Cada libro que tenemos en nuestras manos es el fruto de un largo viaje. Un viaje que comienza en el corazón de un escritor, donde las ideas germinan y crecen como semillas en un terreno fértil. Escribir un libro, sea novela, poesía o ensayo, es una aventura que exige dedicación, pasión y locura. Es sumergirse en un mundo de palabras, construir personajes que respiran y tejen tramas que emocionan, entristecen e inspiran. Es un acto de valentía que nos lleva a desnudar nuestra alma, exponiendo nuestros pensamientos más íntimos, nuestros miedos más profundos y nuestros sueños más salvajes. Es enfrentarnos a la hoja en blanco y ordenar el caos interior, dando forma a un universo propio que cobra sentido letra a letra. A veces, con la sensación de que nuestras palabras se perderán en el vacío, pero la necesidad de crear es tan poderosa que nos impulsa a seguir adelante, dejando que la historia fluya como un río.
Cuando esa historia se convierte en libro y el escritor lo tiene entre sus manos, es como contemplar un milagro. Es el momento en que lo intangible se materializa, en un objeto que puede ser tocado, olido y acariciado. Sentimos una profunda satisfacción al decirnos: 'Yo lo hice'. Es como bailar alrededor de una fogata, celebrando la creación de un sueño hecho realidad. Al compartir nuestra historia, abrimos una puerta para que otros entren y encuentren un fragmento de sí mismos. Cerramos los ojos y soltamos el libro, sabiendo que está listo para volar y despertar sueños en otros corazones.
Así me siento como escritora y lectora cada vez que tengo un libro, sea impreso o digital, en mis manos.