sábado, 20 de abril de 2013



Búsqueda Americana


América:
Una tarde salí por tus calles a buscarte
Porque dentro del alma, bien adentro,
Yo te sentía dolerme con toda tu garganta.
Te fui a encontrar tristísima en la pampa.
Un gaucho solitario te llevaba en la espalda; eras una
        guitarra.
Cuando la noche se derrumbó en tus hombros,
Te ibas en vidalitas cielo arriba como un adiós quemado.

Porque tu sangre es de guitarra viva,
Porque vienes golpeándonos la boca, desnudada y
        altísima,
Y te nos vuelcas largo sobre el vino,
Yo te he visto salir una mañana
Cuando la luz iba de casa en casa.
Salir de una cantina, tambaleante y alegre
Hablando sola de tus mocedades.
Una baguala antigua te lloraba en la lengua.

Porque a veces te busqué tu sombra espesa en los
        cañaverales dulces,
En tus indios que tejen su corazón y su miseria con
        sonoros colores,
Y te miré en sus huacos y en sus ollas yéndote hacia
        tus dioses.
En ellos, que amasaban en greda tu misma carne,
        estabas.
Era la fiesta del maíz, entonces.
Del maíz y la chicha.
Y de las alegrías abiertas como frutas al sol. Y de las
        danzas.
Todo el pelo retinto te embarraba la cara y te golpeaba
        el lomo.

La chicha corría sus veranos crecidos por los labios
Y la aloja manaba como un alba líquida.

En Bolivia era entonces.
Yo fui quien te siguió toda la noche de posada en posada
Como a una amante desdeñosa de todos.
Y fuimos a las minas de socavones solos.
Allí te vi desmelenada, entre barretas y entre dinamitas,
Comer callada
Cuando el mediodía era negro de minerales enterrados.
Sin embargo, cuando salías al sol,
En el charango tu pelo se hacía música
Y era como si te lloraran  las vertientes.
Y cuando los mineros dormían su turbia borrachera,
Tú, alta y maternal, dolida, los mirabas.
Agua de ají era tu llanto entonces.

También sabía encontrarte entre músicos pobres
En los trasfondos de peluquerías.
La canción era en ellos una humildad cantada,
Una manualidad celeste,
Un doliente recuerdo de días memorables,
Un acordarse adentro con abuelas gastándose en los
        ojos,
Un quedarse a pisar todos sus muertos y a velar sus
        cenizas,
Un irse hasta la tierra,
Y en pena y vino
Era esa voz lo que los doblegaba.

Te pienso de salar en salar, de pampa en pampa,
Yéndote por las coplas jubilosa de savia,
Llenándote la boca de tonadas al hombre,
Partiéndole la panza a puñaladas
Por la injuria violenta con que se injuria la canción a
        veces;
Ocasiones te encuentro inocentona
Jugando entre los indios hecha jarra de barro, fuego
        quieto,
Yaciendo entre la noche como animal cansado bajo el
        estrellerío.


Del libro: CASTILLA, MANUEL J., “Posesión entre Pájaros”, Poemas, A. Burnichon Editor, Salta, 1966

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