La mañana, luminosa y con cielo despejado, prometía un día a pleno sol. Serían alrededor de las siete, no había nadie en las calles. También, ¿quién, en su sano juicio, caminaría a estas horas un día domingo y encima víspera de fin de año? No, la mayoría de la gente - los cuerdos- estarían durmiendo a pierna suelta para poder trasnochar tranquilos. Me había opuesto a esta idea, pero no quisieron escuchar. "El último partido del año", dijeron, como si esta noche, cuando la sirena anuncie que estamos en el año nuevo, se acabara el mundo. Simples formalismos. El tiempo es lo más relativo que conocí en mi vida. Mientras estamos brindando por el próspero año que llega, hay gente en otro lado del mundo que ya está durmiendo, hace rato, en el año próximo, que ya dejó de serlo para nosotros pero lo sigue siendo para otra gente que todavía no atravesó la barrera de las doce.
Estaba aún dormido como para rezongar demasiado.Pero lo más probable es que fuese el primero en llegar. Siempre me pasaba lo mismo, maldita puntualidad, pero así me había acostumbrado. Prefería ser el que esperaba a ser el esperado.
La calle, como ya lo había notado, estaba desierta. Ni siquiera los pájaros que normalmente me aturdían cuando madrugaba para ir al colegio estaban hoy interrumpiendo el silencio con sus trinos. El colectivo tampoco había pasado, pero como hoy era domingo seguro que tendría frecuencia reducida. Por eso me había levantado temprano.
Me faltaban dos cuadras para llegar a la parada cuando me topé con un perro. Pobre, estaba tan destartalado que me causaba lástima y también repulsión. Echado sobre uno de sus costados, trataba de rascarse lo que alguna vez habría sido el rabo. Las costillas sobresalían de su piel apergaminada, como un relieve montañoso. El cuero era de color arena y lo exhibía sin los pelos habituales. Éstos colgaban en manojos pegajosos, mezcla de barro y basura. Se veían manchas rosadas con escamas blancuzcas por su cuerpo, como el salitre de las paredes, y supe de inmediato qué significaba: sarna. Las orejas las tenía pegadas contra su cabeza y parecía como si nunca se fueran a despegar. Mi proximidad ni lo inmutó, me alegré ya que no quería que se me acercara, siempre fui bastante aprensivo.
Cuando estuve un poco más cerca, me di cuenta de que se lamía una herida de la que brotaba bastante sangre, una sangre demadiado negra y viscosa para que fuera fresca. Entonces comprendí que ese perro estaba muy enfermo, quizás en los últimos momentos de su vida, y la pena por el animal volvió. No fue hasta que estuve más cerca cuando noté el charco sobre el que estaba echado. Era un líquido casi gelatinoso, una mezcla de colores asquerosos: marrones, verdes opacos y rojo óxido. Él lamía ese líquido. Tuve arcadas. Por suerte no había desayunado aún.
Quería alejarme lo más rápidamente posible, pero no quería correr. Quizás entre sus muchas enfermedades tuviera rabia. Hasta ahora parecía no haber notado mi presencia. Faltaban unos pocos pasos para pasarlo, menos mal que estaba en la vereda del frente. Traté de hacer el menor ruido posible.
Con tanta concentración hacia el animal, no había visto al mendigo que husmeaba en la basura, en la misma vereda por la que yo caminaba, a escasos pasos de mí. Los harapos que vestía se parecían notablemente a los colgajos de pelo que ostentaba el perro. Estaban desgarrados, apelmazados en jirones repulsivos de barro y basura, como el animal. Tan deshilachados estaban sus ropajes que dejaban entrever la piel y, como emulando al perro, se veían las rodillas huesudas, con la piel como pellejo contorneando su esqueleto. Un pellejo tan lleno de sarna como, sin lugar a dudas, su mascota. Pero lo más escalofriante de todo era contemplar su cabeza. Quizás la luminosidad de la mañana estuviera jugándome una mala pasada, pero podría jurar que era el hueso lo que se veía, no el cuero cabelludo. O quizás, este era tan fino y estaba tan pegado que podía ver con claridad las placas óseas y las suturas entre éstas. Era un cráneo, como el de la calavera que teníamos en el laboratorio de biología del colegio. Lo diferente eran los mechones de pelo: largo, descolorido y apelotonado, que le pendían como una rasta mal hecha e inmunda.
Caí en la cuenta de que me había paralizado. Estaba inmóvil en la vereda, sentía mis ojos forzadamente abiertos que se cerraban involuntariamente con un tic de horror. Un sudor frío empapaba mi cara y podía sentir cómo se deslizaba por mi espalda, helándome.
El menesteroso estaba, como el perro, absorto en su tarea. Con sus dedos huesudos, rebuscaba entre las bolsas de basura. Escuchaba el ruido de las bolsas al ser rasgadas por sus uñas, como navajas. Una tras otra. El sonido me ponía la piel de gallina y me estremecía los dientes, como cuando se pasa la uña por el pizarrón. Me habría tapado los oidos con las manos, pero no quería hacer ningún movimiento que delatara mi presencia. Inhalé y fue una mala idea. El olor a basura podrida, a sangre putrefacta, el hedor de la materia fecal, me golpearon como si me hubieran asestado un golpe en la boca del estómago. No pude evitar una gran arcada.
Sin ver me di media vuelta y me alejé rápidamente. Decidí caminar hasta la parada del colectivo por la calle paralela. El olor todavía me ofuscaba el pensamiento, parecía que me seguía. Traté de respirar profundamente y pensar de una forma más racional. No era de los que se impresionan por los vagabundos.
Pero hoy mi imaginación se había disparado haciéndome sentir aterrorizado y pusilánime. Cambiar de calle por un pobre diablo que trataba de sobrevivir en un mundo miserable. Sacudí la cabeza.
Estaba demadiado ensimismado en mis pensamientos como para darme cuenta, pero mi visión periférica registró un hecho anormal: frente a mí estaban el perro y el vagabundo. Uno lamiendo la sustancia viscosa, el otro escarbando la basura. La humedad helada que bañaba mi rostro y espalda se estrelló contra mi cuerpo. Sentí como si unas tiras gigantescas de trapos hediondos apresaran mi ser, momificándome y clavándome en el suelo desparejo de la vereda. ¿Es que no me había movido? ¿No había dado vuelta la esquina? ¿Eran el mismo perro y el mismo hombre harapiento los que se encargaban de sus menesteres frente a mi?
No quise pensar, no quise ver ni oir esas uñas rasgando las bolsas, ni la lengua sorbiendo. Volví a girar sobre mis pies, que pesaban como dos anclas gigantescas, y corrí, corrí como nunca había corrido, tropezándome en la carrera con mis propias extremidades, hacia la esquina opuesta. Pero allí estaban, en la misma posición, en las mismas tareas, el perro y el vagabundo. Intenté por los cuatro puntos cardinales, aún por los cuadrantes oblícuos entre ellos. Pero todos los caminos me llevaban a ellos."Todos los caminos llevan a Roma", recordé como un imbécil.
Una única salida se presentaba ante mí: la calle. Si lograba pasar entre ellos, si ellos seguían en esa actitud absorta, profundamente concentrados en sus propias labores, si la suerte quisiera que mis pisadas se volvieran más ligeras que una pluma y mi respiración más callada que un murmullo, entonces atravesaría esa dimensión de repeticiones continuas. Podría llegar a la parada, tomar el colectivo y reunirme con mis amigos.
Como un encogido cobarde tanteé el piso de la calle. Era de tierra, todavía no habían pavimentado esa parte del barrio. Las zapatillas no me ayudarían demasiado a amortiguar mis pasos. Pero era la única opción que tenía. Contuve la respiración, imaginé que cuando pasara frente a ellos la maloliente pestilencia que los acompañaba sería demoledora. Por lo menos debía estar lo suficientemente despejado para poder correr si es que me descubrían.
Caminé despacio. Un paso. Luego otro. Inhalé apresuradamente, sin profundizar la respiración. El vaho corrompido por la suciedad se me colaba por los ojos. Unas lágrimas corrían por mis mejillas. Estaba casi a mitad de la cuadra y a mitad de la calle. Ellos seguían en lo suyo, despreocupados por el desquiciado adolescente que intentaba colarse por el medio.
Los vi, los vi, y...y temblaba. De los pies a la cabeza. No podía detener a mi cuerpo convulsionado. Todo temblaba: mi visión, mi estómago castigado por el hedor. Yo, yo temblaba.
Un sonido gigantesco. Un terremoto. Un trueno. Un no sé, algo, apabullante y descomunal retumbó detrás de mí. ¡EL COLECTIVO!
El despertador cayó de la mesa de luz, como fulminado por un rayo, mientras yo pateaba las sábanas empapadas.
Del libro "Duermevela" de María Fernanda Rossi