domingo, 21 de abril de 2024

Todos los caminos llevan a Roma

La mañana, luminosa y con cielo despejado, prometía un día a pleno sol. Serían alrededor de las siete, no había nadie en las calles. También, ¿quién, en su sano juicio, caminaría a estas horas un día domingo y encima víspera de fin de año? No, la mayoría de la gente - los cuerdos- estarían durmiendo a pierna suelta para poder trasnochar tranquilos. Me había opuesto a esta idea, pero no quisieron escuchar. "El último partido del año", dijeron, como si esta noche, cuando la sirena anuncie que estamos en el año nuevo, se acabara el mundo. Simples formalismos. El tiempo es lo más relativo que conocí en mi vida. Mientras estamos brindando por el próspero año que llega, hay gente en otro lado del mundo que ya está durmiendo, hace rato, en el año próximo, que ya dejó de serlo para nosotros pero lo sigue siendo para otra gente que todavía no atravesó la barrera de las doce.
Estaba aún dormido como para rezongar demasiado.Pero lo más probable es que fuese el primero en llegar. Siempre me pasaba lo mismo, maldita puntualidad, pero así me había acostumbrado. Prefería ser el que esperaba a ser el esperado.
La calle, como ya lo había notado, estaba desierta. Ni siquiera los pájaros que normalmente me aturdían cuando madrugaba para ir al colegio estaban hoy interrumpiendo el silencio con sus trinos. El colectivo tampoco había pasado, pero como hoy era domingo seguro que tendría frecuencia reducida. Por eso me había levantado temprano. 
Me faltaban dos cuadras para llegar a la parada cuando me topé con un perro. Pobre, estaba tan destartalado que me causaba lástima y también repulsión. Echado sobre uno de sus costados, trataba de rascarse lo que alguna vez habría sido el rabo. Las costillas sobresalían de su piel apergaminada, como un relieve montañoso. El cuero era de color arena y lo exhibía sin los pelos habituales. Éstos colgaban en manojos pegajosos, mezcla de barro y basura. Se veían manchas rosadas con escamas blancuzcas por su cuerpo, como el salitre de las paredes, y supe de inmediato qué significaba: sarna. Las orejas las tenía pegadas contra su cabeza y parecía como si nunca se fueran a despegar. Mi proximidad ni lo inmutó, me alegré ya que no quería que se me acercara, siempre fui bastante aprensivo.
Cuando estuve un poco más cerca, me di cuenta de que se lamía una herida de la que brotaba bastante sangre, una sangre demadiado negra y viscosa para que fuera fresca. Entonces comprendí que ese perro estaba muy enfermo, quizás en los últimos momentos de su vida, y la pena por el animal volvió. No fue hasta que estuve más cerca cuando noté el charco sobre el que estaba echado. Era un líquido casi gelatinoso, una mezcla de colores asquerosos: marrones, verdes opacos y rojo óxido. Él lamía ese líquido. Tuve arcadas. Por suerte no había desayunado aún.
Quería alejarme lo más rápidamente posible, pero no quería correr. Quizás entre sus muchas enfermedades tuviera rabia. Hasta ahora parecía no haber notado mi presencia. Faltaban unos pocos pasos para pasarlo, menos mal que estaba en la vereda del frente. Traté de hacer el menor ruido posible.
Con tanta concentración hacia el animal, no había visto al mendigo que husmeaba en la basura, en la misma vereda por la que yo caminaba, a escasos pasos de mí. Los harapos que vestía se parecían notablemente a los colgajos de pelo que ostentaba el perro. Estaban desgarrados, apelmazados en jirones repulsivos de barro y basura, como el animal. Tan deshilachados estaban sus ropajes que dejaban entrever la piel y, como emulando al perro, se veían las rodillas huesudas, con la piel como pellejo contorneando su esqueleto. Un pellejo tan lleno de sarna como, sin lugar a dudas, su mascota. Pero lo más escalofriante de todo era contemplar su cabeza. Quizás la luminosidad de la mañana estuviera jugándome una mala pasada, pero podría jurar que era el hueso lo que se veía, no el cuero cabelludo. O quizás, este era tan fino y estaba tan pegado que podía ver con claridad las placas óseas y las suturas entre éstas. Era un cráneo, como el de la calavera que teníamos en el laboratorio de biología del colegio. Lo diferente eran los mechones de pelo: largo, descolorido y apelotonado, que le pendían como una rasta mal hecha e inmunda.
Caí en la cuenta de que me había paralizado. Estaba inmóvil en la vereda, sentía mis ojos forzadamente abiertos que se cerraban involuntariamente con un tic de horror. Un sudor frío empapaba mi cara y podía sentir cómo se deslizaba por mi espalda, helándome.
El menesteroso estaba, como el perro, absorto en su tarea. Con sus dedos huesudos, rebuscaba entre las bolsas de basura. Escuchaba el ruido de las bolsas al ser rasgadas por sus uñas, como navajas. Una tras otra. El sonido me ponía la piel de gallina y me estremecía los dientes, como cuando se pasa la uña por el pizarrón. Me habría tapado los oidos con las manos, pero no quería hacer ningún movimiento que delatara mi presencia. Inhalé y fue una mala idea. El olor a basura podrida, a sangre putrefacta, el hedor de la materia fecal, me golpearon como si me hubieran asestado un golpe en la boca del estómago. No pude evitar una gran arcada.
Sin ver me di media vuelta y me alejé rápidamente. Decidí caminar hasta la parada del colectivo por la calle paralela. El olor todavía me ofuscaba el pensamiento, parecía que me seguía. Traté de respirar profundamente y pensar de una forma más racional. No era de los que se impresionan por los vagabundos.
Pero hoy mi imaginación se había disparado haciéndome sentir aterrorizado y pusilánime. Cambiar de calle por un pobre diablo que trataba de sobrevivir en un mundo miserable. Sacudí la cabeza.
Estaba demadiado ensimismado en mis pensamientos como para darme cuenta, pero mi visión periférica registró un hecho anormal: frente a mí estaban el perro y el vagabundo. Uno lamiendo la sustancia viscosa, el otro escarbando la basura. La humedad helada que bañaba mi rostro y espalda se estrelló contra mi cuerpo. Sentí como si unas tiras gigantescas de trapos hediondos apresaran mi ser, momificándome y clavándome en el suelo desparejo de la vereda. ¿Es que no me había movido? ¿No había dado vuelta la esquina? ¿Eran el mismo perro y el mismo hombre harapiento los que se encargaban de sus menesteres frente a mi?
No quise pensar, no quise ver ni oir esas uñas rasgando las bolsas, ni la lengua sorbiendo. Volví a girar sobre mis pies, que pesaban como dos anclas gigantescas, y corrí, corrí como nunca había corrido, tropezándome en la carrera con mis propias extremidades, hacia la esquina opuesta. Pero allí estaban, en la misma posición, en las mismas tareas, el perro y el vagabundo. Intenté por los cuatro puntos cardinales, aún por los cuadrantes oblícuos entre ellos. Pero todos los caminos me llevaban a ellos."Todos los caminos llevan a Roma", recordé como un imbécil.
Una única salida se presentaba ante mí: la calle. Si lograba pasar entre ellos, si ellos seguían en esa actitud absorta, profundamente concentrados en sus propias labores, si la suerte quisiera que mis pisadas se volvieran más ligeras que una pluma y mi respiración más callada que un murmullo, entonces atravesaría esa dimensión de repeticiones continuas. Podría llegar a la parada, tomar el colectivo y reunirme con mis amigos.
Como un encogido cobarde tanteé el piso de la calle. Era de tierra, todavía no habían pavimentado esa parte del barrio. Las zapatillas no me ayudarían demasiado a amortiguar mis pasos. Pero era la única opción que tenía. Contuve la respiración, imaginé que cuando pasara frente a ellos la maloliente pestilencia que los acompañaba sería demoledora. Por lo menos debía estar lo suficientemente despejado para poder correr si es que me descubrían.
Caminé despacio. Un paso. Luego otro. Inhalé apresuradamente, sin profundizar la respiración. El vaho corrompido por la suciedad se me colaba por los ojos. Unas lágrimas corrían por mis mejillas. Estaba casi a mitad de la cuadra y a mitad de la calle. Ellos seguían en lo suyo, despreocupados por el desquiciado adolescente que intentaba colarse por el medio.
Los vi, los vi, y...y temblaba. De los pies a la cabeza. No podía detener a mi cuerpo convulsionado. Todo temblaba: mi visión, mi estómago castigado por el hedor. Yo, yo temblaba.
Un sonido gigantesco. Un terremoto. Un trueno. Un no sé, algo, apabullante y descomunal retumbó detrás de mí. ¡EL COLECTIVO!
El despertador cayó de la mesa de luz, como fulminado por un rayo, mientras yo pateaba las sábanas empapadas.

Del libro "Duermevela"  de María Fernanda Rossi

domingo, 14 de abril de 2024

Cerrá los ojos y pedí un deseo

Cerrá los ojos y pedí un deseo, murmuré, tratando de ignorar el persistente rumor de la lluvia. Casi sonreí ante la ironía que suponía pedir un deseo a una estrella fugaz invisible.

Era de noche y estábamos pasando el fin de semana en la casa de campo de unos amigos de mis padres. La "adolescencia" fue excusa suficiente para aislarme sin preguntas, en la hamaca paraguaya de la galería. La lluvia caía incansable desde el mediodía. Los demás estaban jugando a las cartas, y agradecía la distracción que eso suponía; me daba tiempo a derivar en mis fantasías. El libro, que sostenía entre las manos, permanecía cerrado sobre mi pecho. Era una coartada, por si a alguien se le ocurría interrumpir mi ensimismamiento. También podría fingir estar dormido, no quería que nadie me molestara. Deseaba dejarme llevar por la deriva de mis pensamientos. Y todos: mis sueños, fantasías, deseos, convergían en ella. Increíble que un simple pronombre personal de cuatro letras tuviera tanto significado, por lo menos para mí. Ella, ella, ella...Como un batir de brisas encontradas que giraban en mi mente aletargada, despertándola al amor.
Cerrá los ojos...pedí un deseo, me recordé. Estas sensaciones nuevas desordenaban mi ser. Hasta hace poco me consideraba estructurado, racional, y ahora, admití sonriendo, quiero pedir un deseo. Es que ella es la causante de este desastroso caos que hay en mí. ¿Cómo puede algo tan suave, tímido, sutil, haber hechizado a tal punto mi vida, que ahora me concentro únicamente en ella? Y otra vez, me sobresalto ante esas cuatro letras: ella. Y de pronto dejo de respirar, porque su recuerdo viene hacia mí, irrumpiendo en mi quietud, haciéndola añicos, para convertirme en un barco sin gobierno que se encamina hipnotizado hacia ella.
Voy a cerrar los ojos y pedir un deseo, ¿por qué no? Qué más da que me hunda aún más en esta superstición, si el amor es algo tan mágico como un hechizo. Algo inexplicable. Exprimo mi mente tratando de encontrar las palabras que pongan nombre a esta emoción y algunas acuden en mi ayuda: conmoción, escalofrío, tensión, duda, explosión, abismo, paraíso, éxtasis, llanto, risa...Mis propios ojos están colmados de lágrimas, y por esas cuatro letras: ella.
Entonces, cerré los ojos y pedí un deseo. La dulzura de él me acunó. Me sumió en un duermevela de amor. Donde la brisa jugó con mi cabello mientras que las letras de "ella" se deshojaban sobre mi piel, erizándola. El poder magnético que emanaba de ese deseo vibraba en mi mente, tejiendo una melodía disonante, atormentada y dramática que se batía en duelo mortal con la suavidad de su recuerdo.

Las luces de unos faros me despertaron. Alguien más llegaba. Las ruedas del auto rodaron hasta el garage. Escuché como se abrían y cerraban las puertas y el recibimiento amistoso de los dueños de casa.
-¡Vení a saludar!- gritó mi mamá.
Todavía con la cabeza ausente fui dando tumbos. Odiaba a los recién llegados por haberme sacado tan abruptamente de mis ensueños. Otro matrimonio de la edad de mis padres se sumaba a la reunión. Genial, seguía siendo el único chico. Me seguirían dejando en paz, sumido en mi fluctuante adolescencia.
Detrás de la mujer, una silueta comenzó a dibujarse. Era apenas una sombra diminuta que venía lentamente del garage.
Conocía ese andar: indeciso, lento. Mi respiración se detuvo.
Mi corazón bailaba desenfrenado ¡Ella! Escuché que me pedían que le mostrara la casa, que la llevara a caminar ahora que la lluvia había cesado, y...no sé qué más. Estaba sordo, mis latidos tronaban dentro de mí. ¿Es que acaso nadie más se daba cuenta?

Ella miraba al suelo. Yo, a ella. Intentábamos caminar, respirar. La noche ocultaba el rubor, pero su calma permitía escuchar nuestros latidos desacompasados que bramaban como truenos. Nuestros pies elegían su camino ya que el cerebro estaba desconectado. Girábamos por el patio como marionetas, con la vergüenza como titiritero. No nos dirigíamos la palabra. Alguien en la casa nos sugirió que fuéramos a ver que les pasaba a los caballos, relinchaban sin cesar. "¡Lleven paraguas!", recomendaron.
Lentamente nos encaminamos hacia el establo. Yo seguía mirándola, como quien mira a un dios. Adorándola, alabándola en el silencio solemne que nos rodeaba. Con la timidez pesándole en sus hombros, alzó la vista hacia mí. Pude ver que su razón estaba tan turbada como la mía, y esa certidumbre me desarmó.
Mis manos se movieron solas, abriendo el paraguas y protegiéndonos de la lluvia que ahora caía copiosamente. Mis ojos, al igual que mis sentidos, no podían apartarse de ella. Memorizaba cada movimiento de su rostro: las cejas contraídas, marcando un surco sobre su mirada profunda; sus ojos desmesurados, abiertos hacia mí; la nariz pequeña, graciosa, con una inquietante gota de lluvia que desafiaba la gravedad; las mejillas que llameaban al compás de su rubor. Su pelo mojado, que caía lánguido sobre sus hombros, mientras un mechón rebelde se amoldaba al contorno suave de su cuello.
Dejé para el último sus labios, no quería mirarlos. Intuía el poder de atracción que tendrían sobre mí. No me equivoqué. Todo se desvaneció: la lluvia, el establo, el relincho de los caballos, la algarabía del juego que entretenía a nuestros padres. Sus labios suaves se abrían levemente a escasos centímetros de los míos.
Una de mis manos tomó el mechón que reposaba en su cuello y pude sentir cómo se le detenía la respiración ante mi roce. Con suavidad acaricié su rostro, aturdiéndome con la sensación de felicidad que ese contacto provocaba. Sus ojos enormes brillaban expectantes, una invitación a acercarme aún más. Podía entender el choque de deseos en ella, porque me pasaba lo mismo. Querer más, querer todo, pero a la vez, no querer. Y desear estar así para siempre, cerca de ella con su piel de algodón estremecida, sus ojos intensos apresando los míos y sus labios de miel entreabiertos.
Deslicé las yemas de mis dedos hasta su nuca. Ella ladeó su cabeza para recostarla sobre mi mano. Una sensación de vértigo recorrió mi estómago mientras nuestros labios se acercaban.

Abrí los ojos, regodeándome aún en el deseo. La tarde llegaba a su fin. Seguía recostado en la hamaca de la galería colmada de flores multicolores. Luego de la lluvia, el dulce perfume de rosas y jazmines, embriagaba. El cielo se desangraba en capas de mágicos colores ante mis ojos enamorados.
Una brisa, suave y placentera, jugaba con mi pelo. Ella. Yo. Nuestro primer beso, una estrella fugaz cruzando nuestro firmamento.

Cerrá los ojos y pedí un deseo, murmuré.


De "Duermevela", María Fernanda Rossi.

domingo, 7 de abril de 2024

Sueño

Me desperté sobresaltado y confuso. Intenté calmar el alocado latido del corazón que galopaba desenfrenado hacia afuera del pecho. La sangre estallaba contra las paredes venosas, y sentía como la sien golpeaba contra la sábana que ocultaba mi rostro. La respiración se me entrecortaba por el poco oxígeno que quedaba bajo la tela, pero pensar en apartarla me causaba un profundo terror. Agucé mis oídos tratando de oír algo. Un indicio sobre aquello que me había despertado. La noche estaba profundamente callada. Ningún sonido se escuchaba y ese silencio me horrorizaba. Mi habitación balconeaba a una concurrida avenida, donde el permanente zumbar de los vehículos era mi constante arrullo y las estruendosas bocinas de los grandes camiones era la causante de numerosas imprecaciones. Ni siquiera una sirena, el edificio estaba rodeado de hospitales y no muy lejos estaba el cuartel de bomberos. 
Un silencio vacío y hueco, colmaba mi dormitorio. Tanto, que podría haber escuchado el sonido de un alfiler rebotando sobre el piso de madera. Entonces me acordé del antiguo piso de parqué, cómo crujía noche tras noche mientras el descenso nocturno de temperatura lo obligaba a contraerse. Y recordé mis primeras noches en este cuarto, cuando creía que alguien caminaba por él. Sin embargo, esta noche, el piso también había enmudecido. Buceé a tientas, dentro del bullente mutismo, algún sonido… cualquiera. Entonces escuché, imperceptible y sofocado, el murmullo de una respiración. Era tan etérea que parecía una creación de mi mente, pero allí estaba, escabulléndose entre medio del plasma del silencio. Tan real como fantástica, estruendosa en el sigilo de la noche. Estaba paralizado, concentrado hasta la última de mis terminales nerviosas en esa respiración. En su cadencia arrítmica, desacompasada. Sabía que debía mirar, pero no podía. Todos mis sentidos estaban presos de ese sonido inasequible e inmaterial. Mi piel no tardó en unirse a mis sentidos exaltados. Se erizaba bajo la sábana ante cada exhalación, electrizándome. Era desconcertante este inmóvil frenesí. Podía sentir cómo mi cuerpo se amoldaba al colchón y la levedad de la sábana presionando contra mi piel. Imprevistamente, la respiración ganó solidez, materializándose en el silencio. Pude sentirla y mis nervios florecieron ante su roce, desgarrándose y destrozando mi cordura. Quise gritar, pedir piedad, que el bramido que oprimía mi pecho detonara el silencio y la oscuridad. Pero no podía moverme, estaba estancado, suspendido en esta nada. En este agujero negro en que se había convertido mi noche. Mientras mis oídos se abrían escuchando la leve respiración y mi piel ardía ante el roce fortuito de ella, entorné apenas mis ojos. La oscuridad era abrumadora, tan espesa que asfixiaba. Quizás sería el aire enrarecido bajo la sábana lo que me hacía percibir las cosas de un modo tan estresante, pero aún seguía inmóvil e incapaz de apartarla. De a poco mis ojos se fueron adaptando a la oscuridad, y me sentí desorientado otra vez.
 Habitualmente, la avenida a la que daba mi ventana estaba profusamente iluminada. ¿Acaso no me quejaba constantemente de que su luz incandescente no me dejaba dormir? ¿Y los carteles que ostentaba el edificio del frente, titilando noche tras noche, perturbando la quietud de mi cuarto? ¿Dónde estaban hoy las luces? Mis ojos no podían asir la negrura, sólo las sábanas, contagiadas de azabache, daban un espectro a que aferrarse. Como a los oídos, exigí a mis ojos el máximo de los esfuerzos. Los entorné un poco zambulléndolos en el oscuro mar que me rodeaba. ¿Cómo delimitar visualmente un campo vacío, un entorno nulo de cosas? Hasta la sábana, sensitivamente tangible, se volvía traslúcida e invisible, un elemento más del vacío que me extraviaba. Pero la respiración seguía allí, debía averiguar su procedencia.
Exhorté a mi mano a desplazarse y retirar lentamente la sábana. Temblaba tanto que la tela se ondulaba al contacto. Sentí la brisa vivificante de aire puro desplazarse por mi pelo, por la frente que aún latía al ritmo alocado del torrente sanguíneo. Llegó a mis ojos y me obligué a bajarla aún más, hasta la nariz, pensando que el aire cargado de oxígeno despejaría mi mente, alejando la farsa que me alucinaba. Pero los ojos seguían ciegos ante la cerrazón que me había arrojado esa noche lóbrega. Nadé una vez más en el mar de tinieblas que inundaba la habitación, buscando el origen de aquella irregular respiración que azuzaba mis sentidos, para asir la génesis de mi pesadilla.
Un destello, dentro del cosmos oscuro, llamó mi atención. Débil, ante el choque de sensaciones que sacudían mi cuerpo, me incorporé en la cama. El terror jugaba una pulseada con la curiosidad. Mis pies se movían torpes, como no queriendo llegar hacia aquello que me atraía inexorablemente. Espanto, sobresalto, ansiedad, expectativa, aprensión, se sucedían dejándome blando ante tanta adrenalina acumulada. Y en el maremagno de la situación en que me hallaba, entendí que la fuente de aquella luminosidad era el espejo que colgaba de mi pared. Brillaba, sí, pero ¿de dónde procedía esa claridad, si todo lo que me rodeaba estaba a oscuras?
A tientas, como quien espera pisar brazas ardientes o piedras afiladas, me desplacé hasta el foco luminoso. La intensidad de su luz me deslumbró. Todo estaba allí: la claridad iridiscente de las luminarias, el ruido atronador de autos, sirenas, bocinas, hasta la brisa que se colaba por mi ventana entreabierta saturando mi cuarto de aire contaminado. No podía dar crédito a lo que descubrían mis sentidos, quienes deambulaban entre aquellos detalles cotidianos. Mis ojos se detuvieron en el centro mismo de la habitación que me mostraba el espejo. En mi cama, tapado íntegramente con la sábana, respirando entrecortadamente por causa de la pesadilla, me vi. Otros destellos volvieron a llamar mi atención. En cada pared, aún en el piso y en el techo, pude ver un espejo igual al que yo me asomaba. Mi cara se repetía en cada uno de ellos, con el mismo estupor y el mismo grito ahogado en mis labios dormidos.

De “Duermevela”. María Fernanda Rossi