mi corazón, te siento más cerca, nuestras almas resonando al unísono.  

 Suspiro mientras extiendo mi mano hacia la luna. Cierro los ojos y susurro "te extraño". El viento suave de la noche me trae tu respuesta, una conexión profunda, una sensación de paz y plenitud que me invade por completo.

Tal vez, el amor que sentimos trasciende las dimensiones, los tiempos y los espacios. Tal vez, nuestro amor es eterno, y aunque estemos separados por la distancia y por el tiempo, nuestros corazones siempre estarán unidos.

Abro los ojos y sonrío. La luna sigue allí, brillando intensamente en el cielo nocturno. Sé que volveremos a estar juntos. Quizás no en esta vida, quizás en otra dimensión, en otro tiempo, pero nuestros caminos se cruzarán nuevamente. 

Hasta entonces, seguiré buscando tu presencia en cada amanecer, en cada atardecer y en cada sueño. Susurrando en el viento "No demores Amor, te espero."

María Fernanda Rossi

domingo, 21 de abril de 2024

Todos los caminos llevan a Roma

La mañana, luminosa y con cielo despejado, prometía un día a pleno sol. Serían alrededor de las siete, no había nadie en las calles. También, ¿quién, en su sano juicio, caminaría a estas horas un día domingo y encima víspera de fin de año? No, la mayoría de la gente - los cuerdos- estarían durmiendo a pierna suelta para poder trasnochar tranquilos. Me había opuesto a esta idea, pero no quisieron escuchar. "El último partido del año", dijeron, como si esta noche, cuando la sirena anuncie que estamos en el año nuevo, se acabara el mundo. Simples formalismos. El tiempo es lo más relativo que conocí en mi vida. Mientras estamos brindando por el próspero año que llega, hay gente en otro lado del mundo que ya está durmiendo, hace rato, en el año próximo, que ya dejó de serlo para nosotros pero lo sigue siendo para otra gente que todavía no atravesó la barrera de las doce.
Estaba aún dormido como para rezongar demasiado.Pero lo más probable es que fuese el primero en llegar. Siempre me pasaba lo mismo, maldita puntualidad, pero así me había acostumbrado. Prefería ser el que esperaba a ser el esperado.
La calle, como ya lo había notado, estaba desierta. Ni siquiera los pájaros que normalmente me aturdían cuando madrugaba para ir al colegio estaban hoy interrumpiendo el silencio con sus trinos. El colectivo tampoco había pasado, pero como hoy era domingo seguro que tendría frecuencia reducida. Por eso me había levantado temprano. 
Me faltaban dos cuadras para llegar a la parada cuando me topé con un perro. Pobre, estaba tan destartalado que me causaba lástima y también repulsión. Echado sobre uno de sus costados, trataba de rascarse lo que alguna vez habría sido el rabo. Las costillas sobresalían de su piel apergaminada, como un relieve montañoso. El cuero era de color arena y lo exhibía sin los pelos habituales. Éstos colgaban en manojos pegajosos, mezcla de barro y basura. Se veían manchas rosadas con escamas blancuzcas por su cuerpo, como el salitre de las paredes, y supe de inmediato qué significaba: sarna. Las orejas las tenía pegadas contra su cabeza y parecía como si nunca se fueran a despegar. Mi proximidad ni lo inmutó, me alegré ya que no quería que se me acercara, siempre fui bastante aprensivo.
Cuando estuve un poco más cerca, me di cuenta de que se lamía una herida de la que brotaba bastante sangre, una sangre demadiado negra y viscosa para que fuera fresca. Entonces comprendí que ese perro estaba muy enfermo, quizás en los últimos momentos de su vida, y la pena por el animal volvió. No fue hasta que estuve más cerca cuando noté el charco sobre el que estaba echado. Era un líquido casi gelatinoso, una mezcla de colores asquerosos: marrones, verdes opacos y rojo óxido. Él lamía ese líquido. Tuve arcadas. Por suerte no había desayunado aún.
Quería alejarme lo más rápidamente posible, pero no quería correr. Quizás entre sus muchas enfermedades tuviera rabia. Hasta ahora parecía no haber notado mi presencia. Faltaban unos pocos pasos para pasarlo, menos mal que estaba en la vereda del frente. Traté de hacer el menor ruido posible.
Con tanta concentración hacia el animal, no había visto al mendigo que husmeaba en la basura, en la misma vereda por la que yo caminaba, a escasos pasos de mí. Los harapos que vestía se parecían notablemente a los colgajos de pelo que ostentaba el perro. Estaban desgarrados, apelmazados en jirones repulsivos de barro y basura, como el animal. Tan deshilachados estaban sus ropajes que dejaban entrever la piel y, como emulando al perro, se veían las rodillas huesudas, con la piel como pellejo contorneando su esqueleto. Un pellejo tan lleno de sarna como, sin lugar a dudas, su mascota. Pero lo más escalofriante de todo era contemplar su cabeza. Quizás la luminosidad de la mañana estuviera jugándome una mala pasada, pero podría jurar que era el hueso lo que se veía, no el cuero cabelludo. O quizás, este era tan fino y estaba tan pegado que podía ver con claridad las placas óseas y las suturas entre éstas. Era un cráneo, como el de la calavera que teníamos en el laboratorio de biología del colegio. Lo diferente eran los mechones de pelo: largo, descolorido y apelotonado, que le pendían como una rasta mal hecha e inmunda.
Caí en la cuenta de que me había paralizado. Estaba inmóvil en la vereda, sentía mis ojos forzadamente abiertos que se cerraban involuntariamente con un tic de horror. Un sudor frío empapaba mi cara y podía sentir cómo se deslizaba por mi espalda, helándome.
El menesteroso estaba, como el perro, absorto en su tarea. Con sus dedos huesudos, rebuscaba entre las bolsas de basura. Escuchaba el ruido de las bolsas al ser rasgadas por sus uñas, como navajas. Una tras otra. El sonido me ponía la piel de gallina y me estremecía los dientes, como cuando se pasa la uña por el pizarrón. Me habría tapado los oidos con las manos, pero no quería hacer ningún movimiento que delatara mi presencia. Inhalé y fue una mala idea. El olor a basura podrida, a sangre putrefacta, el hedor de la materia fecal, me golpearon como si me hubieran asestado un golpe en la boca del estómago. No pude evitar una gran arcada.
Sin ver me di media vuelta y me alejé rápidamente. Decidí caminar hasta la parada del colectivo por la calle paralela. El olor todavía me ofuscaba el pensamiento, parecía que me seguía. Traté de respirar profundamente y pensar de una forma más racional. No era de los que se impresionan por los vagabundos.
Pero hoy mi imaginación se había disparado haciéndome sentir aterrorizado y pusilánime. Cambiar de calle por un pobre diablo que trataba de sobrevivir en un mundo miserable. Sacudí la cabeza.
Estaba demadiado ensimismado en mis pensamientos como para darme cuenta, pero mi visión periférica registró un hecho anormal: frente a mí estaban el perro y el vagabundo. Uno lamiendo la sustancia viscosa, el otro escarbando la basura. La humedad helada que bañaba mi rostro y espalda se estrelló contra mi cuerpo. Sentí como si unas tiras gigantescas de trapos hediondos apresaran mi ser, momificándome y clavándome en el suelo desparejo de la vereda. ¿Es que no me había movido? ¿No había dado vuelta la esquina? ¿Eran el mismo perro y el mismo hombre harapiento los que se encargaban de sus menesteres frente a mi?
No quise pensar, no quise ver ni oir esas uñas rasgando las bolsas, ni la lengua sorbiendo. Volví a girar sobre mis pies, que pesaban como dos anclas gigantescas, y corrí, corrí como nunca había corrido, tropezándome en la carrera con mis propias extremidades, hacia la esquina opuesta. Pero allí estaban, en la misma posición, en las mismas tareas, el perro y el vagabundo. Intenté por los cuatro puntos cardinales, aún por los cuadrantes oblícuos entre ellos. Pero todos los caminos me llevaban a ellos."Todos los caminos llevan a Roma", recordé como un imbécil.
Una única salida se presentaba ante mí: la calle. Si lograba pasar entre ellos, si ellos seguían en esa actitud absorta, profundamente concentrados en sus propias labores, si la suerte quisiera que mis pisadas se volvieran más ligeras que una pluma y mi respiración más callada que un murmullo, entonces atravesaría esa dimensión de repeticiones continuas. Podría llegar a la parada, tomar el colectivo y reunirme con mis amigos.
Como un encogido cobarde tanteé el piso de la calle. Era de tierra, todavía no habían pavimentado esa parte del barrio. Las zapatillas no me ayudarían demasiado a amortiguar mis pasos. Pero era la única opción que tenía. Contuve la respiración, imaginé que cuando pasara frente a ellos la maloliente pestilencia que los acompañaba sería demoledora. Por lo menos debía estar lo suficientemente despejado para poder correr si es que me descubrían.
Caminé despacio. Un paso. Luego otro. Inhalé apresuradamente, sin profundizar la respiración. El vaho corrompido por la suciedad se me colaba por los ojos. Unas lágrimas corrían por mis mejillas. Estaba casi a mitad de la cuadra y a mitad de la calle. Ellos seguían en lo suyo, despreocupados por el desquiciado adolescente que intentaba colarse por el medio.
Los vi, los vi, y...y temblaba. De los pies a la cabeza. No podía detener a mi cuerpo convulsionado. Todo temblaba: mi visión, mi estómago castigado por el hedor. Yo, yo temblaba.
Un sonido gigantesco. Un terremoto. Un trueno. Un no sé, algo, apabullante y descomunal retumbó detrás de mí. ¡EL COLECTIVO!
El despertador cayó de la mesa de luz, como fulminado por un rayo, mientras yo pateaba las sábanas empapadas.

Del libro "Duermevela"  de María Fernanda Rossi

domingo, 14 de abril de 2024

Cerrá los ojos y pedí un deseo

Cerrá los ojos y pedí un deseo, murmuré, tratando de ignorar el persistente rumor de la lluvia. Casi sonreí ante la ironía que suponía pedir un deseo a una estrella fugaz invisible.

Era de noche y estábamos pasando el fin de semana en la casa de campo de unos amigos de mis padres. La "adolescencia" fue excusa suficiente para aislarme sin preguntas, en la hamaca paraguaya de la galería. La lluvia caía incansable desde el mediodía. Los demás estaban jugando a las cartas, y agradecía la distracción que eso suponía; me daba tiempo a derivar en mis fantasías. El libro, que sostenía entre las manos, permanecía cerrado sobre mi pecho. Era una coartada, por si a alguien se le ocurría interrumpir mi ensimismamiento. También podría fingir estar dormido, no quería que nadie me molestara. Deseaba dejarme llevar por la deriva de mis pensamientos. Y todos: mis sueños, fantasías, deseos, convergían en ella. Increíble que un simple pronombre personal de cuatro letras tuviera tanto significado, por lo menos para mí. Ella, ella, ella...Como un batir de brisas encontradas que giraban en mi mente aletargada, despertándola al amor.
Cerrá los ojos...pedí un deseo, me recordé. Estas sensaciones nuevas desordenaban mi ser. Hasta hace poco me consideraba estructurado, racional, y ahora, admití sonriendo, quiero pedir un deseo. Es que ella es la causante de este desastroso caos que hay en mí. ¿Cómo puede algo tan suave, tímido, sutil, haber hechizado a tal punto mi vida, que ahora me concentro únicamente en ella? Y otra vez, me sobresalto ante esas cuatro letras: ella. Y de pronto dejo de respirar, porque su recuerdo viene hacia mí, irrumpiendo en mi quietud, haciéndola añicos, para convertirme en un barco sin gobierno que se encamina hipnotizado hacia ella.
Voy a cerrar los ojos y pedir un deseo, ¿por qué no? Qué más da que me hunda aún más en esta superstición, si el amor es algo tan mágico como un hechizo. Algo inexplicable. Exprimo mi mente tratando de encontrar las palabras que pongan nombre a esta emoción y algunas acuden en mi ayuda: conmoción, escalofrío, tensión, duda, explosión, abismo, paraíso, éxtasis, llanto, risa...Mis propios ojos están colmados de lágrimas, y por esas cuatro letras: ella.
Entonces, cerré los ojos y pedí un deseo. La dulzura de él me acunó. Me sumió en un duermevela de amor. Donde la brisa jugó con mi cabello mientras que las letras de "ella" se deshojaban sobre mi piel, erizándola. El poder magnético que emanaba de ese deseo vibraba en mi mente, tejiendo una melodía disonante, atormentada y dramática que se batía en duelo mortal con la suavidad de su recuerdo.

Las luces de unos faros me despertaron. Alguien más llegaba. Las ruedas del auto rodaron hasta el garage. Escuché como se abrían y cerraban las puertas y el recibimiento amistoso de los dueños de casa.
-¡Vení a saludar!- gritó mi mamá.
Todavía con la cabeza ausente fui dando tumbos. Odiaba a los recién llegados por haberme sacado tan abruptamente de mis ensueños. Otro matrimonio de la edad de mis padres se sumaba a la reunión. Genial, seguía siendo el único chico. Me seguirían dejando en paz, sumido en mi fluctuante adolescencia.
Detrás de la mujer, una silueta comenzó a dibujarse. Era apenas una sombra diminuta que venía lentamente del garage.
Conocía ese andar: indeciso, lento. Mi respiración se detuvo.
Mi corazón bailaba desenfrenado ¡Ella! Escuché que me pedían que le mostrara la casa, que la llevara a caminar ahora que la lluvia había cesado, y...no sé qué más. Estaba sordo, mis latidos tronaban dentro de mí. ¿Es que acaso nadie más se daba cuenta?

Ella miraba al suelo. Yo, a ella. Intentábamos caminar, respirar. La noche ocultaba el rubor, pero su calma permitía escuchar nuestros latidos desacompasados que bramaban como truenos. Nuestros pies elegían su camino ya que el cerebro estaba desconectado. Girábamos por el patio como marionetas, con la vergüenza como titiritero. No nos dirigíamos la palabra. Alguien en la casa nos sugirió que fuéramos a ver que les pasaba a los caballos, relinchaban sin cesar. "¡Lleven paraguas!", recomendaron.
Lentamente nos encaminamos hacia el establo. Yo seguía mirándola, como quien mira a un dios. Adorándola, alabándola en el silencio solemne que nos rodeaba. Con la timidez pesándole en sus hombros, alzó la vista hacia mí. Pude ver que su razón estaba tan turbada como la mía, y esa certidumbre me desarmó.
Mis manos se movieron solas, abriendo el paraguas y protegiéndonos de la lluvia que ahora caía copiosamente. Mis ojos, al igual que mis sentidos, no podían apartarse de ella. Memorizaba cada movimiento de su rostro: las cejas contraídas, marcando un surco sobre su mirada profunda; sus ojos desmesurados, abiertos hacia mí; la nariz pequeña, graciosa, con una inquietante gota de lluvia que desafiaba la gravedad; las mejillas que llameaban al compás de su rubor. Su pelo mojado, que caía lánguido sobre sus hombros, mientras un mechón rebelde se amoldaba al contorno suave de su cuello.
Dejé para el último sus labios, no quería mirarlos. Intuía el poder de atracción que tendrían sobre mí. No me equivoqué. Todo se desvaneció: la lluvia, el establo, el relincho de los caballos, la algarabía del juego que entretenía a nuestros padres. Sus labios suaves se abrían levemente a escasos centímetros de los míos.
Una de mis manos tomó el mechón que reposaba en su cuello y pude sentir cómo se le detenía la respiración ante mi roce. Con suavidad acaricié su rostro, aturdiéndome con la sensación de felicidad que ese contacto provocaba. Sus ojos enormes brillaban expectantes, una invitación a acercarme aún más. Podía entender el choque de deseos en ella, porque me pasaba lo mismo. Querer más, querer todo, pero a la vez, no querer. Y desear estar así para siempre, cerca de ella con su piel de algodón estremecida, sus ojos intensos apresando los míos y sus labios de miel entreabiertos.
Deslicé las yemas de mis dedos hasta su nuca. Ella ladeó su cabeza para recostarla sobre mi mano. Una sensación de vértigo recorrió mi estómago mientras nuestros labios se acercaban.

Abrí los ojos, regodeándome aún en el deseo. La tarde llegaba a su fin. Seguía recostado en la hamaca de la galería colmada de flores multicolores. Luego de la lluvia, el dulce perfume de rosas y jazmines, embriagaba. El cielo se desangraba en capas de mágicos colores ante mis ojos enamorados.
Una brisa, suave y placentera, jugaba con mi pelo. Ella. Yo. Nuestro primer beso, una estrella fugaz cruzando nuestro firmamento.

Cerrá los ojos y pedí un deseo, murmuré.


De "Duermevela", María Fernanda Rossi.

domingo, 7 de abril de 2024

Sueño

Me desperté sobresaltado y confuso. Intenté calmar el alocado latido del corazón que galopaba desenfrenado hacia afuera del pecho. La sangre estallaba contra las paredes venosas, y sentía como la sien golpeaba contra la sábana que ocultaba mi rostro. La respiración se me entrecortaba por el poco oxígeno que quedaba bajo la tela, pero pensar en apartarla me causaba un profundo terror. Agucé mis oídos tratando de oír algo. Un indicio sobre aquello que me había despertado. La noche estaba profundamente callada. Ningún sonido se escuchaba y ese silencio me horrorizaba. Mi habitación balconeaba a una concurrida avenida, donde el permanente zumbar de los vehículos era mi constante arrullo y las estruendosas bocinas de los grandes camiones era la causante de numerosas imprecaciones. Ni siquiera una sirena, el edificio estaba rodeado de hospitales y no muy lejos estaba el cuartel de bomberos. 
Un silencio vacío y hueco, colmaba mi dormitorio. Tanto, que podría haber escuchado el sonido de un alfiler rebotando sobre el piso de madera. Entonces me acordé del antiguo piso de parqué, cómo crujía noche tras noche mientras el descenso nocturno de temperatura lo obligaba a contraerse. Y recordé mis primeras noches en este cuarto, cuando creía que alguien caminaba por él. Sin embargo, esta noche, el piso también había enmudecido. Buceé a tientas, dentro del bullente mutismo, algún sonido… cualquiera. Entonces escuché, imperceptible y sofocado, el murmullo de una respiración. Era tan etérea que parecía una creación de mi mente, pero allí estaba, escabulléndose entre medio del plasma del silencio. Tan real como fantástica, estruendosa en el sigilo de la noche. Estaba paralizado, concentrado hasta la última de mis terminales nerviosas en esa respiración. En su cadencia arrítmica, desacompasada. Sabía que debía mirar, pero no podía. Todos mis sentidos estaban presos de ese sonido inasequible e inmaterial. Mi piel no tardó en unirse a mis sentidos exaltados. Se erizaba bajo la sábana ante cada exhalación, electrizándome. Era desconcertante este inmóvil frenesí. Podía sentir cómo mi cuerpo se amoldaba al colchón y la levedad de la sábana presionando contra mi piel. Imprevistamente, la respiración ganó solidez, materializándose en el silencio. Pude sentirla y mis nervios florecieron ante su roce, desgarrándose y destrozando mi cordura. Quise gritar, pedir piedad, que el bramido que oprimía mi pecho detonara el silencio y la oscuridad. Pero no podía moverme, estaba estancado, suspendido en esta nada. En este agujero negro en que se había convertido mi noche. Mientras mis oídos se abrían escuchando la leve respiración y mi piel ardía ante el roce fortuito de ella, entorné apenas mis ojos. La oscuridad era abrumadora, tan espesa que asfixiaba. Quizás sería el aire enrarecido bajo la sábana lo que me hacía percibir las cosas de un modo tan estresante, pero aún seguía inmóvil e incapaz de apartarla. De a poco mis ojos se fueron adaptando a la oscuridad, y me sentí desorientado otra vez.
 Habitualmente, la avenida a la que daba mi ventana estaba profusamente iluminada. ¿Acaso no me quejaba constantemente de que su luz incandescente no me dejaba dormir? ¿Y los carteles que ostentaba el edificio del frente, titilando noche tras noche, perturbando la quietud de mi cuarto? ¿Dónde estaban hoy las luces? Mis ojos no podían asir la negrura, sólo las sábanas, contagiadas de azabache, daban un espectro a que aferrarse. Como a los oídos, exigí a mis ojos el máximo de los esfuerzos. Los entorné un poco zambulléndolos en el oscuro mar que me rodeaba. ¿Cómo delimitar visualmente un campo vacío, un entorno nulo de cosas? Hasta la sábana, sensitivamente tangible, se volvía traslúcida e invisible, un elemento más del vacío que me extraviaba. Pero la respiración seguía allí, debía averiguar su procedencia.
Exhorté a mi mano a desplazarse y retirar lentamente la sábana. Temblaba tanto que la tela se ondulaba al contacto. Sentí la brisa vivificante de aire puro desplazarse por mi pelo, por la frente que aún latía al ritmo alocado del torrente sanguíneo. Llegó a mis ojos y me obligué a bajarla aún más, hasta la nariz, pensando que el aire cargado de oxígeno despejaría mi mente, alejando la farsa que me alucinaba. Pero los ojos seguían ciegos ante la cerrazón que me había arrojado esa noche lóbrega. Nadé una vez más en el mar de tinieblas que inundaba la habitación, buscando el origen de aquella irregular respiración que azuzaba mis sentidos, para asir la génesis de mi pesadilla.
Un destello, dentro del cosmos oscuro, llamó mi atención. Débil, ante el choque de sensaciones que sacudían mi cuerpo, me incorporé en la cama. El terror jugaba una pulseada con la curiosidad. Mis pies se movían torpes, como no queriendo llegar hacia aquello que me atraía inexorablemente. Espanto, sobresalto, ansiedad, expectativa, aprensión, se sucedían dejándome blando ante tanta adrenalina acumulada. Y en el maremagno de la situación en que me hallaba, entendí que la fuente de aquella luminosidad era el espejo que colgaba de mi pared. Brillaba, sí, pero ¿de dónde procedía esa claridad, si todo lo que me rodeaba estaba a oscuras?
A tientas, como quien espera pisar brazas ardientes o piedras afiladas, me desplacé hasta el foco luminoso. La intensidad de su luz me deslumbró. Todo estaba allí: la claridad iridiscente de las luminarias, el ruido atronador de autos, sirenas, bocinas, hasta la brisa que se colaba por mi ventana entreabierta saturando mi cuarto de aire contaminado. No podía dar crédito a lo que descubrían mis sentidos, quienes deambulaban entre aquellos detalles cotidianos. Mis ojos se detuvieron en el centro mismo de la habitación que me mostraba el espejo. En mi cama, tapado íntegramente con la sábana, respirando entrecortadamente por causa de la pesadilla, me vi. Otros destellos volvieron a llamar mi atención. En cada pared, aún en el piso y en el techo, pude ver un espejo igual al que yo me asomaba. Mi cara se repetía en cada uno de ellos, con el mismo estupor y el mismo grito ahogado en mis labios dormidos.

De “Duermevela”. María Fernanda Rossi

domingo, 31 de marzo de 2024

En algún momento de esta noche

Todavía me pregunto por qué acepté venir a esta fiesta. Tenía planeada una noche tranquila en casa, sin hacer nada en especial. Ver alguna película, o chatear por la compu. Pero los chicos insistieron tanto. Me pregunto para qué. Ahí están, bailando y compitiendo por las chicas más lindas. Mientras yo estoy a solas con Mariana. No es que me queje, es muy linda, pero no se condice con la idea de pasar una noche entre amigos.
Me aparté un poco, le dije a Mariana que iba a buscar algo para tomar. Su mirada de desencanto fue suficiente para saber que ella intuía que no volvería. Realmente pensaba llevarle un vaso, lo cortés no quita lo valiente. Pero me distraje al escuchar el alboroto. Me pregunto qué habrá pasado. Ah, es la bandita de los inadaptados de siempre., esos que amagan, pero al final se van la cola entre las patas, cuando los encargados “pesos pesados” los echan sacudiéndolos como trapos y le prohíben la entrada a la próxima fiesta. Siempre vuelven.
No sé cómo, pero quedé demasiado cerca del lío, y la cosa promete excederse esta vez. Un chico acusa a uno de los encapuchados, porque les gusta ponerse un buzo con capucha a pesar del calor que hace, de venir armado.
¡Qué confusión! No hacen más que empujar y gritar. Tanto que me siento atontado ¡Pero bueno! Esto es el colmo, no sé contra qué me golpeé. Mejor me voy. Veo a los chicos que siguen bailando a lo lejos y por más que levanto los brazos y la voz: “¡Me voy! ¡Adiós!”, no me escuchan. Manga de sordos, bailan ajenos al desbande.

El barrio está casi desierto. No me entusiasma caminar a estas horas solo, pero mi casa queda cerca. Qué rara es la gente que anda en la calle cuando la noche cae. Hasta ahora no me había fijado. Parecen absortos en su propio mundo. Andan con la cabeza gacha y los ojos perdidos en sus pensamientos, como si estuvieran mirando hacia adentro. Me pregunto qué cara tendré yo, pero no creo que reparen en mí. Es un milagro que no se choquen entre ellos. A pesar de caminar a paso vivo y con las manos en los bolsillos, siento frío. La noche se está volviendo gélida, sorprendentemente helada, considerando que es una noche de verano con la luna llena ocupando medio cielo. Pero el frío se va apoderando gradualmente de mi cuerpo. Estaba por echar a correr el trecho que me quedaba, cuando reparé que alguien me miraba.
Entre los pocos ambulantes nocturnos que vagaban en la noche, taciturnos y aletargados, ella me miraba con interés. Su rostro, pequeño y armonioso, lo tenía girado hacia mí. Su cuerpo, lánguido y desgarbado, se apoyaba indolente contra un bajo muro de piedra. Una sonrisa traviesa jugueteaba entre sus labios, carnosos y rojos, como una pequeña manzana jugosa. Su mirada era severa y divertida a la vez, con un dejo de fastidio. En sus ojos se leía claramente el reproche, como si la hubiera hecho esperar por largo tiempo y por fin llegara a la cita.
Conforme me acercaba me tendió su mano pequeña y una de sus cejas se alzó al ver mi confusión. Quise preguntarle “¿nos conocemos?”, pero no quería romper ese silencio mágico. La observé descaradamente, evaluándola. No era más alta ni más grande que yo. Vestía como una típica adolescente: jeans, zapatillas con pequeños dibujos y una remera sencilla que marcaba muy bien su figura. Su pelo, ondulado levemente. Le caía despreocupadamente hasta la cintura. Todo: su cuerpo, su rostro, su pelo, estaba perfectamente equilibrado. Ella era perfecta. Ni siquiera consideré que clase de chica sería, ya que estaba sola en medio de la noche esperando a alguien. Sentía urgencia por tomar la mano que me tendía.
Un recuerdo: el de mis padres esperando en casa, me hizo entrar en razón. Y con una mirada de disculpa la dejé. Esperaba volver a verla. Su boca se frunció en un puchero, marcando los hoyuelos de sus mejillas. Pero sus ojos no perdieron la mirada traviesa y juguetona, una promesa de que pronto nos volveríamos a ver.
Me alejé flotando en el aire perfumado de la noche. Soñando despierto con eses labios dulces y tiernos que me sonreían. No tengo idea de cómo llegué a mi casa, o cómo abrí la puerta y subí los escalones que llevaban hasta mi dormitorio. Ni siquiera me molesté en ponerme el pijama. Su recuerdo llenaba toda mi mente. Vestido, me dejé caer sobre la cama, sin cubrirme siquiera con la colcha a pesar del frío. Quizás estuviera por engriparme, pero no me importaba ahora. Seguía flotando en su recuerdo, naufragando en su mirada pícara que me había hechizado. La evocaba entre el placer y el dolor, recriminándome por haberla dejado. Echándome en cara no haber tomado su mano pequeña, imaginando lo cálida que sería. Fantaseé con encontrarla nuevamente, lo que le diría y lo que no. Divagué en el placer de tomar sus manos, acariciar su rostro deteniéndome en los tentadores hoyuelos que formaba su sonrisa, besar sus labios carnosos mientras la sujetaba fuertemente contra mí. Deliré en la sensualidad que emanaba su cuerpo.
Un sonido llamó mi atención. Era tenue, casi inexistente. Como una lluvia tímida que golpeaba contra mi ventana. Como no cesaba, me levanté enfadado. De un tirón descorrí las cortinas. En la vereda, entre los lapachos que mi mamá había plantado hacía algunos años, esta ella. Divertida, arrojaba pequeños puñados de tierra hacia mí. Cuando me descubrió, su sonrisa se ensanchó. Parecía que le ocupaba todo el rostro, mostrando los hoyuelos que habían trastocado mi razón. Y la necesidad que tenía de ella se intensificó. No e importaba qué tipo de chica era, ni lo que dirían mis padres. Abrí mis ventanas para decirle que bajaría por ella, pero me hizo señas que subiría. Trepó ágilmente por la medianera y se sujetó a mi brazo para entrar en el dormitorio. Estaba demasiado conmocionado para reflexionar, pero el roce frío de sus manos me confirmó que no era el único que sentía la noche gélida.
No podía hablar. Sentía mi cuerpo torpe, duro. Ella volvió a tenderme su mano, pero la agitación que se había apoderado de mí no me permitía moverme. Con suavidad me llevó hasta la cama, empujándome sutilmente por la espalda. Con torpeza me senté al borde. No cabía en mi mente que ella estuviera aquí. Me sentía sobrepasado, superado en mis sensaciones. Porque el entumecimiento era físico. Mis sentidos se habían desplegado, abriéndose como un abanico y su vaivén me convertía en un juguete de la marea, donde ella era la luna que lo regía.
Sentí su roce como un despojo, como sentiría una flor al ser deshojada. Me miraba en esa mirada suya, pícara e hipnótica, que me volvió etéreo, sin sustancia, incorpóreo. No hablamos, pero percibí sus sordos suspiros, su respiración acompasada, rítmica.
Ante aquella mirada y su proximidad, mis sentidos se potenciaron, expandiendo aún más sus alas. Ya no sentía su cuerpo o el mío, solo su roce sugestivo. Su boca se acercó a la mía, exhalando un penetrante aroma a flores. Y cuando nuestros labios se fundieron en un beso, mi ser se llenó de sabores familiares, provocándome la confusa sensación de querer llorar.
Podía percibirla. Apreciar su silueta sinuosa. Advertir la complicidad de una sonrisa jugueteando entre sus pequeños y jugosos labios. Entrever su mirada graciosa, retozando entre mis sentidos asombrados. Pero yo no podía sentirme. Estaba perdido en el mar de las sensaciones. Me intuía como un ser informe, sin principio ni final. Ya no sentía frío, pero tampoco calor. No era capaz de pensar, solamente sentirla a ella.
Por tercera vez me ofreció su mano y esta vez quise tomarla. La miré esperando que comprendiera el caos en que me hallaba. En el torrente de emociones que asaltaban mi ser había perdido las manos. En realidad, no encontraba ninguna parte de mi cuerpo. Elevando otra vez una de sus cejas, como reprochándome por ser tan descuidado, deslizó lentamente su mano pequeña por donde debería estar mi brazo. Un hielo abrazador lo recorrió con ella, mientras percibía mi brazo, el corpóreo, rígido y helado. Llegamos hasta la mano, y a pesar de la rigidez que me dominaba, pude abrir los dedos para entrelazarlos con los de ella.
La tristeza me abrumó. ¿Qué pasó? ¿Cuándo pasó? ¿En qué momento de la noche me perdí, hundiéndome en esta irreparable soledad? ¿Cuándo dejé de no ser, convirtiéndome en esta nada sin sentido?
Rememoré esta noche, que sería eterna, y entonces comprendí el penetrante olor de las flores, mis ganas de llorar al evocar aquellos sabores que me sabían a infancia y hogar. Los puñados de tierra cayendo sutilmente hacia mí.
En algún momento de esta noche recordé a mis padres y les dije adiós a mis amigos.
Porque en algún momento de esta noche, voluptuosa y llena de sensaciones, morí.

Duermevela. María Fernanda Rossi. 


domingo, 24 de marzo de 2024

Manos


La película que mostraba el viejo televisor era malísima. Mi interés por tratar de encontrarle algún sentido a ese grupo de personas que gritaban, luchando por escapar de algún monstruo de leyenda, había decaído. Miré por la ventana del colectivo, estaba tan oscuro que no se veía nada. Las gotas de la lluvia que caía copiosamente marcaban un movimiento oblicuo en el vidrio. El viaje se estiraba como chicle, o quizás, era mi ansiedad por llegar la culpable de que el reloj se hubiera detenido. La luz intermitente y veloz de los vehículos que circulaban en dirección contraria mostraba el paso del tiempo. La humedad de la calefacción se condensaba en las ventanillas. Tanto, que parecía que la lluvia también caía adentro.
Mi mente vagaba perezosamente entre los límites de la conciencia, llevándome hacia un estado de irrealidad. Como en un documental, imágenes incoherentes arrastraban mi atención adormilada, en una especie de oleaje subconsciente. De un día soleado, riéndome como loco mientras mi abuelo empujaba la hamaca, pasaba a una noche cerrada de tormenta y viento ululante, tratando de mantener fijo el rumbo de mi velero. Inconexos, desorganizados, poco a poco los recuerdos perdieron fuerza. Se desdibujaron hasta convertirse en un manchón de colores inacabados.
Me encontraba al borde mismo del abismo del sueño, casi cayendo en su inconsciencia cuando la vi. Al principio se me antojó surrealista, otro absurdo borrón de mi mente. Una reminiscencia de algo, algo que no podía recordar.
La impresión podría haberme despertado. Tendría que haberme despertado. Sentía mis nervios tensos, como cuerdas. Percibía claramente el flujo enloquecido de la adrenalina. Mi corazón me taladraba los oídos. Sin embargo, no podía despertar. Seguía cayendo. Ya no con la amable ternura de un arrullo de cuna, sino con la fuerza titánica de la gravedad.
Una huella perfilada entre la humedad del vidrio captaba mi atención. Todo giraba vertiginosamente a su alrededor tironeándome hacia la hondura de mi inconsciencia. No tenía fuerza para no caer, ni un resquicio donde sujetarme. Una mano, la que podía sospecharse entre los vahos del vidrio, me tenía sujeto y me arrastraba hacia la locura.
“Todo estaba listo. Cada uno en su sitio…”
Nos habíamos asegurado de investigar a fondo para no fallar. Los nervios iniciales, donde la duda nos había llevado al fracaso de un acuerdo entre los participantes, habían quedado atrás. En nuestras caras se leía la determinación, mientras que nuestros ojos centelleaban de curiosidad. Estábamos sentados ante la mesa redonda de la cocina de mi casa. Un puñado de casi adolescentes, mi primo que era el mayor no había cumplido todavía los dieciséis. Al comienzo de las vacaciones de aquel verano, habíamos formado un grupo de amigos, entre vecinos y parientes. Nos reuníamos durante el día a jugar a la pelota y por la noche comíamos pizza mientras competíamos en cualquier juego de mesa.
Una noche, alguien deslizó la palabra “guija”. No pudimos ponernos de acuerdo, y esa fue la causa de que el grupo se disolviera. Sólo cuatro de nosotros seguimos adelante con las reuniones nocturnas. La excitación y el miedo comandaban nuestras vidas en esa época. Las ganas de experimentar cosas nuevas nos hacían osados a la hora de actuar. Por eso, cuando nuestros mayores se enteraron y nos lo prohibieron terminantemente, la situación se volvió prioritariamente insoportable.
Buscamos todos los detalles del juego llamado guija o juego de la copa, como también se lo conocía. Servía para comunicarse con los muertos, pero ninguno de nosotros tenía un muerto conocido a quien contactar. A los pocos días vimos una ambulancia en el barrio. Un pobre viejo que vivía bajo el árbol de la plaza, como parte misma de ella ya que nadie recordaba desde cuándo se encontraba allí, había muerto. Ahora teníamos al muerto, pero éramos reacios a contactarlo. Lo conocíamos por su carácter irascible. Le teníamos miedo. Ahora que se había convertido en un espíritu, ¿de verdad queríamos llamarlo? Todos dudábamos, pocos se atrevían a decirlo en voz alta.
Tratamos de buscar otro muerto, hasta fuimos al cementerio. Muchas tumbas, pero nadie conocido.
Al final decidimos no buscar a nadie en particular. Pensamos que habría algún muerto con ganas de comunicarse con nosotros. Incluso fantaseamos con lo que haríamos con la información que los muertos nos brindarían.
El tablero fue el primer problema al que nos enfrentamos. Lo fabricamos inventando ya que nadie nos quiso decir cómo era. Al principio usamos una hoja de carpeta. Demasiado chico. La copa, una de licor que le habíamos sacado a escondidas a mi abuela, abarcaba tres letras a la vez.
Después empezamos a poner palabras cortas: sí, no, noche, día, suerte, amor, salud. Algunos querían agregar otras, como muerte, accidente, enfermedad; pero no, decidimos que era mejor no saber. Ni siquiera aceptamos escribir la palabra “locura”.
Después de unos días nuestra guija estaba lista. Un rectángulo de madera que encontramos tirado, con números y letras grandes pintados con témpera negra, nos serviría para nuestra charla con el más allá.
Nos faltaba encontrar la noche adecuada. Nada fácil. Nuestros padres sabían que traíamos algo entre manos y era muy raro que nos quedáramos a solas.

Ese día había llovido desde temprano, anegando la plaza. Los truenos y relámpagos nos habían impedido ver la tele. A la tarde, casi noche, nuestros padres se reunieron en mi casa y se fueron. Había una reunión vecinal por los desagües pluviales del barrio. Todos nos miramos: la noche tan esperada había llegado.
“Todo estaba listo. Cada uno en su sitio…”
Empezamos a hacer preguntas, todos juntos, desordenados. Con las voces aflautadas por la emoción de usar nuestra guija por primera vez. El terror de que nuestros padres nos descubrieran haciéndolo y la expectativa de ver cómo se movería la copa, nos habían puesto frenéticos. Nada pasó. Preguntamos y re preguntamos. Casi quebramos la copa tratando de que se moviera. La desilusión y la rabia por el fracaso se vieron interrumpidas por el regreso de los mayores.
Escuchamos la charla entretenida de los grandes, regresando con la cena, y guardamos el tablero. Nuestras caras largas las atribuyeron a todo un día de hastío. Mientras cenábamos se cortó la luz, así que mis amigos se quedaron a dormir en casa. Los mayores pensaron que eso, una fiesta de pijamas, sería lo más adecuado para levantarnos el ánimo. No se equivocaron.
El armado de las camas a la luz de las velas, las guerras de almohadones y los chistes macabros nos alegraron la noche. Hasta nos hicieron olvidar del tablero que estaba escondido bajo el sofá del living. Nos fuimos a dormir con la risa aun sacudiendo los estómagos satisfechos.

El sonido de la lluvia golpeando las ventanas me despertó. Medio dormido me incorporé para darme vuelta, cuando vi a mi primo sentado muy derecho en su colchón, mirando fijamente hacia la ventana del living que se distinguía desde la puerta abierta de mi dormitorio. Seguí la trayectoria de su mirada y observé la huella de una mano en el vidrio. “Se mueve” fue lo único que dijo. Su voz despertó a los otros chicos, quienes se sentaron observando la ventana igual que nosotros. Lo único que se oía era el rítmico golpetear de las gotitas: en el vidrio, en la tierra, en el techo. Otra mano siguió a la primera dejando también su huella. Y luego siguieron otras. Las había grandes y pequeñas. Seguían un camino, avanzaban hacia una dirección predecible.
De las ventanas pasaron a las cortinas, de allí poblaron las paredes; las veíamos al trasluz, acariciando las manchas de humedad. No tenían prisa, una lentitud sobrenatural las movía. La primera mano, inconfundible por su huella plena, las guiaba. Lentamente y sin pausa, llegaron a su objetivo.
El sillón se llenó de manos, que se sacudían inquietas, esperando. Nosotros también esperábamos, petrificados. Cuando la primera mano desapareció bajo el sofá, escuchamos el suave deslizar de la copa. El sonido era intermitente: movimiento, pausa, movimiento, pausa…
Cuando el silencio se alargó, inundándonos de nada, la mano reapareció.

“Creímos estar listos. Creímos ocupar nuestro sitio…”
Vimos con horror la huella que la mano dejaba en el suelo de madera. Su movimiento se acompasaba con mi corazón, o quizás era al revés. Se desplazó a la derecha y luego a la izquierda. Titubeando. La próxima huella buscó a mi primo. De nada sirvió que tratara de esquivarla, ella lo aferró volviéndose corpórea. El resto de las manos vinieron por nosotros.
Fui el único rápido. Nunca pude explicar lo sucedido, el grito que salió de mi garganta desgarró mis cuerdas vocales, dejándome mudo. El resto se sumió en una locura sin sentido.
A partir de ese día las manos me buscaron. Las entreveía en los pasillos, acechando en las esquinas, inquietas en los sillones. Pero yo me escondía. Evitaba la humedad de las paredes, los pisos de madera, la lluvia golpeando en los vidrios…Hasta que un día dejaron de venir y yo me olvidé.
Hasta hoy.

domingo, 17 de marzo de 2024

Rayo de luna

La noche esta apacible. Una brisa suave se cuela por la ventana entreabierta refrescando el calor agobiante de la habitación. El murmullo tranquilo de la noche se me antoja arrullo de cuna. La luna luce inmensa, mostrándose llena y voluptuosa, irrumpiendo con su luz la negrura de la noche.
Todo invita a un descanso placentero, a tener esa clase de sueños donde uno corre por un prado con flores multicolores y los rayos del sol acarician delicadamente nuestra piel. Pero yo no puedo. No esta noche. No con esta luna inmensa y sus rayos despedazando sin piedad el contorno de mi ventana entreabierta.

Desde chico, mi lugar favorito fue el dique. Me gustaba el agua, tirar piedras para hacer sapitos, juntar renacuajos, descubrir los caracoles que se escondían entre las ramas llenas de musgos. También disfrutaba internándome en las islas de árboles frondosos a descubrir pájaros, huesos y piedras de mil colores. Imaginándome estar en las cuevas de los piratas o en mundos poblados de extraterrestres.
Ya más grande me aficioné a la pesca. Íbamos con mi papá y amigos cada fin de semana. Pasábamos horas callados, esperando el pique. Cuando no teníamos suerte y los peces parecían reacios a morder el anzuelo, la pesca se convertía en asado y truco. Trasnochándonos. Con mi amigo Martín nos entreteníamos viendo cómo los hombres adultos se mentían jugando a las cartas, haciéndose señas invisibles para nosotros y ganando o perdiendo los partidos. Aprendimos a hacer fuego, a filetear los pescados, a preparar la carnada, a pescar bocachas o mojarritas. Con paciencia nos fueron enseñando el abecé de la pesca. No había muchas reglas: no hablar cuando estábamos pescando, no cruzar las líneas, ser ordenados con los objetos de las cajas de pesca, y cosas por el estilo.
Muchas veces, a pesar de no haber pique, nos dejaban que armáramos nuestras cañas y fuéramos a la orilla a pescar solos. Se reían cuando nos veían aparecer con la cara larga y el balde vacío.
Solo había una regla inquebrantable: no se pesca con luna llena. ¿Por qué?, preguntamos mil veces; con rostros cansados nos repetían que no había pique, que los peces se escondían en aguas profundas, que se asustaban…Pero ni siquiera nos dejaban armar las cañas. Era un misterio para nosotros. Sobre todo, porque era un no rotundo y sin vueltas. Teníamos que aceptarlo y conformarnos con perseguir a los sapos gigantes: los rococos. Esa regla había existido siempre, los padres de nuestros padres y los padres de ellos, no se pesca con luna llena. Creo que nadie sabía a ciencia cierta el porqué, solo era así. Y esa regla se debía cumplir. Por supuesto que igual nos divertíamos, haciendo asado, persiguiendo rococos. Peor era no ir al dique.
Un día, uno de los pescadores del grupo llegó con un porteño. Jugaba muy bien al truco y cocinaba achuras en los asados. Pronto se incorporó al grupo de pesca. Traía un montón de anzuelos extraños y divertidos. Siempre fanfarroneaba diciendo que en el Río de la Plata los pescados eran mucho más grandes, tan grandes como tiburones. No, ¡qué va! ¡Eran como ballenas! Todos festejábamos sus chistes. Era un hombre divertidísimo. El único defecto que le encontraban los pescadores era su impaciencia. Su vocabulario cada vez que se le escapaba un pez habría horrorizado a mi Profe de Lengua, ni qué decir de mi mamá.
Fueron pasando los fines de semana. Y llegó la luna llena.
El porteño, como siempre, dejó listas las cosas para “el asado de después”, el que comíamos después de pescar. Y al verlo preparar las cañas los pescadores le dijeron la única ley inquebrantable: no se pesca con luna llena.
El porteño se dobló de risa. Tildó a los pescadores de supersticiosos. Éstos se encogieron de hombros ante la burla y le repitieron: no se pesca con luna llena.
No hubo forma de hacerlo entrar en razones. El porteño no quiso escuchar las pobres excusas de los lugareños de por qué no. Con Martín, lo vimos preparar las cosas. Los hombres ya no le prestaron atención. Cargó el bote con tres cañas, abundante carnada (a la que le puso saborizante para que atrajera más peces), el MP3 para escuchar música, gaseosa, pan, queso, salamín y un balde gigantesco. Decía que traería tantos pescados que el bote se hundiría.
Martín y yo estábamos excitados. Nuestros ojos se abrían desmesurados al ver que este hombre, con su fanfarronería y todo, desafiaba la única ley inquebrantable. Lo miramos alejarse en el bote con la ansiedad casi materializada. No podíamos esperar para ver cuántos peces traería. El porteño era buen pescador, hasta ahora nunca se había ido con las manos vacías.
Desde la orilla, podíamos escuchar la música, el ruido de las cañas al caer el agua, hasta cada mordida que daba al pan y fiambre. Nos reíamos a carcajadas cuando soltaba sus palabrotas.
Después de unas cuantas horas regresó. Como era de esperar para los mayores, no para nosotros, con el balde vacío, la música apagada y un hambre feroz. Lo miré mientras los pescadores grandes se burlaban de él. Un brillo extraño coloreaba sus ojos, casi afiebrados. Cuando le mencioné esto a mi papá, respondió que era porque no quería reconocer su derrota. Los peces y la luna habían vencido.
A la noche siguiente, la luna seguía redonda e inmensa. Amarilla en contraste con la oscuridad renegrida del cielo, los cerros y el agua del dique.
Incrédulos, vimos prepararse al porteño para la pesca. Los pescadores no lo miraron siquiera. Se llevó lo mismo que la noche anterior. Escuchamos su música, la cadencia con que recogía la línea y la volvía a tirar al agua, su lento masticar…Era raro escuchar la lentitud con que hacía todas las cosas, teniendo en cuenta la impaciencia que lo caracterizaba.
Cuando volvió, con el balde vacío, el brillo de sus ojos se había intensificado. Esta vez casi no tenía hambre. Los pescadores se burlaron de él mientras comíamos el asado, pero él no contestó. Martín era más chico que yo. Quizás por eso no se dio cuenta. Pero el porteño estaba cambiado. Otra vez pregunté, otra vez me respondieron con una sonrisa burlona: quizás el porteño se había enamorado de la luna.
A nadie le sorprendió que las noches siguientes insistiese en su pesca de luna llena. Pero yo no lo perdía de vista. Por eso fui el único que se percató de que dejó de llevar algunas cosas. Primero olvidó el pan y fiambre. Luego le siguieron la gaseosa, la carnada, hasta que se olvidó de llevar las cañas. Avisé a los pescadores y me dijeron que algunas veces es difícil para algunos asumir la derrota.
Ya la luna empezaba a desdibujarse de su círculo perfecto. Esa noche el porteño se llevó exclusivamente su música. Cuando volvió, estaban todos comiendo el asado. Le gritaron que se apurara, que se le iba a enfriar la carne, que ya no le quedaría nada para comer…Pero el porteño estaba ensimismado. Se veía su silueta encorvada trayendo el bote. Yo corrí a ayudarlo. Sus ojos ya no tenían ese halo febril, se habían apagado. Nunca vi un muerto, pero era como me imaginaba que serían los ojos de un cadáver. Oscuros, vacíos, profundos. Cuando tomé el cabo para amarrar el bote, me quedé inmóvil y asqueado. Sus manos parecían hervir. La piel burbujeaba bajo el rayo de luna, que parecía caer a plomo solamente sobre él. Desde las uñas pálidas, cadavéricas, se veía un extraño movimiento. Impropio. Inmundo. Fue entonces cuando me quedé helado, petrificado de horror en grado superlativo. De la yema de los dedos comenzaron a brotarle pequeños gusanos, cuyos ojos tenían el mismo color febril que tuvieran los ojos del porteño.
Cuando los pescadores acudieron urgidos por mis gritos, el porteño estaba casi normal.  Pude ver que sus ojos ya no eran un par, sino miles de pares que se unían para conformar la febril córnea.
A la noche siguiente no quise ir con mi papá, me quedé en casa. No me sorprendí cuando me contó el extraño episodio que había tenido lugar en el dique, en la última noche de luna llena.
El porteño se había ido en el bote, como todas las noches. Como no volvía pensaron que se había quedado dormido y lo fueron a buscar. “Lo más extraño”, dijo mi papá, “es que nadie escuchó cuando el pobre hombre se cayó al agua. Cuando la policía lacustre trajo el bote, solo estaba la radio y un montón de gusanos que nadie supo explicar de dónde habían salido”.

Del libro Duermevela
María Fernanda Rossi

miércoles, 14 de febrero de 2024

ELLA

La conocí un día de casualidad. Si es que las casualidades existen. En el cumpleaños de una amiga, con gente que no conocía. Tampoco la conocía a ELLA, tan ella desde ese primer momento. Quizás parezca extraño, extravagante y muy loco llamar “ELLA” a una casa. Pero desde el primer pie que puse en su vereda la sentí. Personalidad fuerte y un reclamo de higiene y buen comportamiento, “sino no es bienvenida” parecía decir su puerta de madera pintada. 
Yo no soy muy perceptiva, pero el mensaje emitido era fuerte y claro. Mis zapatillas embadurnadas de barro por la lluvia casi resbalan por su escalón de piedra. Una entrada de payaso, pensé. Me reí de mi misma al ver la cara de mi amiga, susto y complicidad. Con la casa. Me puso un trapo de piso para que me limpie los pies antes de entrar.
La reunión en el comedor estaba llena de risas. Yo espiaba los platos con torres de sándwiches. Después de un día de arduo trabajo estaba muerta de hambre, pero cada vez que quería alcanzar algo para comer, literalmente cambiaba de lugar. Un cuadro en la pared, me observaba con gesto severo. Me mostraba las manos. Entendí, ELLA me estaba obligando a asearme las mías. Consulté a mi amiga dónde quedaba el baño y me llevó hasta allí. Antes de cerrar la puerta, me mostró el jabón, cómo se abría el grifo y una toalla impoluta. 
Al salir del baño, observé un poco a mi alrededor. Era extraño. Veía a los invitados reírse, pero en ese patio interno, parecía que los sonidos eran absorbidos por las paredes de colores apagados. Unos llamadores de ángeles, que generación tras generación habían ido colgando, emitían un leve susurro.  Sentí un escalofrío. A pesar de estar en pleno verano, ELLA estaba helada. Mi amiga salía de la cocina con un plato de papas fritas. ¿Las llevás a la mesa? Preguntó mientras me daba el cuenco. Sin querer, rocé su mano, tan helada como ELLA. 

 Pasaron varios meses hasta que volví a la casa. Allí estaba ELLA de nuevo, severa, dando órdenes a través de sus ambientes ordenados. Como todas las casas de antes, exhibía una sucesión de cuartos, interrumpidos por un patio interno, la cocina a la mitad de camino y el patio al fondo. Los llamadores colgaban brillantes de tanto pulido. Mi amiga me invitó al patio a tomar mate. ELLA me observaba como evaluando mi amistad. Al escuchar el tintineo decidido de los llamadores, comprendí que ELLA me había aceptado.

La siguiente vez que las visite, casi no las reconozco. Flores y más flores se veían por toda la casa, en macetas y floreros. De la cocina se presentía el aroma de una comida deliciosa. Mi amiga canturreaba de aquí para allá al compás del rítmico campanilleo de los llamadores de ángeles, que se agitaban en el patio. Mi amiga enamorada, como la casa, florecía. El amor brillaba en sus ojos y en sus manos llenas de harina. Las ventanas se abrían de par en par. La música se veía en cada rincón. ELLA también estaba feliz. Lo sentí cuando abrió su puerta y al mirarme en su piso reluciente. Hasta los cuadros parecían guiñarme un ojo, con un dejo de picardía. ELLA y mi amiga estaban enamoradas.

Las hojas del almanaque fluyeron. Llegué casi corriendo. Las ventanas estaban cerradas y la vereda llena de las hojas tristes que lloran los árboles. Tuve que golpear fuerte esa puerta de madera pintada. ELLA no quería dejar que nadie entre, pero yo no me iba a rendir. Toqué la ventana. La voz de mi amiga rezumaba tristeza al contestar. Cuando abrió su puerta, ELLA tan severa e impecable, mostraba grietas. Sus paredes de colores apagados se descascaraban.
Esa noche me quedé a dormir. El dolor estaba impregnado en cada espacio. Ni los llamadores de ángeles emitían sonido alguno. La tristeza del desamor no era solo de mi amiga, ELLA se mostraba rota. Vi grietas. Viejas capas de pintura de tiempos lejanos que se asomaban en el revoque desgarrado. A través de sus venas abiertas pude intuir un pasado de familia numerosa. De niños correteando por sus patios. De besos escondidos entre los árboles que alguna vez dieron frutos. Mesas repletas de comida. Muchas voces. Muchos aromas… Esa noche, ELLA se descascaraba de dolor. Solo quedaba mi amiga en ese gran nido, casi vacío. La última pequeña, que ELLA había visto nacer, crecer, enamorarse, romperse de amor no correspondido. ELLA que siempre había sido cobijo y su pequeña, que entre lágrimas me contaba que se quería mudar, la desgarraba.
Hablamos mucho con mi amiga esa noche. Un corazón roto no es fácil de curar, pero con el tiempo sana. Ahora, ¿Cómo se consuela a una casa? 
Mi amiga se fue de viaje. Estar en un lugar diferente, con gente diferente. Respirar aire diferente. Siempre es buena idea para sanar. Yo me quedé cuidando la casa, ¿acaso implicaba el tener que reconfortarla?
La época estival implica lluvias. A veces suaves, otras tormentosas. 
ELLA seguía con su plan de autodestrucción. Yo barría sus pisos, pasaba el trapo en sus muebles, hasta plumereaba los cuadros, que me miraban desolados. La música clásica se fundía con el tintinear de las gotas de lluvia que se descolgaban en pequeñas cascadas del techo. 
Regresó mi amiga, llena de planes futuros. “Encontré mi lugar en el mundo” exclamó entusiasmada. Mientras me detallaba ese otro lugar lejano, escuché el amargo quejido de ELLA. 

Viendo las noticias, un video me impactó. Una casa, en una noche de tormenta fuerte, había colapsado. Me conmoví. Era ELLA.
Muchos especulaban sobre cómo había sucedido, pero lo que nadie vio fue como sus ojos de ventanas tristes se cerraron por última vez, mientras el agua de sus venas abiertas se derramaba en un torrente inerte por las paredes. Y en un último susurro, los llamadores tintinearon lastimeros mientras se sumergían.

María Fernanda Rossi

miércoles, 7 de febrero de 2024

Treinta y dos

Hoy te ponés la falda verde que te queda tan bien. Y la blusa blanca con pequeñas mariposas amarillas, sabés que le gusta cómo te queda. Lo sabés porque él te regaló ese conjunto.
Te peinas con una sola trenza. Mientras cepillás tu pelo, él viene a tu mente. Sonreis. Te acordas de su risa y sus ojos que se achican al mostrar cara de felicidad. Conocés cada detalle de su rostro. La arruga que se le marca en la frente cuando esta pensativo o los hoyuelos de su sonrisa cuando vos le decis que te dejan ciega sus perfectos dientes blancos. Sabés que tiene treinta y dos pecas en su rostro. ¡Treinta y dos! Como los años que hoy cumplís.
Mientras delineas tus ojos color noche, observas en el espejo como brillan. “Parecen dos luceros” te dijo un día. Y vos cada noche los buscas en el cielo. Ese cielo que te vio junto a él mientras se confesaban cuánto se querían. 
Escuchás esa canción que vos cantabas mientras él tocaba la guitarra. Y la tarareas mientras buscas las sandalias. Verdes, porque a vos te gusta estar a tono. 
Te tocan la puerta y te sonrojas. Sabés que es él. Viene a buscarte con la torta de cumple en la mano y un regalo en la otra. Te preguntás que podrá regalarte esta vez. “Que sea un beso” pedís enamorada.
Tocan la puerta de nuevo y vas a abrir.
- ¡Otra vez con la misma historia! - te dicen, pero vos no entendés. Solo ves la cara de enojo de tu papá que te grita en la puerta de tu cuarto.
-Calmate- escuchás a tu mamá -Querida- te dice dulcemente- por favor recordá. El no vendrá.
Vos sonreís, sabés que ellos se equivocan y sí vendrá. Cómo no hacerlo si se aman tanto. Vos sonreís con calma y ojos perdidos en el pasado.
- ¡No insistas! Por favor, comprendé de una buena vez que él se fue- grita tu papá.
Entre brumas del pasado, algo te causa dolor. Recordás esa boca de dientes blancos diciendo “ya no te quiero, me voy a casar con otra”. Te reís, sabés que esa noche sus dientes te encandilaron y escuchaste mal. Pensas que Mamá y Papá también escucharon mal cuando él te trajo.  
Volvés a tu cuarto y te sentás en la cama. Mirás el cielo, buscas los luceros, mientras lo esperás.
María Fernanda Rossi

Nada

Inés miraba a la nada. Nada. Palabra que la definía en ese momento. Hasta hace un instante su cuerpo convulsionaba entre los brazos del sofá, inconsolable. Nada, como quien bracea en un mar tormentoso de sentimientos que se golpean, como olas en las rocas del acantilado. Nada, como una hondonada enorme bajo sus pies.
Las palabras de Esteban aún resonaban en el comedor. En ellas se reflejaban la veracidad de aquellas dudas que desde hacía un tiempo la carcomían. Él ya no la quería. Sintió su frialdad y desdén, luego de haberse entregado en cuerpo y alma a él.
Nada. Ni lágrimas, ni amor, ni nada.
Oyó pasos en el corredor, por donde hacía un momento Esteban había huido de sus manos, que le suplicaban que no se vaya. 
Lo miró. Las lágrimas, que ella había vertido antes a mares, ahora se veían correr por los ojos de él.
- ¡Inés! – 
Fue un grito de angustia, de amor perdido, de hombre arrepentido. “Inés”, repitió con dulzura mientras se postraba ante sus pies, como quien adora a un dios. Le tomó de las manos y suplicó su perdón.
Ella acarició su cabeza. Hundió los dedos en ese cabello que tantas veces había amado. ¿Aún lo amaba?
Él se recostó en su regazo, satisfecho. Había regresado al amor que lo comprendía, al amor sin medidas. Sonriente, descansó.

Pasó un tiempo. Esteban la visitaba a diario. Llegaba con chocolates, otras veces con flores. Inés dejaba que él la corteje con las palabras dulces de un enamorado. Ella le entregaba sonrisas, un té, una caricia y hasta su cuerpo. Pero Esteban parecía ajeno. Lo miraba, intentando encontrar la verdad en sus ojos, ¿él la amaba? 
Esteban estaba entre dos aguas. ¿Amor o comodidad? ¿Posición social o la mujer que lo amaba con locura? Intentaba hacer feliz a Inés en ese mundo pequeño y fácil al cual pertenecía, pero él quería más. Y ese más no podía dárselo Inés. Sus aspiraciones venían de la mano de esa otra mujer, que no amaba ni deseaba, salvo lo que materialmente poseía. Y en esas vacilaciones transcurría su día, aun cuando estaba con Inés.
Un día, Esteban invitó a Inés al teatro. Ella estaba conmovida por la obra. Al terminar el primer acto, observó a Esteban, él seguía absorto en sus pensamientos, tan lejos de ella...
Los ojos de Inés recorrieron la sala. La gente cuchicheaba emocionada o rumiaba la obra, esperando el segundo acto. De pronto, su mirada se encontró con otros ojos que la observaban insistentemente. Desvió la suya con rapidez. Pero esos ojos la seguían buscando. Respiró hondo y los miró también. Esta vez sostuvo la mirada. Y en esos ojos de hombre en caza, encontró todo el deseo, admiración y ardor que no encontraba en los de Esteban.
Sin decir una palabra, se levantó y salió del palco.
Esteban, tan ensimismado, no se dio cuenta que ya no estaba. Al notar su ausencia salió a buscarla. Ella caminaba lentamente por la calle, alejándose del teatro.
- ¡Inés! – La llamó con angustia.
Ella se giró para mirar sus ojos. Vacíos de amor, de deseo, de nada. En los de ella tampoco había nada. Nada. Una palabra tan corta y fácil.

-Inés, ¿qué pasa? - susurró Esteban
-Nada- dijo ella con voz vacía mientras se alejaba.

Mará Fernanda Rossi

domingo, 4 de febrero de 2024

Mujercitas

Recuerdo mis días en Campo Quijano. Días de vacaciones, familia. Terminaban las clases y partíamos para la casa en el campo. Puedo evocar la sensación de aventura cuando fuimos por primera vez al terreno. Con muchos yuyos que pinchaban o se te adherían en la ropa al caminar. Era una niña, así que, de caminar, casi nada. Me bebía la vida a pura carrera. Persiguiendo mariposas, chapoteando en la acequia, juntando piedras de colores …. En ese entonces solo era campo vacío. Mis padres armaban la carpa para quedarnos a dormir, bajo un cielo tan estrellado que costaba creer. 
De a poco se fue construyendo la casa. Mi mamá plantó unos árboles chiquitos, que con el tiempo se fueron haciendo gigantes, no como yo, que había crecido hasta convertirme en una niña preadolescente de altura media. De toda la arboleda, había uno especial para mí. Un pino verde limón. Que, bajo el cono de su espeso ramaje, en un hueco, me escondía de las llamadas de los mayores para dedicar tiempo a mis actividades favoritas, leer y escribir. 
La casa, rústica, se elevaba sobre una lomada artificial. Era simple, pensada y decorada por mi mamá. Una galería amplia se abría por todo el frente de la casa. Enredaderas repletas de flores se descolgaban del techo, balanceándose al compás de la brisa. Cuando llovía, cambiaba mi pino por esa galería para leer. Pocas veces escribía fuera de mi escondite favorito. En esa época ya había agotado varios diarios íntimos, que mi hermano confiscaba y abría el candado para después extorsionarme con contarles a mamá y papá. 
De la casa, mis lugares favoritos eran los estantes de madera repletos de libros. Allí comencé a leer a Verne, Salgari, Isaac y tantos otros autores que se convirtieron en favoritos de mi infancia. Recuerdo tantos detalles: el olor al café con leche, el pan recién amasado, los asados de mi papá, hasta el perfume de la gomina que usaba mi abuelo. Los ruidos de los pocotos que tirábamos en el fuego de la chimenea con mi hermano, para asustar a la abuela. Los balbuceos de mi hermanita recién nacida, los trinos de las aves y las canciones de ABBA que estaban en un casette. Pero lo que no me puedo acordar es quien me regaló el libro que cambiaría mi vida, para siempre.
Con tapa amarilla, de la colección Billiken, Mujercitas fue mi tesoro. Dormía con él, lo dejaba en el borde de la pirca cuando me metía en la pileta. Me hamacaba fuerte mientras lo sujetaba en una de mis manos. La primera vez, lo leí como quien se come un helado a prisa, para no desperdiciar ni una sola gota. Mil veces más lo volví a leer. Amaba y soñaba con ser Jo. Quería escribir como ella, ser valiente y publicar mis textos. Comencé a escribir pequeñas obritas de teatro que representábamos con mis primas.  
Unos años más tardes, fue Mujercitas, mi libro amarillo, quien me acompañó en el dolor de ver a mi mamá consumiéndose poco a poco como una vela. Le escribí una poesía para uno de los días de la madre, sentida y emotiva, como cuando Jo le escribió a su Beth.
En mi adolescencia, fue Meg, la adorable y enamoradiza mujercita quien me motivó a escribir poesías a los chicos que me gustaban. Palabras que nunca llegaban a sus manos. Era tan tímida como Beth. 
Pasaron los años. De adolescente a joven. De joven a adulta. En algún momento, mi libro amarillo de Mujercitas y yo separamos nuestros caminos. Seguro encontró otros lectores y yo encontré otros autores. Pero Mujercitas de Louise May Alcott, vendría a mi rescate una vez más.
Adultez. Estrés. Trabajo. Obligaciones. Más trabajo. Todo eso sumado a un no sé qué me pasa. Me olvido de todo. Lo cotidiano. Los pequeños pedidos de mi hijo. El miedo a no saber que me está pasando. La soledad. Estudios médicos. Caos. Una psicóloga. Varios test. No hay nada físico, todo está normal. Miedo. Soledad ¿Qué me pasa? Y una sugerencia que ilumina la oscuridad abismal donde había caído, “busca dentro tuyo algo que quieras hacer vos. No para tu hijo, ni tu marido, ni nadie más. Algo que quieras para y por vos”.
Caminé, como siempre hago cuando tengo un enigma a resolver. Al llegar al parque, me senté en una piedra que se proyectaba sobre el lago. ¿Cómo saber que quería? ¿Quién era la mujer que me devolvía el reflejo en el agua? No tenía la más mínima idea. Me quedé mirándola por un buen rato. Y ahí la vi. Era Jo, de vuelta en mi vida. Una vez más sentí la admiración por esa mujercita valiente, que se atrevió a creer en ella y luchar por su sueño. 
Entonces me levanté y fui por el mío.
María Fernanda Rossi