domingo, 31 de marzo de 2024

En algún momento de esta noche

Todavía me pregunto por qué acepté venir a esta fiesta. Tenía planeada una noche tranquila en casa, sin hacer nada en especial. Ver alguna película, o chatear por la compu. Pero los chicos insistieron tanto. Me pregunto para qué. Ahí están, bailando y compitiendo por las chicas más lindas. Mientras yo estoy a solas con Mariana. No es que me queje, es muy linda, pero no se condice con la idea de pasar una noche entre amigos.
Me aparté un poco, le dije a Mariana que iba a buscar algo para tomar. Su mirada de desencanto fue suficiente para saber que ella intuía que no volvería. Realmente pensaba llevarle un vaso, lo cortés no quita lo valiente. Pero me distraje al escuchar el alboroto. Me pregunto qué habrá pasado. Ah, es la bandita de los inadaptados de siempre., esos que amagan, pero al final se van la cola entre las patas, cuando los encargados “pesos pesados” los echan sacudiéndolos como trapos y le prohíben la entrada a la próxima fiesta. Siempre vuelven.
No sé cómo, pero quedé demasiado cerca del lío, y la cosa promete excederse esta vez. Un chico acusa a uno de los encapuchados, porque les gusta ponerse un buzo con capucha a pesar del calor que hace, de venir armado.
¡Qué confusión! No hacen más que empujar y gritar. Tanto que me siento atontado ¡Pero bueno! Esto es el colmo, no sé contra qué me golpeé. Mejor me voy. Veo a los chicos que siguen bailando a lo lejos y por más que levanto los brazos y la voz: “¡Me voy! ¡Adiós!”, no me escuchan. Manga de sordos, bailan ajenos al desbande.

El barrio está casi desierto. No me entusiasma caminar a estas horas solo, pero mi casa queda cerca. Qué rara es la gente que anda en la calle cuando la noche cae. Hasta ahora no me había fijado. Parecen absortos en su propio mundo. Andan con la cabeza gacha y los ojos perdidos en sus pensamientos, como si estuvieran mirando hacia adentro. Me pregunto qué cara tendré yo, pero no creo que reparen en mí. Es un milagro que no se choquen entre ellos. A pesar de caminar a paso vivo y con las manos en los bolsillos, siento frío. La noche se está volviendo gélida, sorprendentemente helada, considerando que es una noche de verano con la luna llena ocupando medio cielo. Pero el frío se va apoderando gradualmente de mi cuerpo. Estaba por echar a correr el trecho que me quedaba, cuando reparé que alguien me miraba.
Entre los pocos ambulantes nocturnos que vagaban en la noche, taciturnos y aletargados, ella me miraba con interés. Su rostro, pequeño y armonioso, lo tenía girado hacia mí. Su cuerpo, lánguido y desgarbado, se apoyaba indolente contra un bajo muro de piedra. Una sonrisa traviesa jugueteaba entre sus labios, carnosos y rojos, como una pequeña manzana jugosa. Su mirada era severa y divertida a la vez, con un dejo de fastidio. En sus ojos se leía claramente el reproche, como si la hubiera hecho esperar por largo tiempo y por fin llegara a la cita.
Conforme me acercaba me tendió su mano pequeña y una de sus cejas se alzó al ver mi confusión. Quise preguntarle “¿nos conocemos?”, pero no quería romper ese silencio mágico. La observé descaradamente, evaluándola. No era más alta ni más grande que yo. Vestía como una típica adolescente: jeans, zapatillas con pequeños dibujos y una remera sencilla que marcaba muy bien su figura. Su pelo, ondulado levemente. Le caía despreocupadamente hasta la cintura. Todo: su cuerpo, su rostro, su pelo, estaba perfectamente equilibrado. Ella era perfecta. Ni siquiera consideré que clase de chica sería, ya que estaba sola en medio de la noche esperando a alguien. Sentía urgencia por tomar la mano que me tendía.
Un recuerdo: el de mis padres esperando en casa, me hizo entrar en razón. Y con una mirada de disculpa la dejé. Esperaba volver a verla. Su boca se frunció en un puchero, marcando los hoyuelos de sus mejillas. Pero sus ojos no perdieron la mirada traviesa y juguetona, una promesa de que pronto nos volveríamos a ver.
Me alejé flotando en el aire perfumado de la noche. Soñando despierto con eses labios dulces y tiernos que me sonreían. No tengo idea de cómo llegué a mi casa, o cómo abrí la puerta y subí los escalones que llevaban hasta mi dormitorio. Ni siquiera me molesté en ponerme el pijama. Su recuerdo llenaba toda mi mente. Vestido, me dejé caer sobre la cama, sin cubrirme siquiera con la colcha a pesar del frío. Quizás estuviera por engriparme, pero no me importaba ahora. Seguía flotando en su recuerdo, naufragando en su mirada pícara que me había hechizado. La evocaba entre el placer y el dolor, recriminándome por haberla dejado. Echándome en cara no haber tomado su mano pequeña, imaginando lo cálida que sería. Fantaseé con encontrarla nuevamente, lo que le diría y lo que no. Divagué en el placer de tomar sus manos, acariciar su rostro deteniéndome en los tentadores hoyuelos que formaba su sonrisa, besar sus labios carnosos mientras la sujetaba fuertemente contra mí. Deliré en la sensualidad que emanaba su cuerpo.
Un sonido llamó mi atención. Era tenue, casi inexistente. Como una lluvia tímida que golpeaba contra mi ventana. Como no cesaba, me levanté enfadado. De un tirón descorrí las cortinas. En la vereda, entre los lapachos que mi mamá había plantado hacía algunos años, esta ella. Divertida, arrojaba pequeños puñados de tierra hacia mí. Cuando me descubrió, su sonrisa se ensanchó. Parecía que le ocupaba todo el rostro, mostrando los hoyuelos que habían trastocado mi razón. Y la necesidad que tenía de ella se intensificó. No e importaba qué tipo de chica era, ni lo que dirían mis padres. Abrí mis ventanas para decirle que bajaría por ella, pero me hizo señas que subiría. Trepó ágilmente por la medianera y se sujetó a mi brazo para entrar en el dormitorio. Estaba demasiado conmocionado para reflexionar, pero el roce frío de sus manos me confirmó que no era el único que sentía la noche gélida.
No podía hablar. Sentía mi cuerpo torpe, duro. Ella volvió a tenderme su mano, pero la agitación que se había apoderado de mí no me permitía moverme. Con suavidad me llevó hasta la cama, empujándome sutilmente por la espalda. Con torpeza me senté al borde. No cabía en mi mente que ella estuviera aquí. Me sentía sobrepasado, superado en mis sensaciones. Porque el entumecimiento era físico. Mis sentidos se habían desplegado, abriéndose como un abanico y su vaivén me convertía en un juguete de la marea, donde ella era la luna que lo regía.
Sentí su roce como un despojo, como sentiría una flor al ser deshojada. Me miraba en esa mirada suya, pícara e hipnótica, que me volvió etéreo, sin sustancia, incorpóreo. No hablamos, pero percibí sus sordos suspiros, su respiración acompasada, rítmica.
Ante aquella mirada y su proximidad, mis sentidos se potenciaron, expandiendo aún más sus alas. Ya no sentía su cuerpo o el mío, solo su roce sugestivo. Su boca se acercó a la mía, exhalando un penetrante aroma a flores. Y cuando nuestros labios se fundieron en un beso, mi ser se llenó de sabores familiares, provocándome la confusa sensación de querer llorar.
Podía percibirla. Apreciar su silueta sinuosa. Advertir la complicidad de una sonrisa jugueteando entre sus pequeños y jugosos labios. Entrever su mirada graciosa, retozando entre mis sentidos asombrados. Pero yo no podía sentirme. Estaba perdido en el mar de las sensaciones. Me intuía como un ser informe, sin principio ni final. Ya no sentía frío, pero tampoco calor. No era capaz de pensar, solamente sentirla a ella.
Por tercera vez me ofreció su mano y esta vez quise tomarla. La miré esperando que comprendiera el caos en que me hallaba. En el torrente de emociones que asaltaban mi ser había perdido las manos. En realidad, no encontraba ninguna parte de mi cuerpo. Elevando otra vez una de sus cejas, como reprochándome por ser tan descuidado, deslizó lentamente su mano pequeña por donde debería estar mi brazo. Un hielo abrazador lo recorrió con ella, mientras percibía mi brazo, el corpóreo, rígido y helado. Llegamos hasta la mano, y a pesar de la rigidez que me dominaba, pude abrir los dedos para entrelazarlos con los de ella.
La tristeza me abrumó. ¿Qué pasó? ¿Cuándo pasó? ¿En qué momento de la noche me perdí, hundiéndome en esta irreparable soledad? ¿Cuándo dejé de no ser, convirtiéndome en esta nada sin sentido?
Rememoré esta noche, que sería eterna, y entonces comprendí el penetrante olor de las flores, mis ganas de llorar al evocar aquellos sabores que me sabían a infancia y hogar. Los puñados de tierra cayendo sutilmente hacia mí.
En algún momento de esta noche recordé a mis padres y les dije adiós a mis amigos.
Porque en algún momento de esta noche, voluptuosa y llena de sensaciones, morí.

Duermevela. María Fernanda Rossi. 


domingo, 24 de marzo de 2024

Manos


La película que mostraba el viejo televisor era malísima. Mi interés por tratar de encontrarle algún sentido a ese grupo de personas que gritaban, luchando por escapar de algún monstruo de leyenda, había decaído. Miré por la ventana del colectivo, estaba tan oscuro que no se veía nada. Las gotas de la lluvia que caía copiosamente marcaban un movimiento oblicuo en el vidrio. El viaje se estiraba como chicle, o quizás, era mi ansiedad por llegar la culpable de que el reloj se hubiera detenido. La luz intermitente y veloz de los vehículos que circulaban en dirección contraria mostraba el paso del tiempo. La humedad de la calefacción se condensaba en las ventanillas. Tanto, que parecía que la lluvia también caía adentro.
Mi mente vagaba perezosamente entre los límites de la conciencia, llevándome hacia un estado de irrealidad. Como en un documental, imágenes incoherentes arrastraban mi atención adormilada, en una especie de oleaje subconsciente. De un día soleado, riéndome como loco mientras mi abuelo empujaba la hamaca, pasaba a una noche cerrada de tormenta y viento ululante, tratando de mantener fijo el rumbo de mi velero. Inconexos, desorganizados, poco a poco los recuerdos perdieron fuerza. Se desdibujaron hasta convertirse en un manchón de colores inacabados.
Me encontraba al borde mismo del abismo del sueño, casi cayendo en su inconsciencia cuando la vi. Al principio se me antojó surrealista, otro absurdo borrón de mi mente. Una reminiscencia de algo, algo que no podía recordar.
La impresión podría haberme despertado. Tendría que haberme despertado. Sentía mis nervios tensos, como cuerdas. Percibía claramente el flujo enloquecido de la adrenalina. Mi corazón me taladraba los oídos. Sin embargo, no podía despertar. Seguía cayendo. Ya no con la amable ternura de un arrullo de cuna, sino con la fuerza titánica de la gravedad.
Una huella perfilada entre la humedad del vidrio captaba mi atención. Todo giraba vertiginosamente a su alrededor tironeándome hacia la hondura de mi inconsciencia. No tenía fuerza para no caer, ni un resquicio donde sujetarme. Una mano, la que podía sospecharse entre los vahos del vidrio, me tenía sujeto y me arrastraba hacia la locura.
“Todo estaba listo. Cada uno en su sitio…”
Nos habíamos asegurado de investigar a fondo para no fallar. Los nervios iniciales, donde la duda nos había llevado al fracaso de un acuerdo entre los participantes, habían quedado atrás. En nuestras caras se leía la determinación, mientras que nuestros ojos centelleaban de curiosidad. Estábamos sentados ante la mesa redonda de la cocina de mi casa. Un puñado de casi adolescentes, mi primo que era el mayor no había cumplido todavía los dieciséis. Al comienzo de las vacaciones de aquel verano, habíamos formado un grupo de amigos, entre vecinos y parientes. Nos reuníamos durante el día a jugar a la pelota y por la noche comíamos pizza mientras competíamos en cualquier juego de mesa.
Una noche, alguien deslizó la palabra “guija”. No pudimos ponernos de acuerdo, y esa fue la causa de que el grupo se disolviera. Sólo cuatro de nosotros seguimos adelante con las reuniones nocturnas. La excitación y el miedo comandaban nuestras vidas en esa época. Las ganas de experimentar cosas nuevas nos hacían osados a la hora de actuar. Por eso, cuando nuestros mayores se enteraron y nos lo prohibieron terminantemente, la situación se volvió prioritariamente insoportable.
Buscamos todos los detalles del juego llamado guija o juego de la copa, como también se lo conocía. Servía para comunicarse con los muertos, pero ninguno de nosotros tenía un muerto conocido a quien contactar. A los pocos días vimos una ambulancia en el barrio. Un pobre viejo que vivía bajo el árbol de la plaza, como parte misma de ella ya que nadie recordaba desde cuándo se encontraba allí, había muerto. Ahora teníamos al muerto, pero éramos reacios a contactarlo. Lo conocíamos por su carácter irascible. Le teníamos miedo. Ahora que se había convertido en un espíritu, ¿de verdad queríamos llamarlo? Todos dudábamos, pocos se atrevían a decirlo en voz alta.
Tratamos de buscar otro muerto, hasta fuimos al cementerio. Muchas tumbas, pero nadie conocido.
Al final decidimos no buscar a nadie en particular. Pensamos que habría algún muerto con ganas de comunicarse con nosotros. Incluso fantaseamos con lo que haríamos con la información que los muertos nos brindarían.
El tablero fue el primer problema al que nos enfrentamos. Lo fabricamos inventando ya que nadie nos quiso decir cómo era. Al principio usamos una hoja de carpeta. Demasiado chico. La copa, una de licor que le habíamos sacado a escondidas a mi abuela, abarcaba tres letras a la vez.
Después empezamos a poner palabras cortas: sí, no, noche, día, suerte, amor, salud. Algunos querían agregar otras, como muerte, accidente, enfermedad; pero no, decidimos que era mejor no saber. Ni siquiera aceptamos escribir la palabra “locura”.
Después de unos días nuestra guija estaba lista. Un rectángulo de madera que encontramos tirado, con números y letras grandes pintados con témpera negra, nos serviría para nuestra charla con el más allá.
Nos faltaba encontrar la noche adecuada. Nada fácil. Nuestros padres sabían que traíamos algo entre manos y era muy raro que nos quedáramos a solas.

Ese día había llovido desde temprano, anegando la plaza. Los truenos y relámpagos nos habían impedido ver la tele. A la tarde, casi noche, nuestros padres se reunieron en mi casa y se fueron. Había una reunión vecinal por los desagües pluviales del barrio. Todos nos miramos: la noche tan esperada había llegado.
“Todo estaba listo. Cada uno en su sitio…”
Empezamos a hacer preguntas, todos juntos, desordenados. Con las voces aflautadas por la emoción de usar nuestra guija por primera vez. El terror de que nuestros padres nos descubrieran haciéndolo y la expectativa de ver cómo se movería la copa, nos habían puesto frenéticos. Nada pasó. Preguntamos y re preguntamos. Casi quebramos la copa tratando de que se moviera. La desilusión y la rabia por el fracaso se vieron interrumpidas por el regreso de los mayores.
Escuchamos la charla entretenida de los grandes, regresando con la cena, y guardamos el tablero. Nuestras caras largas las atribuyeron a todo un día de hastío. Mientras cenábamos se cortó la luz, así que mis amigos se quedaron a dormir en casa. Los mayores pensaron que eso, una fiesta de pijamas, sería lo más adecuado para levantarnos el ánimo. No se equivocaron.
El armado de las camas a la luz de las velas, las guerras de almohadones y los chistes macabros nos alegraron la noche. Hasta nos hicieron olvidar del tablero que estaba escondido bajo el sofá del living. Nos fuimos a dormir con la risa aun sacudiendo los estómagos satisfechos.

El sonido de la lluvia golpeando las ventanas me despertó. Medio dormido me incorporé para darme vuelta, cuando vi a mi primo sentado muy derecho en su colchón, mirando fijamente hacia la ventana del living que se distinguía desde la puerta abierta de mi dormitorio. Seguí la trayectoria de su mirada y observé la huella de una mano en el vidrio. “Se mueve” fue lo único que dijo. Su voz despertó a los otros chicos, quienes se sentaron observando la ventana igual que nosotros. Lo único que se oía era el rítmico golpetear de las gotitas: en el vidrio, en la tierra, en el techo. Otra mano siguió a la primera dejando también su huella. Y luego siguieron otras. Las había grandes y pequeñas. Seguían un camino, avanzaban hacia una dirección predecible.
De las ventanas pasaron a las cortinas, de allí poblaron las paredes; las veíamos al trasluz, acariciando las manchas de humedad. No tenían prisa, una lentitud sobrenatural las movía. La primera mano, inconfundible por su huella plena, las guiaba. Lentamente y sin pausa, llegaron a su objetivo.
El sillón se llenó de manos, que se sacudían inquietas, esperando. Nosotros también esperábamos, petrificados. Cuando la primera mano desapareció bajo el sofá, escuchamos el suave deslizar de la copa. El sonido era intermitente: movimiento, pausa, movimiento, pausa…
Cuando el silencio se alargó, inundándonos de nada, la mano reapareció.

“Creímos estar listos. Creímos ocupar nuestro sitio…”
Vimos con horror la huella que la mano dejaba en el suelo de madera. Su movimiento se acompasaba con mi corazón, o quizás era al revés. Se desplazó a la derecha y luego a la izquierda. Titubeando. La próxima huella buscó a mi primo. De nada sirvió que tratara de esquivarla, ella lo aferró volviéndose corpórea. El resto de las manos vinieron por nosotros.
Fui el único rápido. Nunca pude explicar lo sucedido, el grito que salió de mi garganta desgarró mis cuerdas vocales, dejándome mudo. El resto se sumió en una locura sin sentido.
A partir de ese día las manos me buscaron. Las entreveía en los pasillos, acechando en las esquinas, inquietas en los sillones. Pero yo me escondía. Evitaba la humedad de las paredes, los pisos de madera, la lluvia golpeando en los vidrios…Hasta que un día dejaron de venir y yo me olvidé.
Hasta hoy.

domingo, 17 de marzo de 2024

Rayo de luna

La noche esta apacible. Una brisa suave se cuela por la ventana entreabierta refrescando el calor agobiante de la habitación. El murmullo tranquilo de la noche se me antoja arrullo de cuna. La luna luce inmensa, mostrándose llena y voluptuosa, irrumpiendo con su luz la negrura de la noche.
Todo invita a un descanso placentero, a tener esa clase de sueños donde uno corre por un prado con flores multicolores y los rayos del sol acarician delicadamente nuestra piel. Pero yo no puedo. No esta noche. No con esta luna inmensa y sus rayos despedazando sin piedad el contorno de mi ventana entreabierta.

Desde chico, mi lugar favorito fue el dique. Me gustaba el agua, tirar piedras para hacer sapitos, juntar renacuajos, descubrir los caracoles que se escondían entre las ramas llenas de musgos. También disfrutaba internándome en las islas de árboles frondosos a descubrir pájaros, huesos y piedras de mil colores. Imaginándome estar en las cuevas de los piratas o en mundos poblados de extraterrestres.
Ya más grande me aficioné a la pesca. Íbamos con mi papá y amigos cada fin de semana. Pasábamos horas callados, esperando el pique. Cuando no teníamos suerte y los peces parecían reacios a morder el anzuelo, la pesca se convertía en asado y truco. Trasnochándonos. Con mi amigo Martín nos entreteníamos viendo cómo los hombres adultos se mentían jugando a las cartas, haciéndose señas invisibles para nosotros y ganando o perdiendo los partidos. Aprendimos a hacer fuego, a filetear los pescados, a preparar la carnada, a pescar bocachas o mojarritas. Con paciencia nos fueron enseñando el abecé de la pesca. No había muchas reglas: no hablar cuando estábamos pescando, no cruzar las líneas, ser ordenados con los objetos de las cajas de pesca, y cosas por el estilo.
Muchas veces, a pesar de no haber pique, nos dejaban que armáramos nuestras cañas y fuéramos a la orilla a pescar solos. Se reían cuando nos veían aparecer con la cara larga y el balde vacío.
Solo había una regla inquebrantable: no se pesca con luna llena. ¿Por qué?, preguntamos mil veces; con rostros cansados nos repetían que no había pique, que los peces se escondían en aguas profundas, que se asustaban…Pero ni siquiera nos dejaban armar las cañas. Era un misterio para nosotros. Sobre todo, porque era un no rotundo y sin vueltas. Teníamos que aceptarlo y conformarnos con perseguir a los sapos gigantes: los rococos. Esa regla había existido siempre, los padres de nuestros padres y los padres de ellos, no se pesca con luna llena. Creo que nadie sabía a ciencia cierta el porqué, solo era así. Y esa regla se debía cumplir. Por supuesto que igual nos divertíamos, haciendo asado, persiguiendo rococos. Peor era no ir al dique.
Un día, uno de los pescadores del grupo llegó con un porteño. Jugaba muy bien al truco y cocinaba achuras en los asados. Pronto se incorporó al grupo de pesca. Traía un montón de anzuelos extraños y divertidos. Siempre fanfarroneaba diciendo que en el Río de la Plata los pescados eran mucho más grandes, tan grandes como tiburones. No, ¡qué va! ¡Eran como ballenas! Todos festejábamos sus chistes. Era un hombre divertidísimo. El único defecto que le encontraban los pescadores era su impaciencia. Su vocabulario cada vez que se le escapaba un pez habría horrorizado a mi Profe de Lengua, ni qué decir de mi mamá.
Fueron pasando los fines de semana. Y llegó la luna llena.
El porteño, como siempre, dejó listas las cosas para “el asado de después”, el que comíamos después de pescar. Y al verlo preparar las cañas los pescadores le dijeron la única ley inquebrantable: no se pesca con luna llena.
El porteño se dobló de risa. Tildó a los pescadores de supersticiosos. Éstos se encogieron de hombros ante la burla y le repitieron: no se pesca con luna llena.
No hubo forma de hacerlo entrar en razones. El porteño no quiso escuchar las pobres excusas de los lugareños de por qué no. Con Martín, lo vimos preparar las cosas. Los hombres ya no le prestaron atención. Cargó el bote con tres cañas, abundante carnada (a la que le puso saborizante para que atrajera más peces), el MP3 para escuchar música, gaseosa, pan, queso, salamín y un balde gigantesco. Decía que traería tantos pescados que el bote se hundiría.
Martín y yo estábamos excitados. Nuestros ojos se abrían desmesurados al ver que este hombre, con su fanfarronería y todo, desafiaba la única ley inquebrantable. Lo miramos alejarse en el bote con la ansiedad casi materializada. No podíamos esperar para ver cuántos peces traería. El porteño era buen pescador, hasta ahora nunca se había ido con las manos vacías.
Desde la orilla, podíamos escuchar la música, el ruido de las cañas al caer el agua, hasta cada mordida que daba al pan y fiambre. Nos reíamos a carcajadas cuando soltaba sus palabrotas.
Después de unas cuantas horas regresó. Como era de esperar para los mayores, no para nosotros, con el balde vacío, la música apagada y un hambre feroz. Lo miré mientras los pescadores grandes se burlaban de él. Un brillo extraño coloreaba sus ojos, casi afiebrados. Cuando le mencioné esto a mi papá, respondió que era porque no quería reconocer su derrota. Los peces y la luna habían vencido.
A la noche siguiente, la luna seguía redonda e inmensa. Amarilla en contraste con la oscuridad renegrida del cielo, los cerros y el agua del dique.
Incrédulos, vimos prepararse al porteño para la pesca. Los pescadores no lo miraron siquiera. Se llevó lo mismo que la noche anterior. Escuchamos su música, la cadencia con que recogía la línea y la volvía a tirar al agua, su lento masticar…Era raro escuchar la lentitud con que hacía todas las cosas, teniendo en cuenta la impaciencia que lo caracterizaba.
Cuando volvió, con el balde vacío, el brillo de sus ojos se había intensificado. Esta vez casi no tenía hambre. Los pescadores se burlaron de él mientras comíamos el asado, pero él no contestó. Martín era más chico que yo. Quizás por eso no se dio cuenta. Pero el porteño estaba cambiado. Otra vez pregunté, otra vez me respondieron con una sonrisa burlona: quizás el porteño se había enamorado de la luna.
A nadie le sorprendió que las noches siguientes insistiese en su pesca de luna llena. Pero yo no lo perdía de vista. Por eso fui el único que se percató de que dejó de llevar algunas cosas. Primero olvidó el pan y fiambre. Luego le siguieron la gaseosa, la carnada, hasta que se olvidó de llevar las cañas. Avisé a los pescadores y me dijeron que algunas veces es difícil para algunos asumir la derrota.
Ya la luna empezaba a desdibujarse de su círculo perfecto. Esa noche el porteño se llevó exclusivamente su música. Cuando volvió, estaban todos comiendo el asado. Le gritaron que se apurara, que se le iba a enfriar la carne, que ya no le quedaría nada para comer…Pero el porteño estaba ensimismado. Se veía su silueta encorvada trayendo el bote. Yo corrí a ayudarlo. Sus ojos ya no tenían ese halo febril, se habían apagado. Nunca vi un muerto, pero era como me imaginaba que serían los ojos de un cadáver. Oscuros, vacíos, profundos. Cuando tomé el cabo para amarrar el bote, me quedé inmóvil y asqueado. Sus manos parecían hervir. La piel burbujeaba bajo el rayo de luna, que parecía caer a plomo solamente sobre él. Desde las uñas pálidas, cadavéricas, se veía un extraño movimiento. Impropio. Inmundo. Fue entonces cuando me quedé helado, petrificado de horror en grado superlativo. De la yema de los dedos comenzaron a brotarle pequeños gusanos, cuyos ojos tenían el mismo color febril que tuvieran los ojos del porteño.
Cuando los pescadores acudieron urgidos por mis gritos, el porteño estaba casi normal.  Pude ver que sus ojos ya no eran un par, sino miles de pares que se unían para conformar la febril córnea.
A la noche siguiente no quise ir con mi papá, me quedé en casa. No me sorprendí cuando me contó el extraño episodio que había tenido lugar en el dique, en la última noche de luna llena.
El porteño se había ido en el bote, como todas las noches. Como no volvía pensaron que se había quedado dormido y lo fueron a buscar. “Lo más extraño”, dijo mi papá, “es que nadie escuchó cuando el pobre hombre se cayó al agua. Cuando la policía lacustre trajo el bote, solo estaba la radio y un montón de gusanos que nadie supo explicar de dónde habían salido”.

Del libro Duermevela
María Fernanda Rossi