viernes, 29 de septiembre de 2023
Pochi, como llamaban a mi abuela materna, nació un 28 de septiembre de 1.909 en Punta Arenas, Chile. De casualidad. José, su papá, que llegó de España con el oficio de ebanista, había conseguido trabajo como carpintero en un barco pesquero. Y la familia se movía con él. Pero esa será otra historia.Hoy quiero recordar a Pochi, abuela y oyente entusiasta de mis primeras letras, con esta receta que quedará inmortalizada en el paladar y memoria de nuestra familia, los Pestiños.Estos bocaditos en forma de pequeños pañuelitos hacen su primera aparición en el libro “La lozana andaluza” del 1528, pero estoy segura que desde ese tiempo a la cocina de mi abuela variaron un poco.Pochi tamizaba no solo una, sino hasta tres veces la harina. El cernidor en sus manos parecía una fábrica de nubes blanquísimas que se transportaban por toda la mesada. Mientras, en la hornalla calentaba el aceite con semillitas de anís, “no tiene que estar muy caliente”, me decía, “solo para que el anís libere su aroma”, y realmente ese característico olor impregnaba la tarde gris y fría de invierno. Después lo dejaba que se entibie “a temperatura ambiente”, mientras yo jugaba con la harina que se me pegaba en la punta de la nariz y su sonrisa cómplice se contradecía con retos de “prestá atención, así aprendés a hacerlos vos” (no presté atención abuelita, como decías vivía en la luna)Cuando el aceite estaba a temperatura ambiente lo mezclaba despacio, como rumiando sueños, junto al oporto. De ahí a la harina, a la que le había añadido una pizquita, así de chiquita, de sal. Y yo pensaba “¿Por qué poner sal a algo tan dulce?” (Ahora de grande ya lo sé abuelita)Y mientras tarareaba “Cuando se quiere de veras, como te quiero yo a ti” de Libertad Lamarque, la masa entre sus manos se convertía en una tela suave y marrón. Después la cortaba, con un rodillito dentado en cuadrados prolijos (no como los míos que desafían a cualquier geometría euclidiana). Y, mientras seguía con su “Es imposible, mi cielo. Tan separados vivir”, convertía a los cuadrados en pequeños pañuelitos, llevando dos vértices al centro y los acomodaba en una asadera que trasladaba al horno.Al preparar el almíbar, la cocina se inundaba de una sinfonía aromática. Una mezcla de agua y miel a la que le agregaba unos trocitos de cáscara de limón y una ramita de canela. “Cuando se quiere de veras…” seguía canturreando, mientras mezclaba el almíbar a fuego muy lento.Entonces …llegaba la magia, cuando esos pañuelitos recién sacados del horno y puestos en una fuente honda, se los bañaba con el almíbar y una lluvia de pequeñas granas multicolores completaban el plato familiar. Hoy que sería tu cumple, veo por la ventana. Está fresca la tarde y me acordé de tus Pestiños, de tus manos mientras los amasabas y de esa canción que siempre te trae a mí: “Cuando se quiere de veras, como te quiero yo a ti”.
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