Inés miraba a la nada. Nada. Palabra que la definía en ese momento. Hasta hace un instante su cuerpo convulsionaba entre los brazos del sofá, inconsolable. Nada, como quien bracea en un mar tormentoso de sentimientos que se golpean, como olas en las rocas del acantilado. Nada, como una hondonada enorme bajo sus pies.
Las palabras de Esteban aún resonaban en el comedor. En ellas se reflejaban la veracidad de aquellas dudas que desde hacía un tiempo la carcomían. Él ya no la quería. Sintió su frialdad y desdén, luego de haberse entregado en cuerpo y alma a él.
Nada. Ni lágrimas, ni amor, ni nada.
Oyó pasos en el corredor, por donde hacía un momento Esteban había huido de sus manos, que le suplicaban que no se vaya.
Lo miró. Las lágrimas, que ella había vertido antes a mares, ahora se veían correr por los ojos de él.
- ¡Inés! –
Fue un grito de angustia, de amor perdido, de hombre arrepentido. “Inés”, repitió con dulzura mientras se postraba ante sus pies, como quien adora a un dios. Le tomó de las manos y suplicó su perdón.
Ella acarició su cabeza. Hundió los dedos en ese cabello que tantas veces había amado. ¿Aún lo amaba?
Él se recostó en su regazo, satisfecho. Había regresado al amor que lo comprendía, al amor sin medidas. Sonriente, descansó.
Pasó un tiempo. Esteban la visitaba a diario. Llegaba con chocolates, otras veces con flores. Inés dejaba que él la corteje con las palabras dulces de un enamorado. Ella le entregaba sonrisas, un té, una caricia y hasta su cuerpo. Pero Esteban parecía ajeno. Lo miraba, intentando encontrar la verdad en sus ojos, ¿él la amaba?
Esteban estaba entre dos aguas. ¿Amor o comodidad? ¿Posición social o la mujer que lo amaba con locura? Intentaba hacer feliz a Inés en ese mundo pequeño y fácil al cual pertenecía, pero él quería más. Y ese más no podía dárselo Inés. Sus aspiraciones venían de la mano de esa otra mujer, que no amaba ni deseaba, salvo lo que materialmente poseía. Y en esas vacilaciones transcurría su día, aun cuando estaba con Inés.
Un día, Esteban invitó a Inés al teatro. Ella estaba conmovida por la obra. Al terminar el primer acto, observó a Esteban, él seguía absorto en sus pensamientos, tan lejos de ella...
Los ojos de Inés recorrieron la sala. La gente cuchicheaba emocionada o rumiaba la obra, esperando el segundo acto. De pronto, su mirada se encontró con otros ojos que la observaban insistentemente. Desvió la suya con rapidez. Pero esos ojos la seguían buscando. Respiró hondo y los miró también. Esta vez sostuvo la mirada. Y en esos ojos de hombre en caza, encontró todo el deseo, admiración y ardor que no encontraba en los de Esteban.
Sin decir una palabra, se levantó y salió del palco.
Esteban, tan ensimismado, no se dio cuenta que ya no estaba. Al notar su ausencia salió a buscarla. Ella caminaba lentamente por la calle, alejándose del teatro.
- ¡Inés! – La llamó con angustia.
Ella se giró para mirar sus ojos. Vacíos de amor, de deseo, de nada. En los de ella tampoco había nada. Nada. Una palabra tan corta y fácil.
-Inés, ¿qué pasa? - susurró Esteban
-Nada- dijo ella con voz vacía mientras se alejaba.
Mará Fernanda Rossi
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