domingo, 14 de abril de 2024

Cerrá los ojos y pedí un deseo

Cerrá los ojos y pedí un deseo, murmuré, tratando de ignorar el persistente rumor de la lluvia. Casi sonreí ante la ironía que suponía pedir un deseo a una estrella fugaz invisible.

Era de noche y estábamos pasando el fin de semana en la casa de campo de unos amigos de mis padres. La "adolescencia" fue excusa suficiente para aislarme sin preguntas, en la hamaca paraguaya de la galería. La lluvia caía incansable desde el mediodía. Los demás estaban jugando a las cartas, y agradecía la distracción que eso suponía; me daba tiempo a derivar en mis fantasías. El libro, que sostenía entre las manos, permanecía cerrado sobre mi pecho. Era una coartada, por si a alguien se le ocurría interrumpir mi ensimismamiento. También podría fingir estar dormido, no quería que nadie me molestara. Deseaba dejarme llevar por la deriva de mis pensamientos. Y todos: mis sueños, fantasías, deseos, convergían en ella. Increíble que un simple pronombre personal de cuatro letras tuviera tanto significado, por lo menos para mí. Ella, ella, ella...Como un batir de brisas encontradas que giraban en mi mente aletargada, despertándola al amor.
Cerrá los ojos...pedí un deseo, me recordé. Estas sensaciones nuevas desordenaban mi ser. Hasta hace poco me consideraba estructurado, racional, y ahora, admití sonriendo, quiero pedir un deseo. Es que ella es la causante de este desastroso caos que hay en mí. ¿Cómo puede algo tan suave, tímido, sutil, haber hechizado a tal punto mi vida, que ahora me concentro únicamente en ella? Y otra vez, me sobresalto ante esas cuatro letras: ella. Y de pronto dejo de respirar, porque su recuerdo viene hacia mí, irrumpiendo en mi quietud, haciéndola añicos, para convertirme en un barco sin gobierno que se encamina hipnotizado hacia ella.
Voy a cerrar los ojos y pedir un deseo, ¿por qué no? Qué más da que me hunda aún más en esta superstición, si el amor es algo tan mágico como un hechizo. Algo inexplicable. Exprimo mi mente tratando de encontrar las palabras que pongan nombre a esta emoción y algunas acuden en mi ayuda: conmoción, escalofrío, tensión, duda, explosión, abismo, paraíso, éxtasis, llanto, risa...Mis propios ojos están colmados de lágrimas, y por esas cuatro letras: ella.
Entonces, cerré los ojos y pedí un deseo. La dulzura de él me acunó. Me sumió en un duermevela de amor. Donde la brisa jugó con mi cabello mientras que las letras de "ella" se deshojaban sobre mi piel, erizándola. El poder magnético que emanaba de ese deseo vibraba en mi mente, tejiendo una melodía disonante, atormentada y dramática que se batía en duelo mortal con la suavidad de su recuerdo.

Las luces de unos faros me despertaron. Alguien más llegaba. Las ruedas del auto rodaron hasta el garage. Escuché como se abrían y cerraban las puertas y el recibimiento amistoso de los dueños de casa.
-¡Vení a saludar!- gritó mi mamá.
Todavía con la cabeza ausente fui dando tumbos. Odiaba a los recién llegados por haberme sacado tan abruptamente de mis ensueños. Otro matrimonio de la edad de mis padres se sumaba a la reunión. Genial, seguía siendo el único chico. Me seguirían dejando en paz, sumido en mi fluctuante adolescencia.
Detrás de la mujer, una silueta comenzó a dibujarse. Era apenas una sombra diminuta que venía lentamente del garage.
Conocía ese andar: indeciso, lento. Mi respiración se detuvo.
Mi corazón bailaba desenfrenado ¡Ella! Escuché que me pedían que le mostrara la casa, que la llevara a caminar ahora que la lluvia había cesado, y...no sé qué más. Estaba sordo, mis latidos tronaban dentro de mí. ¿Es que acaso nadie más se daba cuenta?

Ella miraba al suelo. Yo, a ella. Intentábamos caminar, respirar. La noche ocultaba el rubor, pero su calma permitía escuchar nuestros latidos desacompasados que bramaban como truenos. Nuestros pies elegían su camino ya que el cerebro estaba desconectado. Girábamos por el patio como marionetas, con la vergüenza como titiritero. No nos dirigíamos la palabra. Alguien en la casa nos sugirió que fuéramos a ver que les pasaba a los caballos, relinchaban sin cesar. "¡Lleven paraguas!", recomendaron.
Lentamente nos encaminamos hacia el establo. Yo seguía mirándola, como quien mira a un dios. Adorándola, alabándola en el silencio solemne que nos rodeaba. Con la timidez pesándole en sus hombros, alzó la vista hacia mí. Pude ver que su razón estaba tan turbada como la mía, y esa certidumbre me desarmó.
Mis manos se movieron solas, abriendo el paraguas y protegiéndonos de la lluvia que ahora caía copiosamente. Mis ojos, al igual que mis sentidos, no podían apartarse de ella. Memorizaba cada movimiento de su rostro: las cejas contraídas, marcando un surco sobre su mirada profunda; sus ojos desmesurados, abiertos hacia mí; la nariz pequeña, graciosa, con una inquietante gota de lluvia que desafiaba la gravedad; las mejillas que llameaban al compás de su rubor. Su pelo mojado, que caía lánguido sobre sus hombros, mientras un mechón rebelde se amoldaba al contorno suave de su cuello.
Dejé para el último sus labios, no quería mirarlos. Intuía el poder de atracción que tendrían sobre mí. No me equivoqué. Todo se desvaneció: la lluvia, el establo, el relincho de los caballos, la algarabía del juego que entretenía a nuestros padres. Sus labios suaves se abrían levemente a escasos centímetros de los míos.
Una de mis manos tomó el mechón que reposaba en su cuello y pude sentir cómo se le detenía la respiración ante mi roce. Con suavidad acaricié su rostro, aturdiéndome con la sensación de felicidad que ese contacto provocaba. Sus ojos enormes brillaban expectantes, una invitación a acercarme aún más. Podía entender el choque de deseos en ella, porque me pasaba lo mismo. Querer más, querer todo, pero a la vez, no querer. Y desear estar así para siempre, cerca de ella con su piel de algodón estremecida, sus ojos intensos apresando los míos y sus labios de miel entreabiertos.
Deslicé las yemas de mis dedos hasta su nuca. Ella ladeó su cabeza para recostarla sobre mi mano. Una sensación de vértigo recorrió mi estómago mientras nuestros labios se acercaban.

Abrí los ojos, regodeándome aún en el deseo. La tarde llegaba a su fin. Seguía recostado en la hamaca de la galería colmada de flores multicolores. Luego de la lluvia, el dulce perfume de rosas y jazmines, embriagaba. El cielo se desangraba en capas de mágicos colores ante mis ojos enamorados.
Una brisa, suave y placentera, jugaba con mi pelo. Ella. Yo. Nuestro primer beso, una estrella fugaz cruzando nuestro firmamento.

Cerrá los ojos y pedí un deseo, murmuré.


De "Duermevela", María Fernanda Rossi.

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