El zapato de
Jésica
¿Qué quién era Jésica? Una
niña. Pequeña y flaca. Un palito.
Lo más grande que tenía
Jésica eran sus ojos. Ojos pícaros, que se movían curiosos por un rostro redondito
de tierra, moreno y salpicado de gotas de barro.
Jésica era inquieta y
juguetona. Vivía en una pequeña construcción hecha con tablones de madera que
sostenían mágicamente las chapas que techaban el recinto.
Su mundo de fantasía estaba
súper poblado por trozos de juguetes que conseguía aquí y allá. La gringa, era una
cabeza de muñeca flaca que Jésica, peinaba según la moda. El Fito, un soldado
apaleado, que cuando cayó en sus manos ya le faltaba una pierna y un brazo.
Pero a la niña no le había importado, era un buen candidato pa’la gringa, que
estaba tan solita… Y así seguía la colección de habitantes mutilados, el “yip”
sin ruedas, la pelota agujereada, el trompo sin luz…
Todos tenían un lugar dentro de una caja roja
de zapatos, el arcón de los tesoros más importantes en la vida de Jésica.
Un día, como cualquier otro,
acompañó a su abuelo hasta el basural para juntar botellas de plástico.
Como siempre, Jésica corría
de aquí para allá. “Aquí hay una, Tatita”, “aquí otra”, indicaba al anciano
encorvado que cuidaba de ella, casi ciego gracias a los avatares de la vida, como
los juguetes de la cajita roja.
Buscona y curiosa corría
entre el basural, cuando de pronto se quedó clavada en su lugar. Un zapato,
nada espectacular, negro, pequeño como ella, sobresalía entre cartones de leche
y pañales usados.
Quién sabe por qué, Jésica
se acercó despacio y lo tomó con cuidado.
Un moño del mismo cuero,
color negro, era la única decoración del zapato. Un zapato nada especial, al
fin y al cabo era uno solo, ni siquiera estaba su par. Tampoco estaba roto o
muy usado.
Entonces, ¿por qué Jésica se
lo llevó? ¿por qué lo puso sobre todos los juguetes de la caja roja, como la
joya mas importante de todo sus tesoros? Yo no lo sé y creo que Jésica tampoco.
Cada día miraba a su zapato
desde lejos, distraída. Ya no jugaba, ni saltaba, ni reía.
El abuelo, a pesar de la
mala vista, notó el cambio en la niña.
Se acercaba el día del niño
y no tenía dinero para comprarle juguetes. Pero sus años, con las canas a
cuesta, no habían pasado en vano. Sabía que el mejor regalo que podía dar a su
nieta no se compraba con billetes, sino con tiempo.
Así que tomó a Jésica de la
mano y la llevó a la plaza.
El lugar estaba atestado de
chicos, era el día del niño.
Muchos jugaban con sus
juguetes nuevos, otros corrían remontando barriletes multicolores. Era un bullicio
de gritos y risas infantiles.
Jésica miraba a saltitos
para todos lados, buscando algo.
¿Por qué había llevado su
zapato negro, con moño negro, nada especial, con ella? No lo sabía, hasta que
lo supo.
Tironeó de la mano de su
abuelo, apurándolo.
Debajo de un árbol, como
cualquier árbol de la plaza; sentada en un banco, como cualquier otro banco,
una niña de ojos perdidos tenía entre sus manos un zapato negro, con moño
negro, nada especial.
Jésica, no conocía palabras
como autismo, pero sabía lo que era tener un mundo propio, un mundo mágico.
Se acercó a la niña y le
entregó su zapato. La niña no se movió. Pero cuando los zapatos negros, con
moños negros, nada especiales, estuvieron juntos, la niña sonrió.
Agosto, 2.013
María Fernanda Rossi

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