Me aparté un poco, le dije a Mariana que iba a buscar algo para tomar. Su mirada de desencanto fue suficiente para saber que ella intuía que no volvería. Realmente pensaba llevarle un vaso, lo cortés no quita lo valiente. Pero me distraje al escuchar el alboroto. Me pregunto qué habrá pasado. Ah, es la bandita de los inadaptados de siempre., esos que amagan, pero al final se van la cola entre las patas, cuando los encargados “pesos pesados” los echan sacudiéndolos como trapos y le prohíben la entrada a la próxima fiesta. Siempre vuelven.
No sé cómo, pero quedé demasiado cerca del lío, y la cosa promete excederse esta vez. Un chico acusa a uno de los encapuchados, porque les gusta ponerse un buzo con capucha a pesar del calor que hace, de venir armado.
¡Qué confusión! No hacen más que empujar y gritar. Tanto que me siento atontado ¡Pero bueno! Esto es el colmo, no sé contra qué me golpeé. Mejor me voy. Veo a los chicos que siguen bailando a lo lejos y por más que levanto los brazos y la voz: “¡Me voy! ¡Adiós!”, no me escuchan. Manga de sordos, bailan ajenos al desbande.
El barrio está casi desierto. No me entusiasma caminar a estas horas solo, pero mi casa queda cerca. Qué rara es la gente que anda en la calle cuando la noche cae. Hasta ahora no me había fijado. Parecen absortos en su propio mundo. Andan con la cabeza gacha y los ojos perdidos en sus pensamientos, como si estuvieran mirando hacia adentro. Me pregunto qué cara tendré yo, pero no creo que reparen en mí. Es un milagro que no se choquen entre ellos. A pesar de caminar a paso vivo y con las manos en los bolsillos, siento frío. La noche se está volviendo gélida, sorprendentemente helada, considerando que es una noche de verano con la luna llena ocupando medio cielo. Pero el frío se va apoderando gradualmente de mi cuerpo. Estaba por echar a correr el trecho que me quedaba, cuando reparé que alguien me miraba.
Entre los pocos ambulantes nocturnos que vagaban en la noche, taciturnos y aletargados, ella me miraba con interés. Su rostro, pequeño y armonioso, lo tenía girado hacia mí. Su cuerpo, lánguido y desgarbado, se apoyaba indolente contra un bajo muro de piedra. Una sonrisa traviesa jugueteaba entre sus labios, carnosos y rojos, como una pequeña manzana jugosa. Su mirada era severa y divertida a la vez, con un dejo de fastidio. En sus ojos se leía claramente el reproche, como si la hubiera hecho esperar por largo tiempo y por fin llegara a la cita.
Conforme me acercaba me tendió su mano pequeña y una de sus cejas se alzó al ver mi confusión. Quise preguntarle “¿nos conocemos?”, pero no quería romper ese silencio mágico. La observé descaradamente, evaluándola. No era más alta ni más grande que yo. Vestía como una típica adolescente: jeans, zapatillas con pequeños dibujos y una remera sencilla que marcaba muy bien su figura. Su pelo, ondulado levemente. Le caía despreocupadamente hasta la cintura. Todo: su cuerpo, su rostro, su pelo, estaba perfectamente equilibrado. Ella era perfecta. Ni siquiera consideré que clase de chica sería, ya que estaba sola en medio de la noche esperando a alguien. Sentía urgencia por tomar la mano que me tendía.
Un recuerdo: el de mis padres esperando en casa, me hizo entrar en razón. Y con una mirada de disculpa la dejé. Esperaba volver a verla. Su boca se frunció en un puchero, marcando los hoyuelos de sus mejillas. Pero sus ojos no perdieron la mirada traviesa y juguetona, una promesa de que pronto nos volveríamos a ver.
Me alejé flotando en el aire perfumado de la noche. Soñando despierto con eses labios dulces y tiernos que me sonreían. No tengo idea de cómo llegué a mi casa, o cómo abrí la puerta y subí los escalones que llevaban hasta mi dormitorio. Ni siquiera me molesté en ponerme el pijama. Su recuerdo llenaba toda mi mente. Vestido, me dejé caer sobre la cama, sin cubrirme siquiera con la colcha a pesar del frío. Quizás estuviera por engriparme, pero no me importaba ahora. Seguía flotando en su recuerdo, naufragando en su mirada pícara que me había hechizado. La evocaba entre el placer y el dolor, recriminándome por haberla dejado. Echándome en cara no haber tomado su mano pequeña, imaginando lo cálida que sería. Fantaseé con encontrarla nuevamente, lo que le diría y lo que no. Divagué en el placer de tomar sus manos, acariciar su rostro deteniéndome en los tentadores hoyuelos que formaba su sonrisa, besar sus labios carnosos mientras la sujetaba fuertemente contra mí. Deliré en la sensualidad que emanaba su cuerpo.
Un sonido llamó mi atención. Era tenue, casi inexistente. Como una lluvia tímida que golpeaba contra mi ventana. Como no cesaba, me levanté enfadado. De un tirón descorrí las cortinas. En la vereda, entre los lapachos que mi mamá había plantado hacía algunos años, esta ella. Divertida, arrojaba pequeños puñados de tierra hacia mí. Cuando me descubrió, su sonrisa se ensanchó. Parecía que le ocupaba todo el rostro, mostrando los hoyuelos que habían trastocado mi razón. Y la necesidad que tenía de ella se intensificó. No e importaba qué tipo de chica era, ni lo que dirían mis padres. Abrí mis ventanas para decirle que bajaría por ella, pero me hizo señas que subiría. Trepó ágilmente por la medianera y se sujetó a mi brazo para entrar en el dormitorio. Estaba demasiado conmocionado para reflexionar, pero el roce frío de sus manos me confirmó que no era el único que sentía la noche gélida.
No podía hablar. Sentía mi cuerpo torpe, duro. Ella volvió a tenderme su mano, pero la agitación que se había apoderado de mí no me permitía moverme. Con suavidad me llevó hasta la cama, empujándome sutilmente por la espalda. Con torpeza me senté al borde. No cabía en mi mente que ella estuviera aquí. Me sentía sobrepasado, superado en mis sensaciones. Porque el entumecimiento era físico. Mis sentidos se habían desplegado, abriéndose como un abanico y su vaivén me convertía en un juguete de la marea, donde ella era la luna que lo regía.
Sentí su roce como un despojo, como sentiría una flor al ser deshojada. Me miraba en esa mirada suya, pícara e hipnótica, que me volvió etéreo, sin sustancia, incorpóreo. No hablamos, pero percibí sus sordos suspiros, su respiración acompasada, rítmica.
Ante aquella mirada y su proximidad, mis sentidos se potenciaron, expandiendo aún más sus alas. Ya no sentía su cuerpo o el mío, solo su roce sugestivo. Su boca se acercó a la mía, exhalando un penetrante aroma a flores. Y cuando nuestros labios se fundieron en un beso, mi ser se llenó de sabores familiares, provocándome la confusa sensación de querer llorar.
Podía percibirla. Apreciar su silueta sinuosa. Advertir la complicidad de una sonrisa jugueteando entre sus pequeños y jugosos labios. Entrever su mirada graciosa, retozando entre mis sentidos asombrados. Pero yo no podía sentirme. Estaba perdido en el mar de las sensaciones. Me intuía como un ser informe, sin principio ni final. Ya no sentía frío, pero tampoco calor. No era capaz de pensar, solamente sentirla a ella.
Por tercera vez me ofreció su mano y esta vez quise tomarla. La miré esperando que comprendiera el caos en que me hallaba. En el torrente de emociones que asaltaban mi ser había perdido las manos. En realidad, no encontraba ninguna parte de mi cuerpo. Elevando otra vez una de sus cejas, como reprochándome por ser tan descuidado, deslizó lentamente su mano pequeña por donde debería estar mi brazo. Un hielo abrazador lo recorrió con ella, mientras percibía mi brazo, el corpóreo, rígido y helado. Llegamos hasta la mano, y a pesar de la rigidez que me dominaba, pude abrir los dedos para entrelazarlos con los de ella.
La tristeza me abrumó. ¿Qué pasó? ¿Cuándo pasó? ¿En qué momento de la noche me perdí, hundiéndome en esta irreparable soledad? ¿Cuándo dejé de no ser, convirtiéndome en esta nada sin sentido?
Rememoré esta noche, que sería eterna, y entonces comprendí el penetrante olor de las flores, mis ganas de llorar al evocar aquellos sabores que me sabían a infancia y hogar. Los puñados de tierra cayendo sutilmente hacia mí.
En algún momento de esta noche recordé a mis padres y les dije adiós a mis amigos.
Porque en algún momento de esta noche, voluptuosa y llena de sensaciones, morí.
Duermevela. María Fernanda Rossi.