domingo, 17 de marzo de 2024

Rayo de luna

La noche esta apacible. Una brisa suave se cuela por la ventana entreabierta refrescando el calor agobiante de la habitación. El murmullo tranquilo de la noche se me antoja arrullo de cuna. La luna luce inmensa, mostrándose llena y voluptuosa, irrumpiendo con su luz la negrura de la noche.
Todo invita a un descanso placentero, a tener esa clase de sueños donde uno corre por un prado con flores multicolores y los rayos del sol acarician delicadamente nuestra piel. Pero yo no puedo. No esta noche. No con esta luna inmensa y sus rayos despedazando sin piedad el contorno de mi ventana entreabierta.

Desde chico, mi lugar favorito fue el dique. Me gustaba el agua, tirar piedras para hacer sapitos, juntar renacuajos, descubrir los caracoles que se escondían entre las ramas llenas de musgos. También disfrutaba internándome en las islas de árboles frondosos a descubrir pájaros, huesos y piedras de mil colores. Imaginándome estar en las cuevas de los piratas o en mundos poblados de extraterrestres.
Ya más grande me aficioné a la pesca. Íbamos con mi papá y amigos cada fin de semana. Pasábamos horas callados, esperando el pique. Cuando no teníamos suerte y los peces parecían reacios a morder el anzuelo, la pesca se convertía en asado y truco. Trasnochándonos. Con mi amigo Martín nos entreteníamos viendo cómo los hombres adultos se mentían jugando a las cartas, haciéndose señas invisibles para nosotros y ganando o perdiendo los partidos. Aprendimos a hacer fuego, a filetear los pescados, a preparar la carnada, a pescar bocachas o mojarritas. Con paciencia nos fueron enseñando el abecé de la pesca. No había muchas reglas: no hablar cuando estábamos pescando, no cruzar las líneas, ser ordenados con los objetos de las cajas de pesca, y cosas por el estilo.
Muchas veces, a pesar de no haber pique, nos dejaban que armáramos nuestras cañas y fuéramos a la orilla a pescar solos. Se reían cuando nos veían aparecer con la cara larga y el balde vacío.
Solo había una regla inquebrantable: no se pesca con luna llena. ¿Por qué?, preguntamos mil veces; con rostros cansados nos repetían que no había pique, que los peces se escondían en aguas profundas, que se asustaban…Pero ni siquiera nos dejaban armar las cañas. Era un misterio para nosotros. Sobre todo, porque era un no rotundo y sin vueltas. Teníamos que aceptarlo y conformarnos con perseguir a los sapos gigantes: los rococos. Esa regla había existido siempre, los padres de nuestros padres y los padres de ellos, no se pesca con luna llena. Creo que nadie sabía a ciencia cierta el porqué, solo era así. Y esa regla se debía cumplir. Por supuesto que igual nos divertíamos, haciendo asado, persiguiendo rococos. Peor era no ir al dique.
Un día, uno de los pescadores del grupo llegó con un porteño. Jugaba muy bien al truco y cocinaba achuras en los asados. Pronto se incorporó al grupo de pesca. Traía un montón de anzuelos extraños y divertidos. Siempre fanfarroneaba diciendo que en el Río de la Plata los pescados eran mucho más grandes, tan grandes como tiburones. No, ¡qué va! ¡Eran como ballenas! Todos festejábamos sus chistes. Era un hombre divertidísimo. El único defecto que le encontraban los pescadores era su impaciencia. Su vocabulario cada vez que se le escapaba un pez habría horrorizado a mi Profe de Lengua, ni qué decir de mi mamá.
Fueron pasando los fines de semana. Y llegó la luna llena.
El porteño, como siempre, dejó listas las cosas para “el asado de después”, el que comíamos después de pescar. Y al verlo preparar las cañas los pescadores le dijeron la única ley inquebrantable: no se pesca con luna llena.
El porteño se dobló de risa. Tildó a los pescadores de supersticiosos. Éstos se encogieron de hombros ante la burla y le repitieron: no se pesca con luna llena.
No hubo forma de hacerlo entrar en razones. El porteño no quiso escuchar las pobres excusas de los lugareños de por qué no. Con Martín, lo vimos preparar las cosas. Los hombres ya no le prestaron atención. Cargó el bote con tres cañas, abundante carnada (a la que le puso saborizante para que atrajera más peces), el MP3 para escuchar música, gaseosa, pan, queso, salamín y un balde gigantesco. Decía que traería tantos pescados que el bote se hundiría.
Martín y yo estábamos excitados. Nuestros ojos se abrían desmesurados al ver que este hombre, con su fanfarronería y todo, desafiaba la única ley inquebrantable. Lo miramos alejarse en el bote con la ansiedad casi materializada. No podíamos esperar para ver cuántos peces traería. El porteño era buen pescador, hasta ahora nunca se había ido con las manos vacías.
Desde la orilla, podíamos escuchar la música, el ruido de las cañas al caer el agua, hasta cada mordida que daba al pan y fiambre. Nos reíamos a carcajadas cuando soltaba sus palabrotas.
Después de unas cuantas horas regresó. Como era de esperar para los mayores, no para nosotros, con el balde vacío, la música apagada y un hambre feroz. Lo miré mientras los pescadores grandes se burlaban de él. Un brillo extraño coloreaba sus ojos, casi afiebrados. Cuando le mencioné esto a mi papá, respondió que era porque no quería reconocer su derrota. Los peces y la luna habían vencido.
A la noche siguiente, la luna seguía redonda e inmensa. Amarilla en contraste con la oscuridad renegrida del cielo, los cerros y el agua del dique.
Incrédulos, vimos prepararse al porteño para la pesca. Los pescadores no lo miraron siquiera. Se llevó lo mismo que la noche anterior. Escuchamos su música, la cadencia con que recogía la línea y la volvía a tirar al agua, su lento masticar…Era raro escuchar la lentitud con que hacía todas las cosas, teniendo en cuenta la impaciencia que lo caracterizaba.
Cuando volvió, con el balde vacío, el brillo de sus ojos se había intensificado. Esta vez casi no tenía hambre. Los pescadores se burlaron de él mientras comíamos el asado, pero él no contestó. Martín era más chico que yo. Quizás por eso no se dio cuenta. Pero el porteño estaba cambiado. Otra vez pregunté, otra vez me respondieron con una sonrisa burlona: quizás el porteño se había enamorado de la luna.
A nadie le sorprendió que las noches siguientes insistiese en su pesca de luna llena. Pero yo no lo perdía de vista. Por eso fui el único que se percató de que dejó de llevar algunas cosas. Primero olvidó el pan y fiambre. Luego le siguieron la gaseosa, la carnada, hasta que se olvidó de llevar las cañas. Avisé a los pescadores y me dijeron que algunas veces es difícil para algunos asumir la derrota.
Ya la luna empezaba a desdibujarse de su círculo perfecto. Esa noche el porteño se llevó exclusivamente su música. Cuando volvió, estaban todos comiendo el asado. Le gritaron que se apurara, que se le iba a enfriar la carne, que ya no le quedaría nada para comer…Pero el porteño estaba ensimismado. Se veía su silueta encorvada trayendo el bote. Yo corrí a ayudarlo. Sus ojos ya no tenían ese halo febril, se habían apagado. Nunca vi un muerto, pero era como me imaginaba que serían los ojos de un cadáver. Oscuros, vacíos, profundos. Cuando tomé el cabo para amarrar el bote, me quedé inmóvil y asqueado. Sus manos parecían hervir. La piel burbujeaba bajo el rayo de luna, que parecía caer a plomo solamente sobre él. Desde las uñas pálidas, cadavéricas, se veía un extraño movimiento. Impropio. Inmundo. Fue entonces cuando me quedé helado, petrificado de horror en grado superlativo. De la yema de los dedos comenzaron a brotarle pequeños gusanos, cuyos ojos tenían el mismo color febril que tuvieran los ojos del porteño.
Cuando los pescadores acudieron urgidos por mis gritos, el porteño estaba casi normal.  Pude ver que sus ojos ya no eran un par, sino miles de pares que se unían para conformar la febril córnea.
A la noche siguiente no quise ir con mi papá, me quedé en casa. No me sorprendí cuando me contó el extraño episodio que había tenido lugar en el dique, en la última noche de luna llena.
El porteño se había ido en el bote, como todas las noches. Como no volvía pensaron que se había quedado dormido y lo fueron a buscar. “Lo más extraño”, dijo mi papá, “es que nadie escuchó cuando el pobre hombre se cayó al agua. Cuando la policía lacustre trajo el bote, solo estaba la radio y un montón de gusanos que nadie supo explicar de dónde habían salido”.

Del libro Duermevela
María Fernanda Rossi

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