
Búsqueda Americana
América:
Una
tarde salí por tus calles a buscarte
Porque
dentro del alma, bien adentro,
Yo te
sentía dolerme con toda tu garganta.
Te fui
a encontrar tristísima en la pampa.
Un
gaucho solitario te llevaba en la espalda; eras una
guitarra.
Cuando
la noche se derrumbó en tus hombros,
Te ibas
en vidalitas cielo arriba como un adiós quemado.
Porque
tu sangre es de guitarra viva,
Porque
vienes golpeándonos la boca, desnudada y
altísima,
Y te
nos vuelcas largo sobre el vino,
Yo te
he visto salir una mañana
Cuando
la luz iba de casa en casa.
Salir
de una cantina, tambaleante y alegre
Hablando
sola de tus mocedades.
Una
baguala antigua te lloraba en la lengua.
Porque
a veces te busqué tu sombra espesa en los
cañaverales dulces,
En tus
indios que tejen su corazón y su miseria con
sonoros colores,
Y te
miré en sus huacos y en sus ollas yéndote hacia
tus dioses.
En
ellos, que amasaban en greda tu misma carne,
estabas.
Era la
fiesta del maíz, entonces.
Del
maíz y la chicha.
Y de
las alegrías abiertas como frutas al sol. Y de las
danzas.
Todo el
pelo retinto te embarraba la cara y te golpeaba
el lomo.
La
chicha corría sus veranos crecidos por los labios
Y la
aloja manaba como un alba líquida.
En
Bolivia era entonces.
Yo fui
quien te siguió toda la noche de posada en posada
Como a
una amante desdeñosa de todos.
Y
fuimos a las minas de socavones solos.
Allí te
vi desmelenada, entre barretas y entre dinamitas,
Comer
callada
Cuando
el mediodía era negro de minerales enterrados.
Sin
embargo, cuando salías al sol,
En el
charango tu pelo se hacía música
Y era
como si te lloraran las vertientes.
Y
cuando los mineros dormían su turbia borrachera,
Tú,
alta y maternal, dolida, los mirabas.
Agua de
ají era tu llanto entonces.
También
sabía encontrarte entre músicos pobres
En los
trasfondos de peluquerías.
La
canción era en ellos una humildad cantada,
Una
manualidad celeste,
Un
doliente recuerdo de días memorables,
Un
acordarse adentro con abuelas gastándose en los
ojos,
Un
quedarse a pisar todos sus muertos y a velar sus
cenizas,
Un irse
hasta la tierra,
Y en
pena y vino
Era esa
voz lo que los doblegaba.
Te
pienso de salar en salar, de pampa en pampa,
Yéndote
por las coplas jubilosa de savia,
Llenándote
la boca de tonadas al hombre,
Partiéndole
la panza a puñaladas
Por la
injuria violenta con que se injuria la canción a
veces;
Ocasiones
te encuentro inocentona
Jugando
entre los indios hecha jarra de barro, fuego
quieto,
Yaciendo
entre la noche como animal cansado bajo el
estrellerío.
Del
libro: CASTILLA, MANUEL J., “Posesión entre Pájaros”, Poemas, A. Burnichon
Editor, Salta, 1966
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