De a poco se fue construyendo la casa. Mi mamá plantó unos árboles chiquitos, que con el tiempo se fueron haciendo gigantes, no como yo, que había crecido hasta convertirme en una niña preadolescente de altura media. De toda la arboleda, había uno especial para mí. Un pino verde limón. Que, bajo el cono de su espeso ramaje, en un hueco, me escondía de las llamadas de los mayores para dedicar tiempo a mis actividades favoritas, leer y escribir.
La casa, rústica, se elevaba sobre una lomada artificial. Era simple, pensada y decorada por mi mamá. Una galería amplia se abría por todo el frente de la casa. Enredaderas repletas de flores se descolgaban del techo, balanceándose al compás de la brisa. Cuando llovía, cambiaba mi pino por esa galería para leer. Pocas veces escribía fuera de mi escondite favorito. En esa época ya había agotado varios diarios íntimos, que mi hermano confiscaba y abría el candado para después extorsionarme con contarles a mamá y papá.
De la casa, mis lugares favoritos eran los estantes de madera repletos de libros. Allí comencé a leer a Verne, Salgari, Isaac y tantos otros autores que se convirtieron en favoritos de mi infancia. Recuerdo tantos detalles: el olor al café con leche, el pan recién amasado, los asados de mi papá, hasta el perfume de la gomina que usaba mi abuelo. Los ruidos de los pocotos que tirábamos en el fuego de la chimenea con mi hermano, para asustar a la abuela. Los balbuceos de mi hermanita recién nacida, los trinos de las aves y las canciones de ABBA que estaban en un casette. Pero lo que no me puedo acordar es quien me regaló el libro que cambiaría mi vida, para siempre.
Con tapa amarilla, de la colección Billiken, Mujercitas fue mi tesoro. Dormía con él, lo dejaba en el borde de la pirca cuando me metía en la pileta. Me hamacaba fuerte mientras lo sujetaba en una de mis manos. La primera vez, lo leí como quien se come un helado a prisa, para no desperdiciar ni una sola gota. Mil veces más lo volví a leer. Amaba y soñaba con ser Jo. Quería escribir como ella, ser valiente y publicar mis textos. Comencé a escribir pequeñas obritas de teatro que representábamos con mis primas.
Unos años más tardes, fue Mujercitas, mi libro amarillo, quien me acompañó en el dolor de ver a mi mamá consumiéndose poco a poco como una vela. Le escribí una poesía para uno de los días de la madre, sentida y emotiva, como cuando Jo le escribió a su Beth.
En mi adolescencia, fue Meg, la adorable y enamoradiza mujercita quien me motivó a escribir poesías a los chicos que me gustaban. Palabras que nunca llegaban a sus manos. Era tan tímida como Beth.
Pasaron los años. De adolescente a joven. De joven a adulta. En algún momento, mi libro amarillo de Mujercitas y yo separamos nuestros caminos. Seguro encontró otros lectores y yo encontré otros autores. Pero Mujercitas de Louise May Alcott, vendría a mi rescate una vez más.
Adultez. Estrés. Trabajo. Obligaciones. Más trabajo. Todo eso sumado a un no sé qué me pasa. Me olvido de todo. Lo cotidiano. Los pequeños pedidos de mi hijo. El miedo a no saber que me está pasando. La soledad. Estudios médicos. Caos. Una psicóloga. Varios test. No hay nada físico, todo está normal. Miedo. Soledad ¿Qué me pasa? Y una sugerencia que ilumina la oscuridad abismal donde había caído, “busca dentro tuyo algo que quieras hacer vos. No para tu hijo, ni tu marido, ni nadie más. Algo que quieras para y por vos”.
Caminé, como siempre hago cuando tengo un enigma a resolver. Al llegar al parque, me senté en una piedra que se proyectaba sobre el lago. ¿Cómo saber que quería? ¿Quién era la mujer que me devolvía el reflejo en el agua? No tenía la más mínima idea. Me quedé mirándola por un buen rato. Y ahí la vi. Era Jo, de vuelta en mi vida. Una vez más sentí la admiración por esa mujercita valiente, que se atrevió a creer en ella y luchar por su sueño.
Entonces me levanté y fui por el mío.
María Fernanda Rossi

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