domingo, 24 de marzo de 2024

Manos


La película que mostraba el viejo televisor era malísima. Mi interés por tratar de encontrarle algún sentido a ese grupo de personas que gritaban, luchando por escapar de algún monstruo de leyenda, había decaído. Miré por la ventana del colectivo, estaba tan oscuro que no se veía nada. Las gotas de la lluvia que caía copiosamente marcaban un movimiento oblicuo en el vidrio. El viaje se estiraba como chicle, o quizás, era mi ansiedad por llegar la culpable de que el reloj se hubiera detenido. La luz intermitente y veloz de los vehículos que circulaban en dirección contraria mostraba el paso del tiempo. La humedad de la calefacción se condensaba en las ventanillas. Tanto, que parecía que la lluvia también caía adentro.
Mi mente vagaba perezosamente entre los límites de la conciencia, llevándome hacia un estado de irrealidad. Como en un documental, imágenes incoherentes arrastraban mi atención adormilada, en una especie de oleaje subconsciente. De un día soleado, riéndome como loco mientras mi abuelo empujaba la hamaca, pasaba a una noche cerrada de tormenta y viento ululante, tratando de mantener fijo el rumbo de mi velero. Inconexos, desorganizados, poco a poco los recuerdos perdieron fuerza. Se desdibujaron hasta convertirse en un manchón de colores inacabados.
Me encontraba al borde mismo del abismo del sueño, casi cayendo en su inconsciencia cuando la vi. Al principio se me antojó surrealista, otro absurdo borrón de mi mente. Una reminiscencia de algo, algo que no podía recordar.
La impresión podría haberme despertado. Tendría que haberme despertado. Sentía mis nervios tensos, como cuerdas. Percibía claramente el flujo enloquecido de la adrenalina. Mi corazón me taladraba los oídos. Sin embargo, no podía despertar. Seguía cayendo. Ya no con la amable ternura de un arrullo de cuna, sino con la fuerza titánica de la gravedad.
Una huella perfilada entre la humedad del vidrio captaba mi atención. Todo giraba vertiginosamente a su alrededor tironeándome hacia la hondura de mi inconsciencia. No tenía fuerza para no caer, ni un resquicio donde sujetarme. Una mano, la que podía sospecharse entre los vahos del vidrio, me tenía sujeto y me arrastraba hacia la locura.
“Todo estaba listo. Cada uno en su sitio…”
Nos habíamos asegurado de investigar a fondo para no fallar. Los nervios iniciales, donde la duda nos había llevado al fracaso de un acuerdo entre los participantes, habían quedado atrás. En nuestras caras se leía la determinación, mientras que nuestros ojos centelleaban de curiosidad. Estábamos sentados ante la mesa redonda de la cocina de mi casa. Un puñado de casi adolescentes, mi primo que era el mayor no había cumplido todavía los dieciséis. Al comienzo de las vacaciones de aquel verano, habíamos formado un grupo de amigos, entre vecinos y parientes. Nos reuníamos durante el día a jugar a la pelota y por la noche comíamos pizza mientras competíamos en cualquier juego de mesa.
Una noche, alguien deslizó la palabra “guija”. No pudimos ponernos de acuerdo, y esa fue la causa de que el grupo se disolviera. Sólo cuatro de nosotros seguimos adelante con las reuniones nocturnas. La excitación y el miedo comandaban nuestras vidas en esa época. Las ganas de experimentar cosas nuevas nos hacían osados a la hora de actuar. Por eso, cuando nuestros mayores se enteraron y nos lo prohibieron terminantemente, la situación se volvió prioritariamente insoportable.
Buscamos todos los detalles del juego llamado guija o juego de la copa, como también se lo conocía. Servía para comunicarse con los muertos, pero ninguno de nosotros tenía un muerto conocido a quien contactar. A los pocos días vimos una ambulancia en el barrio. Un pobre viejo que vivía bajo el árbol de la plaza, como parte misma de ella ya que nadie recordaba desde cuándo se encontraba allí, había muerto. Ahora teníamos al muerto, pero éramos reacios a contactarlo. Lo conocíamos por su carácter irascible. Le teníamos miedo. Ahora que se había convertido en un espíritu, ¿de verdad queríamos llamarlo? Todos dudábamos, pocos se atrevían a decirlo en voz alta.
Tratamos de buscar otro muerto, hasta fuimos al cementerio. Muchas tumbas, pero nadie conocido.
Al final decidimos no buscar a nadie en particular. Pensamos que habría algún muerto con ganas de comunicarse con nosotros. Incluso fantaseamos con lo que haríamos con la información que los muertos nos brindarían.
El tablero fue el primer problema al que nos enfrentamos. Lo fabricamos inventando ya que nadie nos quiso decir cómo era. Al principio usamos una hoja de carpeta. Demasiado chico. La copa, una de licor que le habíamos sacado a escondidas a mi abuela, abarcaba tres letras a la vez.
Después empezamos a poner palabras cortas: sí, no, noche, día, suerte, amor, salud. Algunos querían agregar otras, como muerte, accidente, enfermedad; pero no, decidimos que era mejor no saber. Ni siquiera aceptamos escribir la palabra “locura”.
Después de unos días nuestra guija estaba lista. Un rectángulo de madera que encontramos tirado, con números y letras grandes pintados con témpera negra, nos serviría para nuestra charla con el más allá.
Nos faltaba encontrar la noche adecuada. Nada fácil. Nuestros padres sabían que traíamos algo entre manos y era muy raro que nos quedáramos a solas.

Ese día había llovido desde temprano, anegando la plaza. Los truenos y relámpagos nos habían impedido ver la tele. A la tarde, casi noche, nuestros padres se reunieron en mi casa y se fueron. Había una reunión vecinal por los desagües pluviales del barrio. Todos nos miramos: la noche tan esperada había llegado.
“Todo estaba listo. Cada uno en su sitio…”
Empezamos a hacer preguntas, todos juntos, desordenados. Con las voces aflautadas por la emoción de usar nuestra guija por primera vez. El terror de que nuestros padres nos descubrieran haciéndolo y la expectativa de ver cómo se movería la copa, nos habían puesto frenéticos. Nada pasó. Preguntamos y re preguntamos. Casi quebramos la copa tratando de que se moviera. La desilusión y la rabia por el fracaso se vieron interrumpidas por el regreso de los mayores.
Escuchamos la charla entretenida de los grandes, regresando con la cena, y guardamos el tablero. Nuestras caras largas las atribuyeron a todo un día de hastío. Mientras cenábamos se cortó la luz, así que mis amigos se quedaron a dormir en casa. Los mayores pensaron que eso, una fiesta de pijamas, sería lo más adecuado para levantarnos el ánimo. No se equivocaron.
El armado de las camas a la luz de las velas, las guerras de almohadones y los chistes macabros nos alegraron la noche. Hasta nos hicieron olvidar del tablero que estaba escondido bajo el sofá del living. Nos fuimos a dormir con la risa aun sacudiendo los estómagos satisfechos.

El sonido de la lluvia golpeando las ventanas me despertó. Medio dormido me incorporé para darme vuelta, cuando vi a mi primo sentado muy derecho en su colchón, mirando fijamente hacia la ventana del living que se distinguía desde la puerta abierta de mi dormitorio. Seguí la trayectoria de su mirada y observé la huella de una mano en el vidrio. “Se mueve” fue lo único que dijo. Su voz despertó a los otros chicos, quienes se sentaron observando la ventana igual que nosotros. Lo único que se oía era el rítmico golpetear de las gotitas: en el vidrio, en la tierra, en el techo. Otra mano siguió a la primera dejando también su huella. Y luego siguieron otras. Las había grandes y pequeñas. Seguían un camino, avanzaban hacia una dirección predecible.
De las ventanas pasaron a las cortinas, de allí poblaron las paredes; las veíamos al trasluz, acariciando las manchas de humedad. No tenían prisa, una lentitud sobrenatural las movía. La primera mano, inconfundible por su huella plena, las guiaba. Lentamente y sin pausa, llegaron a su objetivo.
El sillón se llenó de manos, que se sacudían inquietas, esperando. Nosotros también esperábamos, petrificados. Cuando la primera mano desapareció bajo el sofá, escuchamos el suave deslizar de la copa. El sonido era intermitente: movimiento, pausa, movimiento, pausa…
Cuando el silencio se alargó, inundándonos de nada, la mano reapareció.

“Creímos estar listos. Creímos ocupar nuestro sitio…”
Vimos con horror la huella que la mano dejaba en el suelo de madera. Su movimiento se acompasaba con mi corazón, o quizás era al revés. Se desplazó a la derecha y luego a la izquierda. Titubeando. La próxima huella buscó a mi primo. De nada sirvió que tratara de esquivarla, ella lo aferró volviéndose corpórea. El resto de las manos vinieron por nosotros.
Fui el único rápido. Nunca pude explicar lo sucedido, el grito que salió de mi garganta desgarró mis cuerdas vocales, dejándome mudo. El resto se sumió en una locura sin sentido.
A partir de ese día las manos me buscaron. Las entreveía en los pasillos, acechando en las esquinas, inquietas en los sillones. Pero yo me escondía. Evitaba la humedad de las paredes, los pisos de madera, la lluvia golpeando en los vidrios…Hasta que un día dejaron de venir y yo me olvidé.
Hasta hoy.

No hay comentarios:

Publicar un comentario