domingo, 21 de enero de 2024

TE AMO

"La mayor enfermedad  hoy en día no es la lepra ni la tuberculosis, sino la sensación de que nadie te quiere."
Madre Teresa de Calcuta.

Estamos rodeados de gente que nos quiere, de forma sincera e incondicional, pero aún así a veces sentimos al desamor como un abismo por el cual caemos. 
Esa sensación, lo intuimos, no es nueva. Nos acompaña quizás desde el momento en que estábamos en la panza de mamá o cuando llegamos a este mundo o incluso en nuestra infancia. Y nadie, más que nosotros mismos, podemos recorrer el camino, difícil por cierto, para sanar. 
¿Cómo empezar? Liberando mi mente y cuerpo de pensamientos negativos.

Este cuento lo escribí para mi niña interior...

Un día llegó al reino un colibrí, pequeño y gordito, de color verde. Sus alitas se batían en la más profunda tristeza. Volando llegó hasta la reina. Ella estaba en la ventana de su gran castillo. El colibrí se acercó a ella, la rozó con sus alitas, pero la reina ni siquiera lo miró. Tampoco sintió la tristeza que embargaba a la pequeña ave. Solo miraba hacia la nada. 

La reina tenía una extraña enfermedad, se había quedado vacía. Ya nada la conmovía. No reía ni lloraba. En su mente solo retumbaban palabras ancianas, que ella nunca había pronunciado " tengo miedo", "no lo voy a lograr", "¿soy yo quien tiene que estar aquí?, "¿realmente me eligieron o estoy reemplazando a otra persona?" Palabras como estas llegaban, sin saber de dónde o de quien, repitiendose como eco en el enorme vacío que la rodeaba.

El colibrí batiendo sus alas, le contó que en un claro del bosque había una niña, abandonada y en la más penosa soledad. Que la esperaba desde hacía mucho tiempo. La reina lo miró, apática."Sólo usted puede salvarla", añadió el colibrí.

Ella sin decir nada, se puso en camino. El sendero que se internaba por el bosque era duro, agreste, escarpado. Llegó a un pequeño estanque y vio su reflejo. Su imagen era la de un árbol seco y leñoso. Ni una sola hoja adornaba sus ramas. Luego de mirarse un rato notó que sus secas raíces bebían de las aguas cristalinas, bebieron y bebieron hasta que se convirtieron en dos bellos pies que rozaban el césped. Tambaleante, sintió cómo sus pies absorbían la energía que le otorgaba la tierra, entonces sintió por primera vez a sus piernas, que la ayudaban a avanzar con pasos más firmes por el bosque. Pasó por unos árboles que tenían frutos coloridos. Entonces le crecieron brazos y labios, para disfrutar de su sabor. Con la fruta aún en mano, avanzó. Llegó al claro, en medio de él una roca se abría a modo de cueva. Sus ojos se abrieron y vieron las sombras que la habitaban. Eran sombras vivas, que representaban lo mismo que las palabras decían en su mente. Esas sombras acechaban a la pequeña, que yacía en carne viva en el centro. La reina pronunció las primeras palabras ante cada una de las sombras. "Te elijo", "soy valiente", "te acepto tal cual sos", ante cada palabra que pronunciaba la reina, la cueva se iluminaba y la niña sanaba. Cuando solo quedaron la pequeña y ella, entonces la tomó entre sus brazos y escuchó el latir de su corazón. Se miraron a los ojos, llenos de lágrimas, y ambas dijeron al mismo tiempo: TE AMO.

@pluma.viajera

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