miércoles, 14 de febrero de 2024

ELLA

La conocí un día de casualidad. Si es que las casualidades existen. En el cumpleaños de una amiga, con gente que no conocía. Tampoco la conocía a ELLA, tan ella desde ese primer momento. Quizás parezca extraño, extravagante y muy loco llamar “ELLA” a una casa. Pero desde el primer pie que puse en su vereda la sentí. Personalidad fuerte y un reclamo de higiene y buen comportamiento, “sino no es bienvenida” parecía decir su puerta de madera pintada. 
Yo no soy muy perceptiva, pero el mensaje emitido era fuerte y claro. Mis zapatillas embadurnadas de barro por la lluvia casi resbalan por su escalón de piedra. Una entrada de payaso, pensé. Me reí de mi misma al ver la cara de mi amiga, susto y complicidad. Con la casa. Me puso un trapo de piso para que me limpie los pies antes de entrar.
La reunión en el comedor estaba llena de risas. Yo espiaba los platos con torres de sándwiches. Después de un día de arduo trabajo estaba muerta de hambre, pero cada vez que quería alcanzar algo para comer, literalmente cambiaba de lugar. Un cuadro en la pared, me observaba con gesto severo. Me mostraba las manos. Entendí, ELLA me estaba obligando a asearme las mías. Consulté a mi amiga dónde quedaba el baño y me llevó hasta allí. Antes de cerrar la puerta, me mostró el jabón, cómo se abría el grifo y una toalla impoluta. 
Al salir del baño, observé un poco a mi alrededor. Era extraño. Veía a los invitados reírse, pero en ese patio interno, parecía que los sonidos eran absorbidos por las paredes de colores apagados. Unos llamadores de ángeles, que generación tras generación habían ido colgando, emitían un leve susurro.  Sentí un escalofrío. A pesar de estar en pleno verano, ELLA estaba helada. Mi amiga salía de la cocina con un plato de papas fritas. ¿Las llevás a la mesa? Preguntó mientras me daba el cuenco. Sin querer, rocé su mano, tan helada como ELLA. 

 Pasaron varios meses hasta que volví a la casa. Allí estaba ELLA de nuevo, severa, dando órdenes a través de sus ambientes ordenados. Como todas las casas de antes, exhibía una sucesión de cuartos, interrumpidos por un patio interno, la cocina a la mitad de camino y el patio al fondo. Los llamadores colgaban brillantes de tanto pulido. Mi amiga me invitó al patio a tomar mate. ELLA me observaba como evaluando mi amistad. Al escuchar el tintineo decidido de los llamadores, comprendí que ELLA me había aceptado.

La siguiente vez que las visite, casi no las reconozco. Flores y más flores se veían por toda la casa, en macetas y floreros. De la cocina se presentía el aroma de una comida deliciosa. Mi amiga canturreaba de aquí para allá al compás del rítmico campanilleo de los llamadores de ángeles, que se agitaban en el patio. Mi amiga enamorada, como la casa, florecía. El amor brillaba en sus ojos y en sus manos llenas de harina. Las ventanas se abrían de par en par. La música se veía en cada rincón. ELLA también estaba feliz. Lo sentí cuando abrió su puerta y al mirarme en su piso reluciente. Hasta los cuadros parecían guiñarme un ojo, con un dejo de picardía. ELLA y mi amiga estaban enamoradas.

Las hojas del almanaque fluyeron. Llegué casi corriendo. Las ventanas estaban cerradas y la vereda llena de las hojas tristes que lloran los árboles. Tuve que golpear fuerte esa puerta de madera pintada. ELLA no quería dejar que nadie entre, pero yo no me iba a rendir. Toqué la ventana. La voz de mi amiga rezumaba tristeza al contestar. Cuando abrió su puerta, ELLA tan severa e impecable, mostraba grietas. Sus paredes de colores apagados se descascaraban.
Esa noche me quedé a dormir. El dolor estaba impregnado en cada espacio. Ni los llamadores de ángeles emitían sonido alguno. La tristeza del desamor no era solo de mi amiga, ELLA se mostraba rota. Vi grietas. Viejas capas de pintura de tiempos lejanos que se asomaban en el revoque desgarrado. A través de sus venas abiertas pude intuir un pasado de familia numerosa. De niños correteando por sus patios. De besos escondidos entre los árboles que alguna vez dieron frutos. Mesas repletas de comida. Muchas voces. Muchos aromas… Esa noche, ELLA se descascaraba de dolor. Solo quedaba mi amiga en ese gran nido, casi vacío. La última pequeña, que ELLA había visto nacer, crecer, enamorarse, romperse de amor no correspondido. ELLA que siempre había sido cobijo y su pequeña, que entre lágrimas me contaba que se quería mudar, la desgarraba.
Hablamos mucho con mi amiga esa noche. Un corazón roto no es fácil de curar, pero con el tiempo sana. Ahora, ¿Cómo se consuela a una casa? 
Mi amiga se fue de viaje. Estar en un lugar diferente, con gente diferente. Respirar aire diferente. Siempre es buena idea para sanar. Yo me quedé cuidando la casa, ¿acaso implicaba el tener que reconfortarla?
La época estival implica lluvias. A veces suaves, otras tormentosas. 
ELLA seguía con su plan de autodestrucción. Yo barría sus pisos, pasaba el trapo en sus muebles, hasta plumereaba los cuadros, que me miraban desolados. La música clásica se fundía con el tintinear de las gotas de lluvia que se descolgaban en pequeñas cascadas del techo. 
Regresó mi amiga, llena de planes futuros. “Encontré mi lugar en el mundo” exclamó entusiasmada. Mientras me detallaba ese otro lugar lejano, escuché el amargo quejido de ELLA. 

Viendo las noticias, un video me impactó. Una casa, en una noche de tormenta fuerte, había colapsado. Me conmoví. Era ELLA.
Muchos especulaban sobre cómo había sucedido, pero lo que nadie vio fue como sus ojos de ventanas tristes se cerraron por última vez, mientras el agua de sus venas abiertas se derramaba en un torrente inerte por las paredes. Y en un último susurro, los llamadores tintinearon lastimeros mientras se sumergían.

María Fernanda Rossi

miércoles, 7 de febrero de 2024

Treinta y dos

Hoy te ponés la falda verde que te queda tan bien. Y la blusa blanca con pequeñas mariposas amarillas, sabés que le gusta cómo te queda. Lo sabés porque él te regaló ese conjunto.
Te peinas con una sola trenza. Mientras cepillás tu pelo, él viene a tu mente. Sonreis. Te acordas de su risa y sus ojos que se achican al mostrar cara de felicidad. Conocés cada detalle de su rostro. La arruga que se le marca en la frente cuando esta pensativo o los hoyuelos de su sonrisa cuando vos le decis que te dejan ciega sus perfectos dientes blancos. Sabés que tiene treinta y dos pecas en su rostro. ¡Treinta y dos! Como los años que hoy cumplís.
Mientras delineas tus ojos color noche, observas en el espejo como brillan. “Parecen dos luceros” te dijo un día. Y vos cada noche los buscas en el cielo. Ese cielo que te vio junto a él mientras se confesaban cuánto se querían. 
Escuchás esa canción que vos cantabas mientras él tocaba la guitarra. Y la tarareas mientras buscas las sandalias. Verdes, porque a vos te gusta estar a tono. 
Te tocan la puerta y te sonrojas. Sabés que es él. Viene a buscarte con la torta de cumple en la mano y un regalo en la otra. Te preguntás que podrá regalarte esta vez. “Que sea un beso” pedís enamorada.
Tocan la puerta de nuevo y vas a abrir.
- ¡Otra vez con la misma historia! - te dicen, pero vos no entendés. Solo ves la cara de enojo de tu papá que te grita en la puerta de tu cuarto.
-Calmate- escuchás a tu mamá -Querida- te dice dulcemente- por favor recordá. El no vendrá.
Vos sonreís, sabés que ellos se equivocan y sí vendrá. Cómo no hacerlo si se aman tanto. Vos sonreís con calma y ojos perdidos en el pasado.
- ¡No insistas! Por favor, comprendé de una buena vez que él se fue- grita tu papá.
Entre brumas del pasado, algo te causa dolor. Recordás esa boca de dientes blancos diciendo “ya no te quiero, me voy a casar con otra”. Te reís, sabés que esa noche sus dientes te encandilaron y escuchaste mal. Pensas que Mamá y Papá también escucharon mal cuando él te trajo.  
Volvés a tu cuarto y te sentás en la cama. Mirás el cielo, buscas los luceros, mientras lo esperás.
María Fernanda Rossi

Nada

Inés miraba a la nada. Nada. Palabra que la definía en ese momento. Hasta hace un instante su cuerpo convulsionaba entre los brazos del sofá, inconsolable. Nada, como quien bracea en un mar tormentoso de sentimientos que se golpean, como olas en las rocas del acantilado. Nada, como una hondonada enorme bajo sus pies.
Las palabras de Esteban aún resonaban en el comedor. En ellas se reflejaban la veracidad de aquellas dudas que desde hacía un tiempo la carcomían. Él ya no la quería. Sintió su frialdad y desdén, luego de haberse entregado en cuerpo y alma a él.
Nada. Ni lágrimas, ni amor, ni nada.
Oyó pasos en el corredor, por donde hacía un momento Esteban había huido de sus manos, que le suplicaban que no se vaya. 
Lo miró. Las lágrimas, que ella había vertido antes a mares, ahora se veían correr por los ojos de él.
- ¡Inés! – 
Fue un grito de angustia, de amor perdido, de hombre arrepentido. “Inés”, repitió con dulzura mientras se postraba ante sus pies, como quien adora a un dios. Le tomó de las manos y suplicó su perdón.
Ella acarició su cabeza. Hundió los dedos en ese cabello que tantas veces había amado. ¿Aún lo amaba?
Él se recostó en su regazo, satisfecho. Había regresado al amor que lo comprendía, al amor sin medidas. Sonriente, descansó.

Pasó un tiempo. Esteban la visitaba a diario. Llegaba con chocolates, otras veces con flores. Inés dejaba que él la corteje con las palabras dulces de un enamorado. Ella le entregaba sonrisas, un té, una caricia y hasta su cuerpo. Pero Esteban parecía ajeno. Lo miraba, intentando encontrar la verdad en sus ojos, ¿él la amaba? 
Esteban estaba entre dos aguas. ¿Amor o comodidad? ¿Posición social o la mujer que lo amaba con locura? Intentaba hacer feliz a Inés en ese mundo pequeño y fácil al cual pertenecía, pero él quería más. Y ese más no podía dárselo Inés. Sus aspiraciones venían de la mano de esa otra mujer, que no amaba ni deseaba, salvo lo que materialmente poseía. Y en esas vacilaciones transcurría su día, aun cuando estaba con Inés.
Un día, Esteban invitó a Inés al teatro. Ella estaba conmovida por la obra. Al terminar el primer acto, observó a Esteban, él seguía absorto en sus pensamientos, tan lejos de ella...
Los ojos de Inés recorrieron la sala. La gente cuchicheaba emocionada o rumiaba la obra, esperando el segundo acto. De pronto, su mirada se encontró con otros ojos que la observaban insistentemente. Desvió la suya con rapidez. Pero esos ojos la seguían buscando. Respiró hondo y los miró también. Esta vez sostuvo la mirada. Y en esos ojos de hombre en caza, encontró todo el deseo, admiración y ardor que no encontraba en los de Esteban.
Sin decir una palabra, se levantó y salió del palco.
Esteban, tan ensimismado, no se dio cuenta que ya no estaba. Al notar su ausencia salió a buscarla. Ella caminaba lentamente por la calle, alejándose del teatro.
- ¡Inés! – La llamó con angustia.
Ella se giró para mirar sus ojos. Vacíos de amor, de deseo, de nada. En los de ella tampoco había nada. Nada. Una palabra tan corta y fácil.

-Inés, ¿qué pasa? - susurró Esteban
-Nada- dijo ella con voz vacía mientras se alejaba.

Mará Fernanda Rossi

domingo, 4 de febrero de 2024

Mujercitas

Recuerdo mis días en Campo Quijano. Días de vacaciones, familia. Terminaban las clases y partíamos para la casa en el campo. Puedo evocar la sensación de aventura cuando fuimos por primera vez al terreno. Con muchos yuyos que pinchaban o se te adherían en la ropa al caminar. Era una niña, así que, de caminar, casi nada. Me bebía la vida a pura carrera. Persiguiendo mariposas, chapoteando en la acequia, juntando piedras de colores …. En ese entonces solo era campo vacío. Mis padres armaban la carpa para quedarnos a dormir, bajo un cielo tan estrellado que costaba creer. 
De a poco se fue construyendo la casa. Mi mamá plantó unos árboles chiquitos, que con el tiempo se fueron haciendo gigantes, no como yo, que había crecido hasta convertirme en una niña preadolescente de altura media. De toda la arboleda, había uno especial para mí. Un pino verde limón. Que, bajo el cono de su espeso ramaje, en un hueco, me escondía de las llamadas de los mayores para dedicar tiempo a mis actividades favoritas, leer y escribir. 
La casa, rústica, se elevaba sobre una lomada artificial. Era simple, pensada y decorada por mi mamá. Una galería amplia se abría por todo el frente de la casa. Enredaderas repletas de flores se descolgaban del techo, balanceándose al compás de la brisa. Cuando llovía, cambiaba mi pino por esa galería para leer. Pocas veces escribía fuera de mi escondite favorito. En esa época ya había agotado varios diarios íntimos, que mi hermano confiscaba y abría el candado para después extorsionarme con contarles a mamá y papá. 
De la casa, mis lugares favoritos eran los estantes de madera repletos de libros. Allí comencé a leer a Verne, Salgari, Isaac y tantos otros autores que se convirtieron en favoritos de mi infancia. Recuerdo tantos detalles: el olor al café con leche, el pan recién amasado, los asados de mi papá, hasta el perfume de la gomina que usaba mi abuelo. Los ruidos de los pocotos que tirábamos en el fuego de la chimenea con mi hermano, para asustar a la abuela. Los balbuceos de mi hermanita recién nacida, los trinos de las aves y las canciones de ABBA que estaban en un casette. Pero lo que no me puedo acordar es quien me regaló el libro que cambiaría mi vida, para siempre.
Con tapa amarilla, de la colección Billiken, Mujercitas fue mi tesoro. Dormía con él, lo dejaba en el borde de la pirca cuando me metía en la pileta. Me hamacaba fuerte mientras lo sujetaba en una de mis manos. La primera vez, lo leí como quien se come un helado a prisa, para no desperdiciar ni una sola gota. Mil veces más lo volví a leer. Amaba y soñaba con ser Jo. Quería escribir como ella, ser valiente y publicar mis textos. Comencé a escribir pequeñas obritas de teatro que representábamos con mis primas.  
Unos años más tardes, fue Mujercitas, mi libro amarillo, quien me acompañó en el dolor de ver a mi mamá consumiéndose poco a poco como una vela. Le escribí una poesía para uno de los días de la madre, sentida y emotiva, como cuando Jo le escribió a su Beth.
En mi adolescencia, fue Meg, la adorable y enamoradiza mujercita quien me motivó a escribir poesías a los chicos que me gustaban. Palabras que nunca llegaban a sus manos. Era tan tímida como Beth. 
Pasaron los años. De adolescente a joven. De joven a adulta. En algún momento, mi libro amarillo de Mujercitas y yo separamos nuestros caminos. Seguro encontró otros lectores y yo encontré otros autores. Pero Mujercitas de Louise May Alcott, vendría a mi rescate una vez más.
Adultez. Estrés. Trabajo. Obligaciones. Más trabajo. Todo eso sumado a un no sé qué me pasa. Me olvido de todo. Lo cotidiano. Los pequeños pedidos de mi hijo. El miedo a no saber que me está pasando. La soledad. Estudios médicos. Caos. Una psicóloga. Varios test. No hay nada físico, todo está normal. Miedo. Soledad ¿Qué me pasa? Y una sugerencia que ilumina la oscuridad abismal donde había caído, “busca dentro tuyo algo que quieras hacer vos. No para tu hijo, ni tu marido, ni nadie más. Algo que quieras para y por vos”.
Caminé, como siempre hago cuando tengo un enigma a resolver. Al llegar al parque, me senté en una piedra que se proyectaba sobre el lago. ¿Cómo saber que quería? ¿Quién era la mujer que me devolvía el reflejo en el agua? No tenía la más mínima idea. Me quedé mirándola por un buen rato. Y ahí la vi. Era Jo, de vuelta en mi vida. Una vez más sentí la admiración por esa mujercita valiente, que se atrevió a creer en ella y luchar por su sueño. 
Entonces me levanté y fui por el mío.
María Fernanda Rossi