domingo, 7 de abril de 2024

Sueño

Me desperté sobresaltado y confuso. Intenté calmar el alocado latido del corazón que galopaba desenfrenado hacia afuera del pecho. La sangre estallaba contra las paredes venosas, y sentía como la sien golpeaba contra la sábana que ocultaba mi rostro. La respiración se me entrecortaba por el poco oxígeno que quedaba bajo la tela, pero pensar en apartarla me causaba un profundo terror. Agucé mis oídos tratando de oír algo. Un indicio sobre aquello que me había despertado. La noche estaba profundamente callada. Ningún sonido se escuchaba y ese silencio me horrorizaba. Mi habitación balconeaba a una concurrida avenida, donde el permanente zumbar de los vehículos era mi constante arrullo y las estruendosas bocinas de los grandes camiones era la causante de numerosas imprecaciones. Ni siquiera una sirena, el edificio estaba rodeado de hospitales y no muy lejos estaba el cuartel de bomberos. 
Un silencio vacío y hueco, colmaba mi dormitorio. Tanto, que podría haber escuchado el sonido de un alfiler rebotando sobre el piso de madera. Entonces me acordé del antiguo piso de parqué, cómo crujía noche tras noche mientras el descenso nocturno de temperatura lo obligaba a contraerse. Y recordé mis primeras noches en este cuarto, cuando creía que alguien caminaba por él. Sin embargo, esta noche, el piso también había enmudecido. Buceé a tientas, dentro del bullente mutismo, algún sonido… cualquiera. Entonces escuché, imperceptible y sofocado, el murmullo de una respiración. Era tan etérea que parecía una creación de mi mente, pero allí estaba, escabulléndose entre medio del plasma del silencio. Tan real como fantástica, estruendosa en el sigilo de la noche. Estaba paralizado, concentrado hasta la última de mis terminales nerviosas en esa respiración. En su cadencia arrítmica, desacompasada. Sabía que debía mirar, pero no podía. Todos mis sentidos estaban presos de ese sonido inasequible e inmaterial. Mi piel no tardó en unirse a mis sentidos exaltados. Se erizaba bajo la sábana ante cada exhalación, electrizándome. Era desconcertante este inmóvil frenesí. Podía sentir cómo mi cuerpo se amoldaba al colchón y la levedad de la sábana presionando contra mi piel. Imprevistamente, la respiración ganó solidez, materializándose en el silencio. Pude sentirla y mis nervios florecieron ante su roce, desgarrándose y destrozando mi cordura. Quise gritar, pedir piedad, que el bramido que oprimía mi pecho detonara el silencio y la oscuridad. Pero no podía moverme, estaba estancado, suspendido en esta nada. En este agujero negro en que se había convertido mi noche. Mientras mis oídos se abrían escuchando la leve respiración y mi piel ardía ante el roce fortuito de ella, entorné apenas mis ojos. La oscuridad era abrumadora, tan espesa que asfixiaba. Quizás sería el aire enrarecido bajo la sábana lo que me hacía percibir las cosas de un modo tan estresante, pero aún seguía inmóvil e incapaz de apartarla. De a poco mis ojos se fueron adaptando a la oscuridad, y me sentí desorientado otra vez.
 Habitualmente, la avenida a la que daba mi ventana estaba profusamente iluminada. ¿Acaso no me quejaba constantemente de que su luz incandescente no me dejaba dormir? ¿Y los carteles que ostentaba el edificio del frente, titilando noche tras noche, perturbando la quietud de mi cuarto? ¿Dónde estaban hoy las luces? Mis ojos no podían asir la negrura, sólo las sábanas, contagiadas de azabache, daban un espectro a que aferrarse. Como a los oídos, exigí a mis ojos el máximo de los esfuerzos. Los entorné un poco zambulléndolos en el oscuro mar que me rodeaba. ¿Cómo delimitar visualmente un campo vacío, un entorno nulo de cosas? Hasta la sábana, sensitivamente tangible, se volvía traslúcida e invisible, un elemento más del vacío que me extraviaba. Pero la respiración seguía allí, debía averiguar su procedencia.
Exhorté a mi mano a desplazarse y retirar lentamente la sábana. Temblaba tanto que la tela se ondulaba al contacto. Sentí la brisa vivificante de aire puro desplazarse por mi pelo, por la frente que aún latía al ritmo alocado del torrente sanguíneo. Llegó a mis ojos y me obligué a bajarla aún más, hasta la nariz, pensando que el aire cargado de oxígeno despejaría mi mente, alejando la farsa que me alucinaba. Pero los ojos seguían ciegos ante la cerrazón que me había arrojado esa noche lóbrega. Nadé una vez más en el mar de tinieblas que inundaba la habitación, buscando el origen de aquella irregular respiración que azuzaba mis sentidos, para asir la génesis de mi pesadilla.
Un destello, dentro del cosmos oscuro, llamó mi atención. Débil, ante el choque de sensaciones que sacudían mi cuerpo, me incorporé en la cama. El terror jugaba una pulseada con la curiosidad. Mis pies se movían torpes, como no queriendo llegar hacia aquello que me atraía inexorablemente. Espanto, sobresalto, ansiedad, expectativa, aprensión, se sucedían dejándome blando ante tanta adrenalina acumulada. Y en el maremagno de la situación en que me hallaba, entendí que la fuente de aquella luminosidad era el espejo que colgaba de mi pared. Brillaba, sí, pero ¿de dónde procedía esa claridad, si todo lo que me rodeaba estaba a oscuras?
A tientas, como quien espera pisar brazas ardientes o piedras afiladas, me desplacé hasta el foco luminoso. La intensidad de su luz me deslumbró. Todo estaba allí: la claridad iridiscente de las luminarias, el ruido atronador de autos, sirenas, bocinas, hasta la brisa que se colaba por mi ventana entreabierta saturando mi cuarto de aire contaminado. No podía dar crédito a lo que descubrían mis sentidos, quienes deambulaban entre aquellos detalles cotidianos. Mis ojos se detuvieron en el centro mismo de la habitación que me mostraba el espejo. En mi cama, tapado íntegramente con la sábana, respirando entrecortadamente por causa de la pesadilla, me vi. Otros destellos volvieron a llamar mi atención. En cada pared, aún en el piso y en el techo, pude ver un espejo igual al que yo me asomaba. Mi cara se repetía en cada uno de ellos, con el mismo estupor y el mismo grito ahogado en mis labios dormidos.

De “Duermevela”. María Fernanda Rossi

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